jueves, 30 de agosto de 2012

LA PILDORA DEL DIA DESPUES. PERCY ZAPATA MENDO.

LA PILDORA DEL DIA DESPUES…

El uso de la píldora del día después (pdd) sigue concitando controversia en los círculos que entienden meridianamente su uso, dado que la mayoría de la población lo ha aceptado como un método anticonceptivo más sin mayores prejuicios, tanto que el uso del medicamento se ha trastocado en un abuso por parte de sus usuarios, y esto se ha visto favorecido dado que el Ministerio de Salud lo ha incorporado dentro de su arsenal terapéutico en el manejo de Salud Reproductiva, sin siquiera brindar una información pertinente a las usuarias. Tuve por fortuna que al ingresar a estudiar la profesión médica a principios de los noventa del siglo pasado, instauraron al curso de Ética Médica y Deontología en la Universidad Nacional de Trujillo, como disciplina de aprobación obligatoria, lo cual sirvió como un refuerzo científico y práctico a lo que me fue inculcado en el seno de mi familia, teniendo como paradigmas a mis padres. Espero que el desarrollo de la presente contribuya a dar ciertas luces sobre este tema peliagudo y álgido, donde los que brindan opiniones discordantes y que no siguen lo establecido como política gubernamental, son llamados descalificadoramente como retrógrados o fanáticos religiosos…pero permítanme exponer lo que motivo el presente artículo.
El mecanismo de acción de la pdd incluye un componente de significado ético fuerte: impide la anidación y, con ello, el desarrollo del embrión humano. Sabemos que lo hace, pero ignoramos cuantas veces los hace. En consecuencia, el recetar del médico o el consumo por parte de la mujer de la pdd, son acciones con fuerte carga de responsabilidad, en las que juegan un papel muy relevante factores de dos órdenes. Uno, correspondería al área de la ética biológica; el otro, al de la ética profesional. El factor etico-biologico consiste en saber qué es lo que ocurre en el  organismo de la mujer cuando ella hace uso de la pdd: solo sabiéndolo, no daremos bastonazos de ciego y será posible actuar con conocimiento y racionalidad. El factor ético-profesional consiste en analizar, a la luz de los principios y normas de la deontología médica, qué requisitos - de información no sesgada, de respeto por las personas y sus convicciones morales- habrían de exigirse para que un médico pueda prescribir la pdd.
MECANISMO DE ACCIÓN EN DISCUSIÓN
¿Que sabemos de la pdd? Aquí, la pregunta no se refiere primariamente a su eficacia y seguridad, o a sus interacciones: de eso sabemos suficiente. Se refiere a su mecanismo de acción, del que necesitamos saber y hablar más.
Es casi rutinario decir que la pdd ejerce un efecto diverso y multifactorial, que depende de la relación temporal que se dé entre el momento de la ingestión del producto y el día del ciclo menstrual o el tiempo transcurrido desde la relación coital. En la versión oficial de los hechos, se dice que la pdd puede inhibir la ovulación o, a través de sutiles perturbaciones de la función del eje hipotálamo-hipófisis-ovario, retrasarla; que puede modificar la textura del moco cervical y volverlo impracticable para los espermatozoides; que puede enlentecer la motilidad tubarica y con ella el transporte de los gametos; que puede debilitar la vitalidad de los espermatozoides y del ovocito y mermar su capacidad de fecundarse; o que, en fin, puede alterar el endometrio y hacerlo refractario o menos receptivo a la implantación del huevo fecundado. Es decir, unos cambios son contraceptivos porque inhiben a la fecundación; otros, en cambio, operan después de esta y han de ser tenidos como interceptivos o abortivos muy precoces.
Que parte juega cada uno de esos factores, y particularmente ese último y decisivo efecto antinidatorio de la pdd, es el que me he propuesto dilucidarlo. La cosa, importante como es, permanece envuelta en una tenaz nube de ignorancia. Sorprende que una cosa así ocurra en el tiempo de la medicina basada en pruebas, tiempo en que, en farmacología clínica, se hila muy fino y no están bien vistas ni la ignorancia ni la indeterminación. Disponemos solo de estimaciones indirectas, aunque relativamente fiables, que permiten concluir que, aun dada a tiempo, la pdd no inhibe la ovulación siempre; y que, a pesar de los cambios que induce en el moco cervical, la pdd no impide que los espermatozoides pasen en cantidad disminuida, pero suficiente, a la trompa; y que el efecto antinidatorio endometrial juega un papel, decisivo aunque no cuantificado, en la eficacia del tratamiento.
