lunes, 28 de junio de 2010

LA DIETA DEL ANCIANO SANO. PERCY ZAPATA MENDO.

LA DIETA DEL ANCIANO SANO
En ocasiones, cuan­do los profesionales de la salud que trabaja­mos con los ancianos intentamos aconsejar una dieta, se tiende a prohi­bir una serie de alimentos, en lugar de aconsejar otros, olvidando que no solamente se come para mantener la salud sino también por placer.
Establecer unas normas básicas para una buena nutri­ción no es tarea fácil, pero no existe ninguna evidencia de que un anciano sa­no, con buen grado de activi­dad física, deba seguir una dieta diferente a la de un joven.
Pero, últimamente, la die­ta seguida por nuestra pobla­ción está cambiando en el sentido de reducir o incrementar las calorí­as ingeridas (se come me­nos o se come de más), de disminuir la cantidad de frutas y legumbres -se ha visto mermada la ingesta de vitaminas, minerales y fibra y de aumentar el consumo de ácidos grasos perjudiciales-. Por todo ello, la principal re­comendación que hay que hacer a las personas mayores es que mantengan los hábi­tos alimenticios que han se­guido durante toda su vida, es decir que sigan una dieta rica, abundante y variada. No obstante, hay una serie de características peculiares en la población anciana que conviene tener en cuenta.
La tendencia a ganar peso con los años se puede atri­buir básicamente a una dis­minución del gasto energéti­co. Es decir, «se ingresa más de lo que se gasta»; por ello, si se quiere comer "bien" sin engordar, es preciso aumen­tar el gasto derivado de la ac­tividad física, hacer más ejer­cicio. A modo de ejemplo: ca­minando una hora se "que­man" las calorías de 150 gramos de carne de res.
El agua es vida
El agua es el elemento más importante de los ali­mentos que consumen los seres humanos. Además, no hay que olvidar que las dos terceras partes del cuerpo humano son agua. Un estado de hidratación adecuado es imprescindible para el buen funcionamiento del corazón, del aparato digestivo, respirato­rio y urinario. Los ancianos tienen el "centro regulador de la sed" menos sensible que los jóvenes, es decir, sienten menos la necesidad de beber agua y pueden des­hidratarse con más facilidad. Por ello, es altamente recomendable aumentar la inges­ta líquida, sin importar el tipo de líquido (agua, zumos, refrescos, caldos, etc.).
Otro problema muy fre­cuente en la tercera edad es el estreñimiento. Sus causas pueden ser múltiples, pero suele deberse a enfermeda­des, fármacos y a una dismi­nución de la actividad física. El primer paso en el trata­miento de esta enfermedad consiste en aumentar la in­gesta de fibra, ya sea por me­dio de frutas y verduras, o por preparados comerciales.

Vitaminas, sin pasarse
Las vitaminas son com­puestos necesarios en pe­queñas cantidades para una serie de reacciones bioquími­cas. El hombre no es capaz de sintetizarlas, o por lo me­nos no en cantidades sufi­cientes, por lo que su única fuente son los alimentos. No se ha demostrado que ton la edad aumen­ten los requerimien­tos de vitaminas, pe­ro si un anciano re­duce su ingesta, dis­minuye, del mismo I modo, su aporte vitamínico, por lo que la mejor manera de evitar el déficit es con­sumiendo una dieta abundante y variada. Cuando se sospeche alguna carencia de vitaminas, se debe diagnosticar y tratar, pero en ningún caso parece aceptado suplementar indiscriminadamente a todos los ancianos con vitaminas y minerales.
Los huesos peligran
Con la edad se altera la es­tructura de los huesos, que se hacen más frágiles, lo que da lugar a la osteoporosis, cuyas consecuencias más devastadoras son las fractu­ras, sobre todo las de cadera y las vertebrales. Para mante­ner su resistencia, el hueso precisa calcio y vitamina D. Los alimentos ricos en calcio son los lácteos y sus deriva­dos, y es aconsejable tomar aproximadamente dos vasos de leche al día. La vitamina D se sinteti­za en la piel por acción de los rayos solares. En un princi­pio, cabría pensar que en un país soleado como Perú, los ancianos no tendrían pro­blemas con esta vitamina; sin embargo, se ha demostrado que nuestros “viejitos” poseen uno de los niveles más bajos de vitami­na D, posiblemente porque los ancianos se protegen contra el sol y, además, son pocos los alimentos enriquecidos con esta vitamina. 
Sobre el  alcohol, está demostrado que en cantidades modera­das, unos 20 gramos al día, lo que equivale a dos copas de vino, no es perjudicial. Por esta razón no tiene ningún fundamento la pro­hibición absoluta en el anciano sano.
Como resumen, habría que insistir en lo importante que es la dieta para cualquier persona, pero especialmente para los ancianos, para quie­nes comer puede significar uno de los pocos placeres de los que todavía pueden se­guir disfrutando.

