HISTORIA DE LA LOBOTOMIA. PERCY ZAPATA MENDO.
HISTORIA DE LA LOBOTOMIA
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Leucótomo |
Situémonos en el siglo XIX. Se discute si la enfermedad
mental tiene un origen biológico. Desde el lado de la psiquiatría, Sigmund
Freud y el psicoanálisis tienen una gran influencia en la sociedad de aquel
entonces dada su novedad; los “psiquiatras románticos” postulan que los
pacientes mentales pueden ser tratados mediante sesiones de instrucciones
morales que inducirán a los cambios en sus conductas.
En contraparte, algunos neurólogos investigaban los
trastornos mentales desde el punto de vista biológico. Carl Wernicke trata de
relacionar síntomas psiquiátricos con áreas cerebrales específicas y Jean-Marie
Charcot estudia los orígenes biológicos de la “histeria” (la histeria se
encuadra dentro de los trastornos de somatización y se manifiesta en el
paciente en forma de una angustia al suponer que padece diversos problemas
físicos o psíquicos). A finales de ese siglo Emil Kraepelin agrupa, por primera
vez, las historias de los pacientes mentales de acuerdo a la progresión y
rasgos de su enfermedad, lo cual facilita la interpretación de los síntomas
mentales.
A comienzos del siglo XX las instituciones psiquiátricas
están saturadas, en algunos casos los pacientes mentales viven hacinados y sin
esperanza. La psicofarmacología apenas existe. ¿Tratamientos? Uno de los
principales paradigmas en el tratamiento de la enfermedad mental es el “Shock”
producido por un agente externo o, dicho de otro modo, el efecto curativo del
coma y las convulsiones. El psiquiatra austriaco Manfred Sakel comienza a
utilizar el coma por insulina para tratar la esquizofrenia. El choque de
insulina reduce la glucosa en sangre y, en muchos casos, produce convulsiones.
El psiquiatra húngaro Ladislas van Meduna utiliza el metrazol (Pentilentetrazol)
para causar convulsiones en pacientes esquizofrénicos y llega a la conclusión
de que las convulsiones producidas por la epilepsia ayudan a los pacientes
mentales. Los italianos Ugo Cerletti y Lucio Bini comienzan a utilizar
corrientes eléctricas, primero en perros y posteriormente en esquizofrénicos.
En muchos hospitales el electroshock remplaza definitivamente a la insulina y
al metrazol por su fácil uso y menores riesgos. Normalmente los pacientes no
mueren, pero a menudo terminan el tratamiento con varios huesos rotos.
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Inserción del leucótomo en región frontal |
En el año 1935 se celebra un congreso de Neurología en
Londres, al cual acuden algunos de los nombres de oro de la neurociencia
experimental como Paulov, Wilder Penfield y Egas Moniz. El neurólogo portugués
Moniz asiste al congreso con el objetivo de mostrar su nueva técnica pionera de
exploración cerebral, la angiografía cerebral. Una sesión del congreso,
moderada por John Fulton del Laboratorio de Fisiología de primates en Yale,
analiza la fisiología de los lóbulos frontales.
Una ponencia, la del psicólogo experimental Carley Jacobsen y
colaborador de Fulton, en una serie de experimentos realizados sobre dos
chimpancés, Lucy y Becky, se analiza el temperamento de ambos animales y se
describen diferentes alteraciones emocionales como frustración y ansiedad
cuando los chimpancés no consiguen sus objetivos. El comportamiento de Becky es
descrito como “neurosis experimental”. Después de un periodo de entrenamiento,
los experimentadores extirpan sólo los lóbulos frontales del cerebro de estos
chimpancés y estudian de nuevo sus respuestas emocionales frente a situaciones
de estrés a los que los someten. La “neurosis” de Becky ha desaparecido, se
encuentra menos ansiosa y más calmada (1). Pocos meses después del congreso
Moniz y su colaborador Almeida Lima utilizaron por primera vez el “leucotomo”
(2) para realizar una lobotomía prefrontal en Lisboa, una técnica quirúrgica
que procuraba la ablación total o parcial de la zona más frontal del cerebro de
pacientes mentales que sufrían trastornos de neurosis y ansiedad. ¿Fueron los
resultados mostrados con Becky los que “inspiraron” al que sería el padre de la
lobotomía prefrontal? Algunos piensan que sí, aunque él nunca lo reconoció. En
1936 Moniz mostraba resultados de su primera veintena de lobotomías y acuñaba
el término “psicocirugía” en un monográfico publicado y traducido en varios
idiomas.
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Acceso transorbitario |
Pero fue Walter Freeman, un entusiasta y ambicioso psiquiatra
estadounidense, el principal responsable de la expansión de la lobotomía a lo
largo y ancho de EEUU como tratamiento sistemático de las enfermedades
mentales. Freeman, que se mantuvo siempre en contacto con Moniz, realizó junto
a un cirujano llamado James Watts miles de lobotomías en pacientes mentales. La
técnica que utilizaban Freeman y Watts consistía en realizar dos agujeros
laterales en el cráneo, en la zona frontal, a través de los que se introducía
el “leucotomo”. Una especie de artilugio que mediante su rotación iba
seccionando rodajas de la zona frontal del cerebro. Podían ser 6, 9 ,12 o más,
normalmente dependiendo de la supuesta gravedad del paciente. De hecho, algunos
pacientes eran sometidos a varias lobotomías, según su evolución, en la que se
seccionaba una mayor parte de la zona frontal. La edad no era un impedimento
para realizar esta operación que se llevaba a cabo también en niños. A partir
de 1937, Freeman y Watts empezaron a utilizar otra técnica denominada lobotomía
transorbital, ideada por el italiano Amarro Fiamberti. Esta técnica era más
rápida ya que consistía en introducir a través de las órbitas de los ojos un
artefacto similar a un picador de hielo y rotarlo para destruir la zona frontal
del cerebro (3). Este procedimiento se realizaba en pocos minutos y el paciente
estaba listo casi inmediatamente. En los años 40, Freeman dejó de trabajar con
Watts debido a desavenencias acerca de cómo realizar la lobotomía transorbital.