LUCES Y SOMBRAS
Una situación así obliga a actuar en la duda, con menos datos de los necesarios, lo cual crea conflictos. Con razón, quienes profesan un respeto profundo a todos los seres humanos sin excepción, estiman que jamás uno de ellos puede ser expuesto al riesgo próximo de ser destruido, aunque ese riesgo no este cuantificado. Basta con que la pdd sea de hecho capaz de privar de la oportunidad de vivir al embrión humano para que la pdd sea condenable. Quienes no profesan aquel respeto prefieren negar el problema ético valiéndose de ciertos cambios del lenguaje. Para ellos, mudar el nombre de las acciones transmuta su moralidad. Afirma un editorial del New England Journal of Medicine: "aun cuando la contracepción de emergencia actuara exclusivamente impidiendo la implantación del zigoto, no sería abortiva". Pero no se atreven a catalogarla qué es. Quebrar la vida de un ser humano, por minúscula que sea la víctima, es algo que merece ser llamado de alguna manera. Impedir la implantación del embrión humano es un hecho de notable importancia ética que no se puede volatilizar por el fácil expediente de dejarlo sin nombre. Su sustancia moral no desaparece aunque se recurra a la redefinición de gestación y concepción que hace años pactaron la OMS, la American College of Obstetrician and Gynecologists (ACOG), la International Federation and Gynecology and Obstetrics (FIGO)  y las multinacionales del control de la natalidad. Pero la tal redefinición no es de recibo: a ella se vienen resistiendo año tras año, con una tenacidad sensata, muchos hombres y mujeres de buena voluntad, las sucesivas ediciones de los diccionarios generales y médicos, y los libros de embriología humana.
De todas formas, aun en medio del ocultamiento y la indeterminación, no faltan quienes, superado todo escrúpulo ético ante el aborto y la contracepción dura, se manifiestan con sincera franqueza. Un par de muestras: en la versión española, pero curiosamente no en la inglesa, de la página del Population Council en Internet, se lee: "lo que hacen las píldoras anticonceptivas de emergencia y las mini píldoras de emergencia es, principalmente, modificar el endometrio (la capa de mucosa que recubre el útero), para así inhibir la implantación de un huevo fecundado". Y Emile Etienne Baulieu acuñó el concepto de contragestivos para agrupar junto a la RU-486, la píldora abortiva que el había diseñado, los métodos de control de la fertilidad que son abortivos muy precoces, entre los que incluye los dispositivos intrauterinos, la contracepción hormonal a base de gestagenos y la contracepción postcoital. "De hecho afirmó en su discurso al recibir la Medalla Lasker- la interrupción posterior a la fecundación, que tendría que ser considerada como abortiva, es algo que está a la orden del día [] Por esa razón, hemos propuesto el término "contragestion", una contracción de "contra-gestación", para incluir en él la mayoría de los métodos de control de la fertilidad".
Eso es hablar claro y sin tapujos. La evolución histórica de la contracepción ha seguido una trayectoria bien definida: de la anovulación a la intercepción, del ovario al endometrio, de antes de la fecundación a después de ella. El modo, lugar y tiempo de su actuación han ido cambiando a lo largo de los últimos 45 años. Pero se sigue hablando de contracepción, como si nada hubiese ocurrido.
El médico que profesa un profundo respeto a la vida y que no ignora el efecto antinidatorio de la pdd rehusara prescribirla, para lo que no necesita, a la vista de los términos que constan en la reciente autorización del levonorgestrel, recurrir a la objeción de conciencia, al igual que lo hace ante el aborto de embriones y fetos de mayor edad.
Aunque es altamente cuestionable que la píldora del día después (pdd) pueda considerarse como un medicamento convencional, de momento, en Perú ha de prescribirse y dispensarse como si de un medicamento genuino se tratara. El farmacéutico solo podrá dispensarla cuando la haya recetado un médico.
Conviene, pues, preguntarse qué normas deontológicas son especialmente pertinentes al caso. Son dos los artículos del vigente Código de Ética y Deontología Medica que, a mi parecer, las contienen.
TITULO II, CAPITULO 2.- DEL RESPETO DE LOS DERECHOS DEL PACIENTE, ART. 63, INC. p).
Este articulo dice que "Ser oportuna y debidamente informado sobre las medidas y prácticas concernientes a la protección de su salud reproductiva".
