miércoles, 14 de abril de 2010

ANOREXIA Y BULIMIA. PERCY ZAPATA MENDO.

ANOREXIA Y BULIMIA
Se estima que uno de cada doscientos adolescentes pa­dece anorexia, y que nueve de cada diez son mujeres. Estos datos epidemiológicos, que coinciden también con los de la bulimia, nos propor­cionan ya algunas claves de la en­fermedad. En efecto, es la búsque­da obsesiva de la delgadez, actual modelo sobre todo de belleza fe­menina, lo que desencadena las nocivas consecuencias de este trastorno. Las perso­nas anoréxicas soportan estoicamente el hambre y con fre­cuencia acaban des­nutridas, practican ejercicio desaforada­mente y abusan de la­xantes y diuréticos. Así, llegan a perder rápi­damente más del quince por ciento de su peso y sufren interrupciones de la menstruación.
Este temor exagerado a engordar es lo que ha movido a algunos auto­res a describir la anorexia como una fobia a la comida. Pero, según pa­rece, esto es más bien una de sus múltiples con­secuencias. Tal vez la característica más sorpren­dente de esta enferme­dad sea la distorsionada imagen que tienen las anoréxicas de su propio cuerpo. Se sienten y se ven gordas aunque de hecho presenten un es­tado caquéctico es de­cir, exageradamente del­gado, y se niegan obsti­nadamente a mantener el peso adecuado a su estatura y edad.
También influyen de­terminados factores so­ciales y familiares. Bajo una aparente ausencia de conflictos en las fami­lias de las anoréxicas se suele ocultar, con fre­cuencia, un importante problema de comunicación con la madre. Por regla general, a las jó­venes afectadas les resulta difícil expresar emociones y deseos, y son consideradas por sus padres como niñas buenas que nunca cau­san problemas. Así, suelen referir­se exclusivamente al síntoma de la pérdida de peso. De hecho, en la mayor parte de los casos, son jóve­nes inteligentes, aparentemente bien adaptadas, buenas estudian­tes y perfeccionistas en todas las áreas de la vida. Sin embargo, tie­nen una baja autoestima y necesi­tan continuamente la aprobación de los demás.
Su preocupación por todo lo re­lacionado con la alimentación es constante; saben perfectamente cuántas calorías tienen cada alimen­to y dedican mucho tiempo a pre­parar platos para otros, aunque ellas mismas se niegan a comer, in­sistiendo en que están llenas.
Los especialistas coinciden en señalar que la llegada de la puber­tad es el desencadenante de la anorexia; no se acepta el desarrollo del cuerpo con formas de mujer y se tiene una actitud de rechazo hacia la sexualidad.
"Atracones" repetidos
En el otro extremo, la bulimia se caracteriza por episodios recurren­tes de "atracones" en períodos de tiempo que no suelen durar más de dos horas, pero que, en casos es­peciales, pueden extenderse a lo largo de diez o doce horas. Estos enfermos pierden el control sobre la ingesta de comida y no son ca­paces de contenerse. Para evitar el lógico aumento de peso, los bulímicos acostumbran a provocarse vómitos, abusan de laxantes y diu­réticos y adopta regímenes estric­tos o, simplemente, ayunan. Tam­bién suelen recurrir al ejercicio en muchas ocasiones para eliminar el exceso de calorías ingerido. En cualquier caso, para que se diag­nostique bulimia debe verificarse un promedio mínimo de dos "atra­cones" por semana durante al me­nos tres meses. Al igual que las per­sonas anoréxicas, las bulímicas muestran una preocupación exce­siva por la figura y el peso, pero éstas suelen comer a escondidas.
El entorno familiar de las bulí­micas se caracteriza también por una falta de compromiso ante los conflictos y las tensiones. La comunicación entre sus miem­bros se hace indirectamente, y los padres tienden a transmitir mensa­jes contradictorios, sobre todo en lo referente a cuestiones de domi­nio e independencia. Comparando las relaciones familiares de las pa­cientes anoréxicas y bulímicas, las de estas últimas son más conflictivas, existe una menor cohesión, así como peores lazos afectivos con los padres y una comunicación precaria.
Los datos epidemiológicos in­dican que la bulimia afecta es­pecialmente a mujeres de raza blanca con edades comprendidas entre los 15 y los 20 años, de clase social media alta, con estudios uni­versitarios y habitante de centros urbanos. En cuanto al perfil psicológico, estas enfermas suelen ser personas con una marcada inestabilidad emocional y una clara tendencia a la depresión. Asimis­mo, adolecen de falta de control sobre su cuerpo, baja autoestima y mala imagen de sí mismas. Son muy sensibles al rechazo y a menu­do se sienten incómodas e insegu­ras en el ámbito social. Poseen, no obstante, elevadas expectativas de sí mismas, lo que les lleva a tener constantes sensaciones de culpa y vergüenza, así como a ser excesi­vamente autocríticas a consecuen­cia de la inadaptación entre lo que son y lo que "deberían ser".