Referencia: Dr.  José Antonio Serra Rexach, Servicio de Geriatría del Hospital San Carlos de Madrid. 

EL VIH, DESTRUCTOR DE NUESTRAS DEFENSAS. PERCY ZAPATA MENDO.

EL VIH, DESTRUCTOR DE NUESTRAS

 DEFENSAS


El VIH es un virus que infecta al sistema inmunológico, respon­sable de la defensa frente a las infecciones. Debemos, por tanto, sentar algunas bases sobre genética e in­munología para poder acla­rar después cómo puede el VIH producir el sida.
Ya se conocen las diver­sas formas por las que este virus entra en una persona; pero, ¿qué hace una vez dentro del organismo?
Todos los seres vivos su­periores están compuestos por pequeñas unidades mi­croscópicas: las células.
Estas, distintas en las dife­rentes partes de nuestro or­ganismo, viven integradas en su medio, tienen un me­tabolismo propio muy com­plejo y son capaces de re­producirse ordenadamente por sí mismas -como suce­de visiblemente en las heri­das de la piel-. Cada célula contiene en su interior un almacén -el núcleo- con toda la información que ne­cesita para sobrevivir y re­plicarse, que está escrita en los genes. Estos se agru­pan en 23 pares de cromo­somas. Es impresionante pensar que todas y cada una de las células del organismo contienen toda la informa­ción del individuo -la misma que se acumula al unirse el espermatozoide al óvulo-, aunque cada célula no uti­lice más que una pequeña parte de esta información. Al menos en teoría, de una de nuestras células podríamos llegar a obtener un individuo idéntico a nosotros.
La escalera espiral
Los genes están forma­dos por una sustancia quími­ca, el ácido desoxirribonucleico (ADN), que tiene la forma de una larga escalera espiral. Cada vez que se necesita hacer una proteína -el mecanismo fundamental del organismo- se busca la información necesaria -el gen correspondiente- en el ADN del núcleo celular. Pero como la información no pue­de ni debe destruirse, se saca primero una copia sim­ple, formada por una sustan­cia parecida al ADN, el ácido ribonucleico (ARN). Esta mo­lécula traslada la informa­ción fuera del núcleo de ahí su nombre: "ARN mensaje­ro"-, y a partir de ella se for­man las proteínas deseadas.
De los múltiples gérme­nes que nos infectan, las bacterias son, en muchos respectos, similares a nues­tras células, pues cada bac­teria es una célula aislada capaz de reproducirse. Pero los virus, por su parte, son más simples aún: están for­mados sólo por unos cuan­tos genes -de ADN o de ARN-, rodeados de un pe­queño número de proteínas, y carecen de la capacidad de reproducirse por sí mismos, necesitan infectar una célula viva y usar los sistemas metabólicos y de producción de ésta para reproducirse.
Como ya hemos dicho, el VIH pertenece a la familia de los retrovirus. Sus genes son de ARN, pero en lugar de funcionar directamente, co­mo otros virus de ARN, tie­nen una enzima especial la transcriptasa inversa-uno de los blancos preferidos de los fármacos contra este virus-que lo convierte en ADN, y este ADN es el que se mez­cla con los genes de nuestra célula para, más adelante, producir nuevos virus y des­truir la célula.
Lo más importante del virus es que afecta a nuestro mecanismo de defensa. En la sangre hay varios tipos de leucocitos o glóbulos blan­cos, cuya cantidad se mide en los análisis rutinarios y sistemáticos de sangre -se suele medir la total cantidad de leucocitos y el porcentaje de cada tipo, llamado "fór­mula leucocitaria"-. Los lin­focitos son uno de estos tipos, que constituyen entre el 20 y el 50 por ciento de los leucocitos totales de la sangre. Los linfocitos se en­cargan, entre otras cosas, de proteger frente a las infec­ciones por virus.
La cosa se complica aún más porque existen también varios tipos de linfocitos. Los más llamativos son los linfocitos B, encargados de producir inmunoglobulinas -anticuerpos- adecuadas a cada infección; los linfocitos T CD8, capaces de destruir las células infectadas y de detener el sistema defensivo cuando cesa la infección; y, por último, los linfocitos T CD4, encargados de organi­zar y dirigir las defensas. Por desgracia, el VIH daña las células encargadas de prote­ger contra las infecciones por virus; de ahí su peligro.
El VIH afecta a estos linfo­citos al ser es capaz de unir­se a una proteína -la CD4-que está en su superficie, lo que le permite entrar en ellos. Al principio, las defen­sas invadidas aún funcio­nan, ya que sólo está infec­tado uno de cada 10.000 linfocitos, aproximadamente. El enfermo sufre entonces una enfermedad parecida a una gripe, que desaparece sólo gracias a estas defen­sas. Sin embargo, casi nunca se con­sigue eliminar el virus por completo; éste permanece escondido en el núcleo de los linfo­citos CD4 a veces durante años. 
           