El Código de Ética del Colegio Médico del Perú declara que la información sobre la reproducción humana es un área privilegiada, especial. En nuestro caso, impone al médico, en especial al ginecólogo y al médico general, el deber de informar sobre la pdd, no de modo rutinario, sino cualificadamente, pues la información que dan a quienes le preguntan ha de servirles a estos para tomar decisiones con conocimiento suficiente y con suficiente responsabilidad. Tal información ha de ser objetiva, inteligible, adecuada.
Con datos parciales, oscuros o sesgados no puede llegarse a decisiones responsables. Es criterio general que el consentimiento del paciente no sería genuino, esto es, ni libre ni informado, si el médico le ocultara información que el paciente tuviera por éticamente significativa. Con respecto a la pdd, quien ha de juzgar es la propia mujer.
Este artículo reconoce la especial e intransferible responsabilidad de cada uno en materia de reproducción humana, que, en el pluralismo ético de hoy, admite diferentes versiones: para unos, se trata de ejercer una maravillosa cooperación con el poder creador de Dios; para otros, se trata de expresar la centralidad que la reproducción humana ocupa en su plan de vida personal; para otros, finalmente, se trata de ejercer el derecho de transmitir al hijo, a través del material genético, la imagen de la propia identidad.
El medico ha de reconocer que quienes creen que la vida del ser humano comienza con la fecundación actúan con plena racionalidad cuando rechazan un tratamiento que pueda destruir una vida humana naciente, aun cuando la frecuencia absoluta de tal evento fuera baja. Es cierto que, en el proceso de consentimiento informado, el medico no está obligado a referir riesgos muy raros, pero esa norma decae cuando se tengan indicios razonables de que esa rara posibilidad es tenida por el paciente como importante, muy importante. Esos indicios se obtienen informando y preguntando. No hacerlo equivaldría a viciar el consentimiento, que ya no sería informado. Se sabe que se dan efectos psicológicos negativos sentimientos de engaño, culpabilidad o tristeza, reacciones de rabia o depresión en mujeres que creen que la vida humana comienza con la fecundación y que más tarde se enteran de que la pdd pudo haber eliminado una de esas vidas, sin que se les hubiera informado y dado oportunidad de expresar su voluntad. La falta de consentimiento en un caso así puede exponer al médico a enojosas consecuencias deontológicas y judiciales.
TITULO II, CAPITULO 2.- DEL RESPETO DE LOS DERECHOS DEL PACIENTE, ART. 63º.
Este articulo dice que "El médico debe respetar y buscar los medios más apropiados para asegurar los derechos del paciente, o su restablecimiento en caso que éstos hayan sido vulnerados". Respetar a las personas es respetar sus convicciones. Como es lógico, las convicciones que el médico no puede imponer no son solo las políticas, ideológicas o religiosas. Son también las técnicas y científicas. El medico ha de manifestar sus opiniones y recomendaciones que hagan al caso, pero ha de hacerlo sin abusar de su posición de poder. Si piensa el medico que el embrión humano es respetable solo después de haberse implantado o incluso más tarde, esa es su opinión, pero no puede imponerla a quien tiene a la fecundación por comienzo de la existencia humana. No puede olvidar el medico que, para mucha gente, son inaceptables aquellas formas de regulación de la reproducción que permiten la fecundación y provocan luego la pérdida del embrión.
En su relación con el paciente singular, el medico no puede aplicar los criterios asignados, por las encuestas sociológicas, a las mayorías. Los sondeos de opinión pueden decir que la opinión prevalente es que el embarazo indeseado o inesperado tiene su destino más apropiado en el aborto, o que la pdd es la opción que ha de ofrecerse sin más averiguación a quien solicita contracepción urgente. Pero ese bien puede no ser la opinión de muchos otros. Incluso puede estar en contradicción con otras estadísticas. Así, por ejemplo, entre las adolescentes, que constituyen al respecto el grupo más vulnerable, las circunstancias (sociales, culturales, religiosas, familiares) que intervienen en la decisión de abortar o de continuar el embarazo son muy complejas e impredecibles, y obligan a prestar al asunto una atención individual y libre de prejuicios. En todo caso, el más justificado seria el prejuicio a favor de la vida. En efecto, los datos relativos al millón aproximado de adolescentes que anualmente quedan embarazadas en los Estados Unidos suelen mostrar con notable constancia que deciden abortar solo un tercio de ellas (35%), mientras que los otros dos tercios (65%) lo continúan, aunque una séptima parte del total (14%) terminan en un aborto espontaneo.