Perder el control
La persona que come de forma compulsiva es incapaz de controlar la ingesta de comida e intenta repetidamente perder peso si­guiendo un régimen, aunque a la postre lo recupera con creces. Estas fluctuaciones en el peso se suelen acom­pañar de complicaciones médicas, como hipertensión e incluso diabetes. La consecuencia de ello es la obesidad, con­cepto ajeno a factores psicológicos, pero estre­chamente vinculado al comer compulsivo. Este tras-tomo, que a menudo condu­ce al llamado síndrome "yo-yo" -un círculo vicioso entre adelgazar y engor­dar repetidamen­te-, no está registrado en el DSM III-R (Diagnostic Stadistical Manual Mental Disordes), una clasifica­ción diagnóstica estandarizada de las en­fermedades mentales, pero, de hecho, entraña múltiples elementos psicológicos, entre los que destaca la ansiedad.
Tras esta respuesta comporta-mental se esconde, obviamente, un conflicto psíquico: en estas per­sonas la ansiedad puede manifes­tarse en forma de ganas compulsi­vas de comer. Es posible, por tan­to, no experimentar ansiedad, sino hambre, para saciar la cual comen sin saborear, como si les fueran a quitar la comida. Este comporta­miento se puede dar incluso inme­diatamente después de comer.
Puesto que los afectados aca­ban siendo conscientes de su trastorno, generalmente acusan tam­bién sentimientos de culpa, lo que empeora su situación.
Pero la ansiedad no es la única consecuencia psicológica del co­mer compulsivo. Estas personas to­leran mal la frustración y, como la comida está siempre a mano, les cuesta renunciar a su ingesta des­mesurada. Tienen dificultad para expresar la rabia y reprimen sus im­pulsos agresivos. De ahí el mito de los gordos felices. Presentan, ade­más, rasgos de perfeccionismo, lo que les lleva a actitudes extre­mas: o acatan un régimen estricto o se abandonan totalmente. Cuan­do se salen de la dieta de adelgaza­miento, pierden el control y vuelven a engordar.
Los expertos denominan "ham­bre psicológica" a la que no res­ponde a razones fisiológicas. Ex­presiones como cuando discuto con mi marido, me da por comer», cuan­do me aburro, me voy a la nevera o cuando estoy triste, tengo ganas de dulce, revelan un modo pecu­liar de relacionarse con el mundo a través de la comida. En este caso, la comida sería una solución exter­na a un conflicto interno, una espe­cie de anestesia emocional.