En contra de Watts, Freeman pensaba que esta operación era sencilla, por lo que
no requería especiales cuidados de asepsia, y podía ser realizada por
psiquiatras (no cirujanos) en cualquier lugar (no necesariamente un quirófano)
en un máximo de 15 minutos. Esto, que él demostró casi de manera circense, a veces
en cualquier lugar, le trajo problemas con otros colegas.
La lobotomía prefrontal se llevaba a cabo en pacientes graves
que sufrían principalmente trastornos de neurosis, obsesión, ansiedad y
depresión. También se realizaba a esquizofrénicos, aunque los resultados eran
mejores en síndromes afectivos que en esquizofrenia. Se llegó a plantear su uso
como tratamiento en el dolor crónico. ¿Era útil esta técnica psicoquirúrgica?
Según Freeman y Watts, aproximadamente el 63% de los pacientes mejoraba, el 23%
se quedaba igual y un 14% empeoraba después de la operación. La mortalidad de
esta cirugía no era alta, menor que en otras cirugías, pero a veces los
pacientes podían sufrir convulsiones como efectos secundarios de la operación.
La lobotomía producía importantes cambios en la conducta de los pacientes. Lo
cual fue muy criticado por algunos, que pensaban que la lobotomía era una forma
quirúrgica de “inducir infancia”, y así, hacer “más manejables” a los
pacientes.
En la opinión del neurocirujano británico William: “nuestro
desconocimiento de la función de los lóbulos frontales es total, ¿cómo se puede
postular que psicopatologías tan complejas como la esquizofrenia pueden
mejorarse simplemente destruyendo ciertas áreas del cerebro?”. El punto de
vista de Freeman era diferente. Eran pacientes graves, con serios problemas de
inadaptación que les impedía vivir en sociedad y les condenaba a vivir aislados
indefinidamente en atestados centros psiquiátricos. Después de la operación
algunos de ellos podían volver a tener una vida “digna”, trabajar y tener una
familia. Hay testimonios de pacientes que lo confirman. Las capacidades
intelectuales, según él, no eran afectadas de manera importante, ya que sólo se
trataba la parte emocional de la persona (4).
El declive de la lobotomía llegó, como no podía ser de otra
manera, con los avances en la psicofarmacología. En 1954 aparece la
clorpromacina. Los resultados del uso de este fármaco como tratamiento
psiquiátrico son muy esperanzadores y no tan traumáticos como la psicocirugía.
Freeman reconoció y utilizó el avance farmacológico producido por la
clorpromacina pero siguió confiando en la lobotomía; según él, la droga
ocultaba los síntomas de la enfermedad mental pero no los trataba. Irónica su
conclusión, pues es exactamente la misma crítica que le hacían algunos de sus
colegas de la lobotomía. En 1964 Freeman recibió a una paciente que solicitaba
una tercera lobotomía. Desafortunadamente la paciente falleció a causa de una
hemorragia debida a la operación. Ésta sería la última lobotomía transorbital
que realizara Freeman en su vida. Poco a poco la técnica fue desapareciendo de
todos los hospitales. Freeman continuó muy activo completando sus álbumes con
la historia y seguimiento de sus pacientes hasta 1972, cuando murió como
consecuencia de un cáncer de colon.
“Surgery used in the
soul sick”, fue la portada de la revista New York Times el 6 de Junio de 1937. Surgió
como un tratamiento esperanzador, pero fue sólo un espejismo. La lobotomía era
una forma traumática de alterar el cerebro de los enfermos mentales, y así su
conducta, con el objetivo desesperado de eliminar su comportamiento aberrante,
en ocasiones humillante. Hoy en día nos parece una abominación, y probablemente
lo es. Pero hoy sabemos mucho más acerca del cerebro y de la función crucial
que tienen los lóbulos frontales en la esencia de lo que nos hace humanos. Y
hoy en día también sabemos que la enfermedad mental tiene un origen
biológico..., así como pensaban Moniz y Freeman.
Notas:
(1) Al contrario que Becky, Lucy se mostró más frustrada y
enfadada después de la cirugía.
(2) En realidad, la primera operación que realizaron Moniz y
Lima en un paciente consistió en inyectar alcohol (0.2 cm3), como tóxico, en la
zona frontal del cerebro, pero los resultados no parecían duraderos.
(3) Con el paso del tiempo, otros neurocirujanos intentaron
mejorar la lobotomía transorbital de Freeman. Así por ejemplo en 1947 E.A.
Spiegel y H.T. Wycis idearon la cirugía estereotáxica para producir pequeñas
lesiones en el cerebro mediante electrodos. Por su parte W. Penfield pretendía
eliminar partes del lóbulo frontal mediante “girectomías”.
(4) ¿Por qué destruir parte del cerebro “mejoraba” a los
pacientes? Según Freeman y Watts, los lóbulos frontales contenían la
personalidad de los individuos, mientras que la emoción residía en el tálamo.
En los enfermos mentales existía un desequilibrio [frontal – tálamo] en el que
el tálamo predominaba y sus fuertes conexiones con el lóbulo frontal provocaban
obsesiones en el paciente. Es lo que llamaban “supremacía emoción sobre razón”.
Según ellos, la lobotomía cambiaba la función del tálamo. De acuerdo a su
teoría, observaron en estudios postmortem que el tálamo se deterioraba en pacientes
lobotomizados.
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