El médico no puede prejuzgar que la persona que tiene delante participa de las mismas convicciones éticas que él. Y, menos todavía, puede dar por supuesto que esa persona prefiere ignorar o no dar importancia a las implicaciones morales o religiosas del uso de la pdd. Y, dado que hay pruebas que sostienen que la pdd ejerce un efecto antinidatorio y siendo imposible que el medico sepa de antemano si la mujer que le consulta objetara o no a su empleo, no se puede sostener que sea buena práctica médica privar a la mujer de la información imprescindible para que ella preste su autorización. No dar esa información seria a la vez un engaño y un abuso, que expropiaría a la mujer de su autonomía.
La situación definida como contracepción de urgencia no exime de ese dialogo singular y libre de prejuicios entre el médico y la mujer. No pertenece la prescripción de pdd al pequeño número de situaciones de urgencia extremada en las que puede prescindirse del consentimiento informado. En el caso de la presunta prescripción de la pdd no puede prescindirse de entablar con la mujer una relación inteligente, informativa, éticamente respetuosa, que tenga en cuenta sus creencias y valores.
La autorización para comercializar la pdd trae a primer plano esos dos aspectos básicos de la ética profesional de la medicina: el respeto a las convicciones del paciente y la comunicación de la verdad. Queden los que no han sido tratados aquí para otra ocasión.
DEL SILENCIO CÓMPLICE O EL CARGAMONTÓN PROFESIONAL
Hace poco más de dos años, publiqué una monografía en mi blog sobre la píldora del día después (pdd), convencido de que iban a provocar un debate necesario y, así lo deseaba, clarificador. Pero ese debate no se ha producido: han ido pasando los días y nadie del campo profesional ha dicho en las páginas esta boca es mía, más bien, he recibido comentarios como “tú que eres un profesional médico, se supone que eres leído y entendido en lo concerniente en materia reproductiva y no puedes estar argumentando contrariamente a lo que está hartamente probado respecto a la ppd”, sin embargo, no me señalan las citas bibliográficas contundentes que me ayuden a cambiar de postura mediante la argumentación palmaria.
Lo curioso es que se trata de un silencio selectivo, intraprofesional. En la calle, los medios de comunicación, con la colaboración de muchos médicos, no cesan de hablar sobre la pdd con ocasión de los diferentes pasos de su camino hacia las farmacias.
¿Que podrá significar ese silencio dentro de la profesión? Podría, en principio, ser expresión de varias actitudes: del aburrimiento de unos por un asunto mil veces tratado y del que decir algo nuevo parece imposible; del desinterés de otros por un problema moral que juzgan superado; del desdén de muchos ante la naturaleza insoluble de un conflicto ético más; de la fatiga de los que empiezan a cansarse de pugnar por unos valores que ya no son compartidos. Pero la cosa no se puede quedar ahí. Es necesario traerla de nuevo a colación: no es bueno que los médicos respondamos con el silencio o la indiferencia a una cuestión que tanto interesa a la gente y que nos implica de lleno.
JUEGO DE PALABRAS
Quiero tratar aquí de un punto que está en el fondo del problema y que deje solo esbozado en mi blog al que hice referencia: me refiero al cambio léxico que permite a los promotores de la pdd afirmar que esta no es abortiva. Porque no se trata solo de un cambio léxico: viene a ser la imposición de una ideología.
Refería, que se había recurrido a cambiar el significado de algunas palabras para hacer más convincente la idea de que la pdd no es abortiva.
Creo que es clarificador conocer la historia y la intención de esos cambios. La transición a una sociedad dominada por el ethos contraceptivo exigía un cambio de pensamiento y de actitudes sobre lo que haya de entenderse por concepción: solo cambiando el sentido de la palabra podrían cambiar las costumbres sociales. La cosa resulto bastante sencilla: consistió en disociar concepción de fecundación, e identificar concepción con implantación terminada.
Veámoslo con algo de detalle. Concepción, en su acepción original, genuina, de uso general no manipulado, es y ha sido siempre equivalente de fecundación: la concepción es la unión del espermatozoide y el ovulo, es el comienzo del nuevo ser, marca el inicio del embarazo. Eso es lo que en mayoría masiva dicen los diccionarios generales de las diferentes lenguas y lo que repiten en mayoría masiva los diccionarios médicos.
Pero en el nuevo orden de cosas, las cosas son distintas. En el nuevo lenguaje, concepción ya no es ni fecundación ni comienzo del nuevo ser, sino, como antes, el inicio del embarazo, pero marcado por la culminación de la implantación del blastocito en el endometrio. El cambio no es un mero ejercicio de precisión académica: supone una revolución ideológica.