Alimentación y afecto
La alimentación es unos de los primeros contactos que el ser hu­mano establece con el mundo ex­terior. En términos psicoanalíticos, se dice que el niño otorga uno u otro valor al alimento según sea el contacto con el pecho de la madre o el biberón. No es lo mismo la ma­dre que da el pecho o el biberón al pequeño en un ambiente tranquilo y cariñoso, que la que lo hace mi­rando la televisión. En el primer caso se satisface tanto la necesi­dad de alimento como la de afecto. Asimismo se puede distinguir entre la "madre nutricia" y la "madre ansiosa". La primera percibe las necesidades de su bebé y le da de comer cuando tiene hambre, le abriga cuando tiene frío y le acurruca cuando se siente so­lo. La "madre ansiosa", en cambio, no sabe diferenciar el llanto del be­bé por hambre o por otro motivo y le alimenta de forma sistemática, sean cuales sean sus necesidades. Así, cree calmar el hambre del pe­queño, cuando lo que en realidad apacigua es su propia angustia ante el llanto. Este tipo de relación es un perfecto caldo de cultivo para un futuro trastorno alimentario.
Estos entrañan siempre motivos de sufrimiento. Uno de ellos es la baja autoestima; el individuo afec­tado se rechaza a sí mismo y da por supuesto que tampoco le quieren los demás. Estos enfermos sopor­tan mal su soledad, y con frecuen­cia son invadiros por sentimientos de culpa y de vergüenza, lo que les impide expresar sus preocupaciones. Otra fuente de dolor es la mala imagen que tie­nen de sí mismos; no están confor­mes con su cuerpo e intentan mol­dearlo continuamente sin quedar nunca satisfechos. Su férrea de­pendencia del entorno social les hace muy susceptibles al rechazo, ya sea real o imaginario, y es fre­cuente que se sientan desprecia­dos. Sus sueños de grandeza, aje­nos a la realidad, son fuente inevi­table de frustraciones. En definiti­va, detrás de muchos trastornos alimentarios se oculta una depre­sión enmascarada, río es de extra­ñar, por tanto, que se obtengan buenos resultados clínicos admi­nistrando psicofármacos, concreta­mente antidepresivos.
La delgadez, "un premio"
Pero, sin duda, a la base de estos trastornos descansa un compendió de valores socialmente  aceptados. Hoy en día se premia sobremanera la delgadez; la publi­cidad recurre insistentemente a cuerpos esbeltos y estabilizados para atraer a los compradores, y un constante bombardeo de mensajes erotizantes anuncia que con un cuerpo perfecto se puede alcanzar cualquier cosa. A la vez se invita continuamente a consumir para satisfacer el hambre fisiológica o i psíquica. No es, pues, difícil encontrar personas de éxito entre I estos enfermos. Los desaparecidos cantantes John Lennon y  Karen Carpenter, o las gimnastas olímpicas Nadia Comaneci y Marta Bobo, son conocidos ejem­plos de enfermos anoréxicos; la actriz Jane Fonda y la princesa Diana de Gales -Lady Di- han padecido también bulimia. Pero, claro está, la lista es mucho mayor, y las consecuencias de estos tras­tornos, a veces, irreversibles.
COMO IDENTIFICAR UN TRASTORNO ALIMENTARIO
La señal más visible es una pérdida o un aumento notable de peso en poco tiempo.
Estas personas están constantemente preocupadas por todo lo relacionado con la alimentación.
Abusan de laxantes y diuréticos.
Realizan ejercicio físico de manera desmesurada.
Son frecuentes las conductas raras a la hora de comer: desmenuzar mucho los alimentos, comer del plato de otro, esconderse la comida en los bolsillos, masticar y escupir la comida, mentir acerca de las cantidades ingeridas, realizar algún ritual, comer muy despacio o muy deprisa, comer a escondidas, reponer los alimentos que se han comido para que los familiares no se den cuenta, pasar un tiempo en el cuarto de baño nada más comer.
A veces se pueden observar callos o heridas en el dorso de la mano como consecuencia de los vómitos provocados.
A menudo se quejan de su gordura, cuando la realidad evidencia todo lo contrario.
Los trastornos alimentarios son una enfermedad psíquica con consecuencias físicas y, por tanto no son cuestión de fuerza de voluntad ni de debilidad de carácter. Los expertos recomiendan no forzar nunca a los hijos a comer y acudir al especialista cuando aparezcan estos síntomas.

Referencia: Monserrat Lapastora Y Peggy Gilbert

ALTO A LAS HEMORROIDES. PERCY ZAPATA MENDO, CARMEN ZAPATA MENDO, JAIME ZAPATA MENDO.