El despertar del  virus
Cuando el linfocito se activa, es decir, cuando se pone en funciona­miento para defen­derse de cualquier otra infección -por ejemplo una gripe o una dia­rrea-, el virus "se despierta" y comienza a reproducirse con rapidez hasta destruir el linfocito;  entonces  sus muchos "hijos" se extienden e invaden nuevos linfocitos.
El proceso se va aceleran­do poco a poco, ya que cada vez hay más linfocitos infec­tados y en cada activación del virus la mayoría de ellos se destruyen y se infectan muchos más. Por eso, con el paso de los años, va bajando lentamente la cantidad de linfocitos y aumentando la de virus, hasta que se encuentra infectado uno de cada cien de los linfocitos que quedan. Durante la ma­yor parte de este tiempo, el paciente no nota nada y se encuentra sano, aunque sea portador del virus y pueda contagiarlo.
Y llega, por fin, la fase fi­nal, en la que aparece el sida propiamente dicho. Cuando el número de linfocitos es muy bajo, las defensas de­jan de funcionar de forma correcta -ya carecen del ele­mento organizador-, y el en­fermo empieza a sufrir enfer­medades de todo tipo, mu­chas veces infecciones con­tra las que una persona sin VIH se defiende sin problemas, o tumores, pues los lin­focitos ayudan a evitar que surjan algunos de ellos. Estas enfermedades acti­van, a su vez, los linfocitos y provocan una multiplica­ción cada vez más acele­rada del virus. En esta fase inicial, los aconteci­mientos descritos se pre­cipitan, y el paciente se encuentra cada vez más  enfermo  hasta fallecer, generalmente a causa de estas infecciones incontroladas.
Si bien hay que estar in­fectado por el VIH para desa­rrollar el sida, no todos los seropositivos -sólo un 80%- llegan a hacerlo.
¿Qué se necesita, enton­ces, para que un seropositivo desarrolle la enferme­dad? En primer lugar, es obvio que cuanto mayor sea la cantidad de virus que en­tren en la sangre, mayor será probabilidad de enfermar. Además, una vez que se sitúa el virus en sus "células diana" -los linfocitos T4-, cualquier proceso patológi­co -en especial las infeccio­nes- que aumente la produc­ción linfocitaria aumentará la producción de virus.
Después de que se haya producido el primer contac­to con el VIH, que puede pa­sar desapercibido o manifes­tarse como un síndrome constitucional parecido al producido por otras infecciones víricas -fiebre, malestar general, dolor de cabeza, etc.-, el afectado permanece asintomático unos cuantos años para luego desarrollar la enfermedad. Esto significa pasar de ser seropositivo a ser enfermo de sida.
Otros infectados, tam­bién asintomáticos, desarro­llan lo que se conoce como "linfadenopatía generaliza­da persistente", que consis­te en la presencia de gan­glios linfáticos palpables en dos o más zonas extra inguinales -abdominales, axilares y cervicales, entre otras- du­rante más de tres meses.
Un síndrome aún más raro
Hoy es raro ver un síndro­me conocido como "comple­jo relacionado con el sida" (CRS), que consiste en una conjunción de síntomas co­mo fatiga, pérdida de peso, erupción cutánea, transfor­maciones cancerosas de la mucosa bucal y de la lengua e infecciones por herpes. A partir de aquí, el enfermo de­sarrolla el sida con infeccio­nes oportunistas -produci­das por Pneumocystis cari­nii, Citomegalovirus, Candi­da, entre otros- trastornos neurológicos encefalopatía, linfoma cerebral, etc.- y tu­mores -sarcoma de Kaposi, leucemias y linfomas.
La infección por el protozoo Pneumocystis carinii se produce en el 80 por ciento de los enfermos de sida y mata a más del 30 por cien­to de ellos. Sus síntomas son fiebre, tos seca, disnea -dificultad para respirar-, aleteo nasal, taquipnea -in­cremento del número de res­piraciones-y dolor costal. La radiografía de tórax puede ser anodina o mostrar un infiltrado intersticial o, in­cluso, cavidades. La auscul­tación pulmonar suele ser normal. En su estadio termi­nal, el enfermo muere por insuficiencia respiratoria. La encefalitis por Toxoplasma gondii, otro protozoo, es también muy fre­cuente en este tipo de enfer­mos y se caracteriza por la aparición de fiebre, dolor de cabeza fortísimo, alteracio­nes de la conducta y coma.
Los cuadros diarreicos, muy frecuentes, suelen estar producidos por protozoos Críptosporídium e Isospora y por hongos y bacterias, especialmente del género Salmonella.
El hongo que con más fre­cuencia causa patología en los enfermos de sida es Can­dida albicans, que produce el llamado "muguet" bucal -infección del paladar y la lengua- y esofagitis, toman­do el clásico aspecto de "le­che condensada".
La infección por una bacteria de la familia del bacilo de Koch, productor de la tuberculosis,     el Mycobacterium avium intracellulare (MAI) provoca un cuadro con fiebre, apendicitis y aumento del tamaño de los ganglios linfáticos y del hígado. El MAI infecta al 50 por ciento de los enfermos, pero no suele ser la causa de su muerte.          
Tampoco hay que olvidar que el sida se asocia con bastante frecuencia a la tuberculosis, especialmente en zonas en las que abunda esta enfer­medad, por ejemplo en nuestro país, Perú.
No obstante, el contagio se puede evitar y en la actua­lidad se están desarrollando nuevos tratamientos para el control de las enfermedades producidas por el sida. 