Los libros de embriología y los diccionarios se han resistido al cambio. Es un ejercicio, a la vez absorbente y divertido, examinar lo que unos y otros dicen de concepción y fecundación, de embrión y pre-embrión, de cigoto y mórula, de blastocito y gástrula, de embarazo y aborto, de contraceptivo y abortifaciente. La incorporación de la nueva ideología ha sido parcial y errática: se adaptan unos conceptos, pero se dejan sin enmendar otros. Todo parece artificial y fabricado. Baste un botón de muestra: el autoritativo diccionario médico Dorlands, en la entrada "concepción", sigue la redefinición moderna: "concepción, el comienzo del embarazo, marcado por la implantación del blastocito en el endometrio". Pero, curiosamente los revisores se olvidaron de modificar la entrada "embarazo", que sigue anclada en la vieja tradición: "embarazo, la condición de tener en el cuerpo un embrión o feto en desarrollo, después de la unión de un oocito y un espermatozoide". Unas veces, el comienzo del embarazo es la implantación, otras veces la fecundación. ¡Fascinante! ¡Maravilloso! ¡Hasta parece que hubieran encargado la modificación de estas acepciones a los prestidigitadores de las leyes, entiéndanse abogados, para que modifiquen y den una nueva interpretación de lo que era obvio hace unos lustros atrás, pero con la consiguiente erratas por no manejar el léxico médico.
Las cosas no casan ni pueden casar, cuando el lenguaje es torturado y se vuelve loco. Los genetistas que colaboran con los embriologos clínicos han desarrollado técnicas de diagnóstico genético preconcepcional y preimplantatorio, que le dan la espalda a la nueva nomenclatura. Y se la dan en la práctica profesional también los mismos ginecólogos: en un estudio hecho en 1998, en Estados Unidos, en que se les preguntaba en relación con la información que dan a las mujeres en el proceso de obtener el consentimiento informado, el 73% respondieron que concepción es sinónimo de fecundación y solo el 24% indicaron que concepción era sinónimo de implantación.
¿ABORTOS EN APARIENCIA?
Con la nueva definición de concepción, una cosa queda asegurada: la contracepción no es solo impedir la concepción, no abarca solo el conjunto clásico de procedimientos, dispositivos, o sustancias que impiden la reunión del espermatozoide y el oocito y su fertilización. Incluye ahora, y trata de cobijar bajo la calificación ética de contracepción, los procedimientos, dispositivos, o sustancias que impiden el desarrollo del embrión en el tiempo que va de la fecundación al final de la implantación. Lo que hasta ahora era abortivo precoz, conforme al nuevo lenguaje, ya no lo es. Solo merecen el nombre de abortivos o abortifacientes los procedimientos o sustancias que impiden el desarrollo del embrión ya implantado. Antes de terminada la implantación no se puede hablar de aborto, es incorrecto referirse a una interrupción del embarazo, porque, por la magia de la nueva palabra, el embarazo solo puede ser interrumpido una vez que ha empezado, y ahora no empieza el día 1, sino un par de semanas más tarde. En el nuevo lenguaje, hablar de abortos de embriones de menos de 14 días es un contrasentido. Eso es lo que nos están diciendo acerca de la pdd algunos representantes de la industria farmacéutica, ciertos agentes sociales (entiéndanse Organizaciones No Gubernamentales Defensoras de los Derechos de la Mujer) y del gobierno, y un sector de médicos.
Pero todos sabemos que no estamos ante un juego de palabras, sino ante la cuestión, infinitamente más seria, de nuestras relaciones con los seres humanos más pequeños. Estos, en su inocencia, son destruidos por la pdd. La manipulación léxica nos dice que no hablemos entonces de abortos, pero no nos dice que hemos de hablar. De algún modo habrá que llamar al hecho de privar de la vida a los embriones a los que se impide implantarse en el útero. Los neologismos técnicos de contracepción endometrial, de intercepción postcoital, de efecto antinidatorio solo describen una parte de la realidad. Ocultan el hecho de que, en muchas ocasiones, según sea el momento del ciclo en que la mujer haya realizado el acto sexual, se impide la supervivencia de un número considerable de embriones humanos.