ALTO A LAS HEMORROIDES

Se calcula que aproximada­mente ocho de cada diez personas padecerá hemorroides en algún momento de su vida, puesto que los hábitos imperantes en ellos favo­recen en gran medida la aparición de esta molestia. Además de cier­tas predisposiciones biológicas que pueden darse, existen otros factores que contribuyen a la apa­rición de este trastorno, como son el estreñimiento crónico, los esfuerzos fí­sicos excesivos y el sedentarismo muy prolongado, entre otros.
El período de la vida en el que existe mayor riesgo de sufrir las hemorroides se sitúa entre los 20 y los 50 años, aunque es a partir de los 40 cuando las posibilidades de padecerlas crecen. Una etapa espe­cialmente delica­da para la mujer se presenta con el embarazo, al originarse un in­cremento de la pre­sión de la pelvis que hace aumentar la presión en las venas hemorroidales, cosa que contribuye a la manifestación de este trastorno.
Las hemorroides son unas dila­taciones vasculares localizadas en la región anal. Aunque existe un cierto desconocimiento acerca de su formación y desarrollo, se sabe que algunas veces son consecuen­cia de la debilidad de las paredes venosas, mientras que otras están asociadas a un incremento de la presión sanguínea de la red venosa hemorroidal, debido a un obstá­culo que dificulta el normal fluir de la sangre.
Dentro y fuera
En lo que se refiere a su ubica­ción, los especialistas distinguen entre las hemorroides internas y las externas. La persona afectada por hemorroides internas observa de repente pequeñas cantidades de sangre que se mezclan con las he­ces al evacuar o, una vez concluida la defecación, al limpiarse, peque­ñas estrías de sangre procedentes del interior del ano. Del mismo mo­do, puede notarse la formación de coágulos.
Al ser internas, el paciente no puede tocárselas, por tanto lo que le preocupa y motiva la consulta al médico es el sangrado. Este tipo de hemorroides también puede manifestarse a través de una trombosis hemorroidal: la sangre se coagula y se forma un trombo o "bola" de color azul violáceo muy dolorosa al tacto.
Las hemorroides externas son unos bultos que aparecen alre­dedor del ano. Al estar ubicadas bajo la piel, es frecuente que sean dolorosas, sobre todo si se produce un aumento brusco de tamaño. Suelen darse acompa­ñadas de escozor, picor y dolor localizados en la región anal, aunque las molestias más graves se produ­cen al limpiarse con papel higiéni­co después de la evacuación, ra­zón por la que los especialistas aconsejan no utilizarlo en estos ca­sos. Son recomendables las poma­das antiinflamatorias, y cuando el problema alcanza dimensiones ex­tremas, se debe acudir al médico.
El Dr. Devesa Múgica, presiden­te electo de la Asociación Españo­la de Coloproctología, aconseja no tratar aquellas hemorroides que no producen síntomas, tanto si son internas como si son externas. «Muchas veces, una persona puede detectarse hemorroides al realizarse la higiene anal, pero ni le escuecen, ni le pican, ni le due­len, ni le sangran. Si es así, no se precisa ningún tratamiento.»
Cuestión de tamaño
Uno de los principales factores que hay que tener en cuenta a la hora de curar las hemorroides, es su tamaño. Dependiendo de éste, los especialistas clasifican las hemorroides en cuatro grados o estadios.
Las que forman parte del grado I son sólo hemorroides internas que nunca se van a exteriorizar. Para detectarlas, se suele utilizar una técnica denominada "anoscopia". Cuando una persona las padece y sangra ocasionalmente debido a un esfuerzo defecatorio importan­te, es necesario evitar el estreñi­miento, cosa que puede ayudar a resolver el problema, aunque si el paciente continúa sangrando, habrá que someterle a un trata­miento más adecuado, similar al empleado para las hemorroides de grado II.
Cuando un paciente tiene estructuras vasculares en este últi­mo grado, se observa la presencia de hemorroides internas y exter­nas. Para tratarle las internas, el método más utilizado, por su sencillez, eficacia y coste, es el de las ligaduras elásticas, que con­siste en la colocación de una serie de bandas en la base de cada he­morroide, con el fin de estrangular­las. Estas ligaduras se desprenden por sí solas al cabo de los diez días.