Referencia: Dr. Javier Yuste Echarren

DESHIDRATACION. PERCY ZAPATA MENDO.

DESHIDRATACIÓN
La deshidratación es la pérdida de agua del organis­mo en cantidades anormalmente al­tas, lo que da lugar a trastornos que en niños pequeños pueden llegar a ser muy graves.
El ambiente interno del cuerpo humano es, en gran medida, un medio lí­quido. Para que el ser huma­no realice adecuadamente sus funciones, extraordina­riamente complicadas, es im­prescindible que se manten­gan dentro de unos estre­chos límites el volumen y la composición de los líquidos corporales.
Existe un equilibrio entre la entrada de agua, minerales -sodio, cloro, potasio…- y sustancias orgánicas -azúca­res, grasas y proteínas-, su distribución en el organismo y su salida. Este equilibrio se mantiene gracias a la parti­cipación de ciertos órganos, como son el riñón, el tubo digestivo, el sistema nervioso y el sistema endocrino.
Las células de los diversos tejidos están bañadas en líquido -el líquido extracelular-, de él toman todos sus nutrientes y en él liberan las sustancias sobrantes de su metabolismo. Las células están rodeadas de una mem­brana semipermeable que permite el paso libre del agua y de algunas sustancias entre el interior y el exterior de la célula, mientras que otras sustancias requieren una par­ticipación activa de la célula para atravesar la membrana.
El agua es el componente más abundante del cuerpo y constituye cerca del 60% del peso de un adulto y entre el 70% y el 80% del de un lactante y recién nacido.
El agua corporal se distri­buye en dos compartimen­tos principales: el extracelular y el intracelular. El líquido extracelular se subdivide a su vez en plasma -dentro de los vasos sanguíneos- y lí­quido intersticial -fuera de los vasos, entre las células-. El agua de ambos comparti­mentos lleva minerales en cantidad muy similar. El sodio es el mineral más importante del líquido extra-celular, mientras que el po­tasio lo es del intracelular.
Mecanismos de control
Existen mecanismos complejos para garanti­zar el mantenimiento, no sólo del volumen de estos lí­quidos, sino sobre todo de la proporción de minerales que contienen, fenómenos que guardan una estrecha rela­ción. Así, la conservación del volumen extracelular se centra en el control del equi­librio de sodio, lo que se logra principalmente con la eliminación o retención de agua y sodio por el riñón, los mecanismos de la sed y la ingestión de agua.
Hay receptores sensitivos en diversas partes del orga­nismo que perciben los cam­bios de volumen del espacio extracelular y otros que per­ciben la concentración de sodio en estos líquidos.

El sistema nervioso cen­tral recibe las señales de estos dispositivos, integra la información y seguidamente envía señales al riñón para que regule la absorción de agua y de sodio según las ne­cesidades de cada momento. También transmite seña­les al centro de la sed para que experimentemos la ne­cesidad de beber agua.
La deshidratación afecta con más frecuencia a niños pequeños; y esto por varios motivos. En primer lugar, el recambio diario de líquido extracelular en lactantes es tres o cuatro veces mayor que en los adultos. El conte­nido total de agua en rela­ción con el peso también es mayor en el niño que en el adulto, así como la superficie corporal igualmente en rela­ción con el peso, lo que hace que las pérdidas por la piel sean mayores.
Hay que tener asimismo en cuenta que los mecanis­mos renales de los niños pe­queños están menos madu­ros. Otros dos problemas im­portantes del lactante en lo que a la deshidratación se re­fiere es que carecen de capa­cidad para manifestar la sed y que tienen tendencia a vo­mitar con facilidad.
La gravedad de la deshidratación depende del por­centaje de peso corporal perdido. Una deshidratación es leve cuando se pierde menos del cinco por ciento del peso, moderada si la per­dida es de entre el cinco y el diez por ciento, y grave cuan­do es mayor del diez por ciento. Es importante tam­bién la velocidad a la que se instaura la deshidratación; una pérdida del diez por ciento en menos de 24 ho­ras es muy grave, mientras que la misma pérdida produ­cida a lo largo de varios días se tolera bien.
El tipo de deshidratación depende de la relación entre la pérdida de agua y de mi­nerales, sobre todo sodio. Las deshidrataciones pue­den ser isonatrémicas- los niveles de sodio en la sangre son nor­males-, hiponatrémicas- la pérdida de agua es menor que la de sodio, y los niveles de sodio en la sangre son bajos- e hipernatrémicas- niveles elevados de sodio por pérdida de agua mayor que de este mineral-.
Los síntomas que produce una deshidratación dependen también del tipo del que se trate. En la hiponatrémica -so­dio bajo- se presentan  muy pronto los síntomas de pérdida de la normal elasticidad de la piel, los ojos aparecen hundi­dos, la lengua seca, y, como consecuencia de la adaptación que realiza el sistema cir­culatorio, se produce     taquicardia, disminu­ción de la circulación cutá­nea, con frialdad e incluso shock.
En la deshidratación hipernatrémica se mantiene la circulación, por lo que exis­ten pocos signos de shock, hasta que es muy grave; los síntomas más importantes son los neurológicos, como somnolencia, irritabilidad, temblores y rigidez de nuca.
La isonatrémica se parece a la hiponatrémica, pero con síntomas más leves y de apa­rición más tardía.