Eso es lo relevante. Llamarle o no aborto es, en cierta medida, indiferente para la realidad ética subyacente, pero con alguna palabra hay que denominar la acción de eliminar vidas humanas inocentes. Ofuscar a las mujeres diciéndoles que con la pdd nunca pasa nada, en lo biológico y lo ético, es un condenable paternalismo, es tenerlas por incapaces de asumir la responsabilidad de sus acciones, escamotearles la oportunidad de escoger. Deben saber que por efecto de la pdd una vida humana puede ser cercenada, un destino humano cancelado, la promesa de una vida personal anulada. Y esa es una tragedia que no es justo trivializar con juegos de palabras por sugerentes que sean, por inteligentes que parezcan, aunque hayan recibido las bendiciones del ACOG y la FIGO, la OMS, etc.
OTRA VERSIÓN DE LOS HECHO A CONSIDERAR
Creo que el mayor progreso que nos ha traído la ética médica en los últimos años ha sido la elevación del paciente a la dignidad de agente moral, al rango de persona a la que no se puede engañar, ni ofuscar, ni sustituir a la hora de tomar decisiones. Al contrario, el medico ha de informarle y contestar a sus preguntas; ha de dejarle tiempo para pensar y para que libremente decida.
Por eso sufro cuando veo que muchas informaciones que se dan sobre la píldora del día siguiente no informan, están sesgadas, y ocultan partes significativas de la realidad. En concreto, se proclama que la píldora no es abortiva: "la Organización Mundial de la Salud asegura que no tiene efectos abortivos". Es correcto, pero, para poder decirlo, la OMS ha tenido antes que torturar las palabras y hacerle confesar lo que no querían decir. Hace casi 30 años, encargó la OMS a un grupo de expertos que cambiara la definición de concepción. La cosa era necesaria para poder dejar el campo libre a la anticoncepción. Se sabía, y sobre todo se veía venir, que muchos anticonceptivos impiden la anidación de los embriones y, con ello, acababan con la vida de seres humanos ya concebidos. Los expertos hicieron un cambio muy sutil: dijeron que, en el futuro, concepción no sería ya lo mismo que fecundación, sino que el día primero de la existencia se retrasaba al momento de la implantación del blastocito en el endometrio. Con el arreglillo, la vida y, con ella, el comienzo del embarazo se retrasaban del día 1 al 14. Y, como el aborto es la interrupción del embarazo, ya no podía haber abortos antes del día 14. Sería incorrecto, a partir de entonces, llamar aborto a la destrucción de embriones de menos de 14 días de edad. Unos hicieron caso, otros nos negamos a dejarnos engañar.
Y en esas andamos. En el nuevo lenguaje de la OMS no hay nombre "oficial" para designar la eliminación de los inocentes seres humanos de menos de 14 días. Eso es tabú. Para quienes el embrión humano carece de valor, la habilidad léxica de la OMS puede que les traiga sin cuidado. Pero para quienes consideramos, porque así se inició nuestra propia vida, que los seres humanos, por pequeños que sean, son desde el día 1 un bien inapreciable, el escamoteo de las palabras, aunque lo patrocine la OMS, tiene un poco de fraude. Nadie se cree que la distancia de la Hacienda Casa Grande a Trujillo cambie porque unos bromistas le añadan un cero a las cifras kilométricas que figuran en los mapas.
Cambiarle el nombre o dejar sin nombre a una acción no le cambia la sustancia.
Estos días se ha hablado, con lenguaje muy técnico por cierto, de contracepción endometrial, de intercepción postcoital, de efecto antinidatorio, pero se ha ocultado que, detrás de esas expresiones tan científicas, se esconde muchas veces, la eliminación intencionada de seres humanos. Eso es lo éticamente relevante. Hablar o no de aborto es, en cierta medida, indiferente para la realidad ética subyacente.
Ofuscar a las mujeres diciéndoles que con la nueva píldora nunca pasa nada, en lo biológico y en lo ético, porque es inocua y no es abortiva, es una acción condenable, duramente paternalista. Es agraviar a las mujeres teniéndolas por incapaces de comprender lo que hacen y de asumir la responsabilidad de sus acciones. Para evitarles que se planteen y resuelvan un problema, que es solo de ellas, se les limita su libertad, no se les da oportunidad de escoger. No es correcto ignorar que, en un tanto por ciento de ocasiones, por efecto de la píldora del día siguiente una vida humana puede ser cercenada, un destino humano cancelado, la promesa de una vida personal anulada. Esa es una situación seria, que no es justo trivializar con juegos de palabras por sugerentes que sean o por prestigiosos que parezcan.