Por su parte, las hemorroides externas se reducirán espontánea­mente al separarse de las internas, no hay que preocuparse en el caso de que quede algún pliegue cutá­neo, ya que éste generalmente no origina ninguna molestia. Si produ­jera picor o escozor por el roce, será conveniente extirparlo.
El paciente que posee hemorroi­des de grado III -internas y exter­nas- siempre notará su presencia. Aquéllas sólo se reducen manual­mente si se empujan hacia el inte­rior del ano, con lo que dejan de molestar durante cierto tiempo. Sin embargo, cuando las hemorroides han alcanzado el grado IV, no es posible su reducción o reintro­ducción manual, y siempre están fuera, palpables y visibles. El trata­miento de estos dos últimos tipos de hemorroides es quirúrgico.
De ida y vuelta
Existe una duda muy generaliza­da entre la población relativa a si cabe la posibilidad de que estas estructuras vasculares se desarro­llen de nuevo después de haber si­do extirpadas. A este respecto, el Dr. Devesa responde que si una hemorroide ha sido correctamente tratada, no existe el riesgo de que vuelva a reproducirse. El mismo especialista ilustra esto con el siguiente ejemplo: «Sucede algo parecido a lo que ocurre con el problema de las caries dentales: si un diente se extrae no vuelve a tener caries, porque ya no hay diente, aunque dicha caries puede aparecer en otro diente.»
En opinión del Dr. Devesa, una persona puede consultar al detectarse pequeños sangrados y comprobar la existencia de ciertas hemorroides internas, que desaparecerán después de someterlas a un tratamiento, no obstante, puede ocurrir que, con el paso del tiempo, ese paciente vuelva a tener de nuevo hemorroides, aunque en otra zona distinta de donde le salieron la primera vez.
«Si las hemorroides pertenecen al grado III o IV, y han sido extraídas de forma correcta, no hay ningún riesgo de volver a padecerlas, a no ser que no hayan sido perfectamente eliminadas», asegura el Dr. Devesa.
Y por si fuera poco...
Puede suceder que un paciente expulse pequeñas cantidades de sangre o que sienta un intenso dolor al evacuar, y que, sin embar­go, el origen de su mal no sea una hemorroide sino una fisura anal. Esta consiste en una pequeña heri­da o ulceración que se origina en la unión de la piel con la mucosa del ano. Si aparece de forma aguda, al cabo de unos cuantos días desapa­recen las molestias.
Cuando una persona consulta al médico por este problema, el tratamiento que se le suele admi­nistrar está orientado, por lo gene­ral, a la supresión del estreñimien­to, y se le indica la necesidad de practicar una dilatación del ano, ya sea con el dedo o con ayuda de algún instrumento. Este hábito tiene como fin la relajación del esfínter interno y permite la curación de la fisura.
Si este tipo de herida ha entrado en su fase crónica, el tratamiento pasa a ser quirúrgico, puesto que tiene que seccionarse la parte final del esfínter interno, ya que está muy contraído.
En la actualidad, tanto las hemo­rroides como las fisuras anales tie­nen una fácil y pronta solución. Lo importante es seguir el tratamiento más idóneo y asequible para cada caso particular.
TRATAMIENTO EN CASA
Ante todo, hay que evitar el estreñi­miento y los esfuerzos defecatorios y, sobre todo, no hay que pasar demasiado tiempo sobre el inodoro, leyendo o reali­zando cualquier otra actividad,
Regularizar el ritmo intestinal, pues­to que su mal funcionamiento puede pro­vocar indirectamente una nueva crisis hemorroidal,
Evitar Las comidas copiosas y muy condimentadas, al igual que los excesos de alcohol.
Sustituir la dieta tradicional por otra rica en fibra en la que predominen las verduras y las frutas.
Huir de todo aquello que pueda pro­ducir una congestión local excesivo sedentarismo, por ejemplo y fomentar más la actividad física mediante ejerci­cios gimnásticos, paseos, etcétera,
Cuando las hemorroides externas ocasionan dolor, se pueden aplicar para calmarlo unos trozos de hielo durante varios minutos o alguna pomada antiin­flamatoria y analgésica.