Aporte de líquidos
En los recién nacidos y lactantes es frecuente la fie­bre por deshidratación, que desaparece rápidamente al darles agua.
El tratamiento de la deshi­dratación se realiza aportan­do líquidos y minerales por vía oral o intravenosa me­diante sueros. Siempre que sea posible debe intentarse la rehidratación oral; sólo es necesario utilizar la vía intra­venosa si la deshidratación es grave o no es posible que el paciente in­giera líquidos por la boca -vómitos intensos-.
Buena solución
Existen soluciones especialmente prepara­das para la rehidratación oral que contienen una concentración ideal de glucosa -que ayuda a la absorción intestinal de sodio- y de minerales -sodio, potasio y bicarbo­nato. Se encuentra en las farmacias, generalmente en forma de polvo distribuido en sobres para disolver en agua. Es muy importante di­solver los polvos en el volumen de agua indicado, pues una mayor concentración pue­de producir un exceso de sodio que conlleva un alto riesgo. Si el paciente vomita, hay que iniciar la toma de líquidos de forma muy lenta 5 – 10 mi cada diez minutos aumentarla paulatinamente. Las soluciones re hidratantes deben administrarse, en los lactantes, a 150 mi por kilo de peso y día.
Lo más importante es pre­venir la deshidratación. To­dos los niño, especialmente los menores de un año, con fiebre o diarrea deben tomar agua o una solución hidratan­te en cantidades pequeñas y frecuentes. Si el niño no vo­mita, hay que darle toda el agua que pida; si vomita, hay que dársela lentamente, co­mo se ha explicado. Si el ni­ño presenta los síntomas de deshidratación arriba indica­dos, debe acudirse inmedia­tamente a un pediatra, que decidirá si se sigue la rehidra­tación oral o si, por lo contra­rio, hace falta su ingreso para la rehidratación intravenosa.

Referencia: José R. Asensi.

COLICO RENAL.PERCY ZAPATA MENDO.

COLICO RENAL
Es bien sabido que el tra­bajo de los riñones es filtrar constantemente la sangre, para eliminar de ella algunas sustan­cias nocivas que se forman en el transcurso del funcionamiento del organismo. Esto lo consigue haciendo pasar a la sangre por unos filtros mi­croscópicos llamados "nefronas". En aquéllas se obtiene de la sangre agua con una serie de sustancias químicas disueltas, y al líquido que re­sulta de esta filtración lo llamamos "orina".
Para salir al exterior desde las pequeñas nefronas, la orina debe recorrer un largo camino, que empieza en unos pequeños túbulos que modifican su composición y cantidad. Estos túbulos van confluyendo en conductos colectores cada vez mayores, hasta que desembocan en los cálices renales una espe­cie de "ramillete de embu­dos"- que recogen la orina de varios colectores en su parte más ancha, y la hacen confluir en los uréteres, situados a la salida del riñón. Existen, por lo general, dos uréteres uno por cada riñón, que son unos tubos muy estrechos por los que baja la orina del riñón hasta la vejiga. El camino de la ve­jiga al exterior es suficiente­mente conocido.
Piedras en la orina
La orina puede contener, en algunas personas, exce­siva cantidad de algunas sustancias químicas, que precipitan en ella en forma de pequeños cristales -algo parecido a lo que sucede en el agua en zonas en las que ésta tiene mucho calcio-. Mientras estos cristales son suficientemente pequeños, siguen sin problemas el ca­mino normal de la orina. Sin embargo, si alguno de los cristales adquiere un mayor tamaño, puede quedar atora­do en algunas zonas. Esto suele suceder en aquellos lu­gares en los que la orina se remansa: en los cálices rena­les o en la vejiga urinaria. Los cristales quedan flotando li­bremente en estas zonas y van creciendo poco a poco por yuxtaposición de nuevos cristalitos.
La formación de piedras, o cálculos, en los cálices re­nales se conoce como "nefrolitiasis" de nefro, riñón, y litos, piedra, y sucede sin producir síntomas. La perso­na afectada puede descubrir­lo sólo por casualidad al ha­cerse una radiografía o una ecografía. En ocasiones, pue­den llegar a bloquear previa­mente la salida de orina del riñón sin haber producido ningún síntoma.
Sin embargo, la mayor parte de las personas que pa­decen una nefrolitiasis lo descubren al sufrir un cólico nefrítico. El cólico nefrítico produce un dolor muy ca­racterístico, que se presenta cuando un cálculo que esta­ba antes alojado en la pelvis renal, emprende su camino de bajada.
Un dolor insoportable
Al entrar en el uréter cu­yo orificio interior es de tan sólo unos pocos milíme­tros, queda, al principio, atascado, y lesiona la pared del uréter. Este empieza a contraerse, en un intento por conseguir que el cálculo avance. La persona afectada por esta lesión presenta de forma bastante brusca un dolor intenso, que suele empezar en uno de los dos lados de la espalda el del riñón implicado, a la altura de las últimas costillas, y que después se transmite por el lado del abdomen hacia los genitales -esto es, sigue el trayecto del uréter-. Es uno de los dolores más intensos que se pueden experimentar, y parece no aliviarse en nin­guna postura ni con medica­mento alguno, salvo con nar­cóticos. En los siguientes 20 a 60 minutos a partir de su aparición se va intensificando, hasta hacerse insoportable y provocar muchas veces náu­seas, vómitos y una gran in­quietud. Posteriormente, va calmándose él solo poco a poco, hasta casi desaparece. Este dolor cólico coincide con los esfuerzos que hace el uréter para que el cálculo avance, dolorosamente, por su interior, en di­rección a la vejiga.