Más información sobre hemorroides internas: http://www.tratamientohemorroides.org/hemorroides-internas/
Referencia: Elsa Vivar

¿POR QUÉ HE ENGORDADO?. PERCY ZAPATA MENDO, JAIME ZAPATA MENDO, CARMEN ZAPATA MENDO.

¿POR QUÉ HE ENGORDADO?


Muchas personas no salen de su asombro: «No lo entiendo; hago y como lo mis­mo que cuando tenía 20 años, y en diez años he gana­do otros tantos kilos.» Las causas más frecuentes de esta acumulación de kilos a lo largo de los años, con excep­ción de algunas muy concre­tas -diabetes, hipotiroidismo, etc.-, pueden ser múltiples, pero, en la gran mayoría de los casos, el motivo principal de este desajuste es un dese­quilibrio entre la cantidad de calorías ingeridas a diario y el gasto calórico efectuado. En pocas palabras: comemos más de lo que precisamos.
No obstante, el obeso se resiste, curiosamente, a aceptar que su exceso de grasa obedezca a esta razón tan simple y se aferra a cual­quier excusa con tal de no admitir que su aumento de peso, y por tanto de volumen y de riesgo para la salud, sea debido a un exceso de apor­te calórico.
Normalmente no somos muy conscientes a la hora de evaluar nuestros aportes ca­lóricos ni nuestros gastos.
El aporte energético es di­fícil de valorar, porque no todo el mundo conoce el valor calórico y nutritivo de los alimentos, de la misma manera que es difícil saber cuáles son los gastos calóricos que se producen durante la jornada.
Es cierto que en los últi­mos años ha habido un flujo masivo de información sobre el tema, y que se ha creado una cierta conciencia, llamé­mosla "nutricional". Pero, aun así, y por desgracia, la in­formación adquirida es, en muchos casos, errónea, inco­rrecta o deficitaria.
Cambio de costumbres
Es indudable que a los 20 años la actividad física es bastante más intensa que a los 30. Y muchas veces no nos percatamos de ello. «Hago exactamente lo mis­mo», se acostumbra a decir, o a pensar. Pero... ¿es eso cierto? Seguramente no.
Supongamos, a modo de ejemplo, que la persona ator­mentada por esta cuestión sea en la actualidad, a sus 30 años, un licenciado universi­tario con un buen puesto de trabajo. ¿Realmente cree esta persona que su actividad es igual a la que tenía cuando acudía a la Facultad? Es difí­cil de creer.
Para empezar, es proba­ble que haya cambiado su medio de locomoción: no más autobuses y metro. Ahora dispone de un coche.
Es más cómodo. Ya no tiene que desplazarse los 300 me­tros -dos veces al día- que le separan de la parada del autobús, ni recorrer los otros 700 metros -otras dos veces al día- que hay entre el lugar en que se baja y la Facultad. Sólo en esta actividad, nues­tro amigo ha dejado de andar -considerando que haya asis­tido a clase unos 150 días-300 kilómetros anuales-, me­tro más o menos.
Posiblemente su desayu­no tampoco sea el mismo, dado que su economía tam­poco es la misma. De este modo, casi con certeza habrá cambiado su simple café en la tienda de la facultad por algo más consistente. Muy, pero que muy por lo bajo, este "algo más consistente" lo pode­mos  cuantificar en torno a las 150 Kcal/día. O lo que es lo mismo, unas 54.000 Kcal anuales más.
Sólo estos dos pequeños detalles son causas que justifican este aumento de un kilo por año. La denomina­da "sociedad del ocio" del mundo occidental en la que estamos inmersos tiende a procurar cada vez más comodidades al ciudadano. Estas comodidades re­percuten, sin duda alguna, en una disminución de nuestro ejercicio físico diario, en nues­tra propensión a la obesidad. Unos botones de muestra habituales que, por cotidianos, nos son imperceptibles, pero que el organismo huma­no "anota y registra".