Tras unos minutos u horas de calma, el dolor reaparece y se prolonga- subiendo y ba­jando de intensidad- durante algunas horas más, en el me­jor de los casos, o durante al­gunos días, que suele ser lo normal.
Cuando el cálculo llega a la unión del uréter con la ve­jiga, el escollo final, pueden añadirse a todos estos pade­cimientos síntomas proce­dentes de esta última: nece­sidad de orinar que no se ali­via después de hacerlo, mic­ciones repetidas de pequeña cantidad, e incluso escozor al orinar. En ocasiones, la orina se tiñe con un poco de sangre. Por fin, el cálculo lle­ga a la vejiga, y el dolor cede hasta desaparecer completa­mente.
Aquí suelen acabar los padecimientos en las muje­res, cuya uretra -el conducto que conecta la vejiga con el exterior- es muy corta, por lo que lo expulsarán con facili­dad en la próxima micción. A los varones aún les queda algún sufrimiento, pero la uretra es más distensible que el uréter, y el dolor del trayecto que resta suele ser menor.
Poco que hacer
El cólico nefrítico no es otra cosa que esta suma de dolores cortos y repetidos que suceden cuando sale al exterior un cálculo re­nal. El diagnóstico es muy sencillo, ya que el dolor es difícil de confundir con cualquier otro. A veces, es beneficioso analizar la orina -sobre todo para comprobar que no existe una in­fección añadida- y   hacer una radiografía   del abdomen  para buscar la localización del cálculo, aunque con frecuencia éste no se aprecia en las radiografías.
Por desgracia, el médico puede hacer muy poco ante esto. Generalmente, cuando se está sufriendo el cólico, es necesario beber una gran cantidad de agua- al menos dos o tres litros diarios-. Suelen usarse, además, analgésicos antiin­flamatorios, como el diclofenaco (Voltarén®) o el metamizol (Antalgina®), aunque no sue­len calmar por completo los momentos de dolor más in­tenso. Algunas personas en­cuentran alivio aplicando calor en las zonas más dolo-rosas, y en algunos casos la presencia simultánea de una infección urinaria obliga a tomar un antibiótico durante algunos días. La situación sólo se complica si el cálcu­lo, pasados unos días, no es capaz de completar su des­censo y se atasca en el uréter. Esto puede comprobarse con una ecografía, que mos­trará cómo la parte del uréter por la que ya ha pasado el cálculo se encuentra muy di­latada y llena de orina, repercutiendo incluso en el riñón.
En al actualidad, cuando los cálculos renales tienen determinado tamaño, se puede utilizar la litotricia, método que emplea un aparato que emite hondas de choque a través del cuerpo, pulverizando con ello  las piedras alojadas en el riñón, y su posterior expulsión por medio de la orina.
En este caso extremo puede llegar a ser necesaria una operación para extraer el cálculo y evitar que dañe el riñón al bloquear por com­pleto su salida.
Busque su piedra
Lo que sí es conveniente en cualquier caso es intentar recuperar el cálculo de la orina -usando durante esos días una bacinica-, pues el análi­sis de su composición puede ser el primer paso en la pre­vención de nuevos cólicos.
Hay que recordar que el cálculo actual suele ser una prueba de la predisposición de la persona a fabricar otros cálculos, y que en ese caso algunas medidas preventivas sencillas podrían evitar la re­petición de este sufrimiento unos años más tarde, ya que en la mayoría de los casos la alteración metabólica de base es remediable.
¿POR QUÉ SE FORMAN LOS CÁLCULOS RENALES?
Existen varios tipos de cálculos renales, y cada uno de ellos puede deberse a dis­tintas causas.
La mayoría de los cálcu­los renales- el 75 – 85 por cien­to- están formados por com­puestos de calcio, general­mente oxalato o fosfato cálcico (hidroxiapatita). Estos cálculos, más frecuentes en los varones, se forman a velo­cidad constante- un cálculo cada 2 o 3 años- en las perso­nas predispuestas, general­mente por un problema metabólico hereditario. La causa más habitual es una enferme­dad llamada "hipercalcíuria familiar idiopática". Los suje­tos que la padecen eliminan más calcio en la orina que las personas normales, y ello facilita que el calcio precipite y forme pequeños cristales que irán creciendo lentamente. Existen muchas otras razones más raras, y en uno de cada cinco casos no se encuentra ninguna causa.
Un 10-15 por ciento de los cálculos son de estruvita, una sustancia formada por la presencia de algunas bacte­rias en las personas con in­fecciones urinarias repetidas, Estos cálculos son más frecuentes en mujeres, lo mismo que las infecciones. Pueden hacerse muy grandes y ocu­par prácticamente todo el ri­ñón, adoptando un aspecto peculiar en forma de astas de ciervo o de coral. En este caso no producen dolor, y el único tratamiento posible es la extirpación quirúrgica.
Por último, los cálculos pueden estar formados por ácido úrico- un 5 – 8 por ciento de los cálculos-. Únicamente en la mitad de los casos coin­ciden con la presencia de gota la manifestación más cono­cida del exceso de ácido úrico. Son también típicos de los varones.
EVITE QUE SE REPITA
Las personas que han sufrido un cólico nefrítico están predispuestas a que éste se repita periódica­mente si no toman medi­das. La más sencilla e im­portante que hay que adoptar es evitar la deshidratación y beber como mínimo cuatro o seis vasos de agua diarios.
Las demás medidas dependerán del tipo de cál­culo. Por ejemplo, si se deben a un exceso de ex­creción de calcio- hipercalciuria- pueden ser úti­les las tiazidas, unos diu­réticos que disminuyen esta excreción; si son de ácido úrico, puede ser ne­cesario modificar la dieta y, en ocasiones, tomar alopurinol, un medicamento que reduce este ácido. En otros casos, habrá que variar el grado de acidez de la orina para evitar la precipitación de las sustancias causantes.
Cuando se trata de in­fecciones repetidas por gérmenes productores de cálculos, habrá que buscar la causa de la predispo­sición a esas infecciones y usar antibióticos con prudencia.
Sea como sea, es im­portante tener siempre en cuenta que la formación de cálculos se puede prevenir en muchas ocasiones. Es labor del médico de cabe­cera o del urólogo estudiar cada caso concreto, pedir algunos análisis sencillos y aconsejar las medidas más juiciosas.

Referencia: Dr. Alfonso J. Cruz Jentoft