¿Quién recuerda lo que es realizar la lavada a mano y tender la ropa? Lavadoras y secadoras lo hacen por noso­tros. ¿Y fregar a mano con balde y trapeador? ¡Para eso están las lustradoras!. Por no ha­blar de salir a dar un paseo por la tarde… ¡con la película que ponen en la tele!
Todo ello al año se tradu­ce en miles de calorías que dejamos de quemar y que se almacenan en el cuerpo en forma de cúmulos grasos.
Esto en lo que se refiere a la actividad física; pero, ¿y la alimentación? También aquí ha sufrido la vida moderna una seria mutación.
Comer corriendo
La incorporación de la mujer al mundo laboral ha significado toda una revolu­ción en el modelo clásico de la dinámica hogareña, lo que, lógicamente, ha reper­cutido directamente en la ali­mentación. Se ha pasado de la cocina elaborada cotidia­namente a la cocina rápida.
Es lógico: no hay tiempo, se está cansado... Así, digerir cualquier cosa y en cualquier lugar se ha convertido en ha­bitual. No es que comer fuera de casa sea perjudicial, ni mucho menos, pero sí que es peligroso para mantener la línea. Y esto, por varios motivos. Es posible que nuestra economía no nos permita comer a la carta todos los días, por lo que se recurre a los menús o a los restaurantes de comida rápi­da, o fast food.
Comer en cualquier res­taurante medio significa, casi siempre, ingerir más grasas de las necesarias, pues los alimentos rebozados, apa­nados, fritos o en salsa están a la orden del día.
La fast food merece, por sí sola, un artículo entero. Baste con recordar que en EE UU también se la conoce como "comida basura".
En casa, por la noche, las costumbres también han va­riado lo suyo. ¿Qué miembro de la pareja cocina tras la jornada laboral? Se echa mano de cual­quier cosa- que para eso está el congelador-, del microondas de tres minutos, y listo para comer; o de fiam­bres, embutidos, patés, etcétera; y la digestión, ante el televisor. No es más que un ejem­plo, pero seguro que muchos se ven reflejados en él.
El cuerpo humano es ca­paz de realizar un enorme trabajo con un consumo muy bajo, y ésta es una idea que debe tener presente cual­quier persona que desee es­tar en inmejorables condicio­nes de salud.
Y sin embargo, como toda máquina, necesita sus cuida­dos, mínimos pero impres­cindibles, para un óptimo rendimiento. Seguro que sa­be muy bien que arrancar su coche en frío es perjudicial para éste. Pues nosotros tam­bién "arrancamos en frío" cuando no desayunamos hasta media mañana. Del mismo modo que le dedicamos un par de minutos al coche para que no se averíe, deberíamos ser capaces de levantarnos diez minutos antes y desayunar bien antes de salir de casa. Y al igual que no se le echa gasolina nor­mal a un coche que uti­liza súper, puesto que así no andaría y, además, se le picarían de bielas, tampoco habría que permi­tir que nuestro cuerpo se re­sienta por no comer verdura, sabiendo que el ser humano la necesita a diario.
Para concluir con el ejem­plo del coche, ¿le pone usted aceite al coche hasta rebosar o, por el contrario, calcula bien la cantidad para que no se le engrasen las bujías? ¿Por qué permite, pues, que su cuerpo "rebose aceite"?

Poquito a poco
Los especialistas reco­miendan aumentar la activi­dad física para prevenir cier­tas enfermedades cada día más frecuentes -hiperten­sión, infarto de miocardio, hipercolesterolemia, etcétera-, Pero esto no significa que de­bamos cambiar nuestra conducta de manera brutal. Tan perjudicial para la salud es el exceso como la carencia.
Pretender rebajar en po­cas semanas lo que se ha ad­quirido con el paso de los años puede ocasionar a nuestro organismo daños se­rios difíciles de subsanar. De­bemos adquirir, poco a poco, nuevos hábitos de alimenta­ción y de ejercicio, Es nece­sario informarse bien sobre las propiedades de los ali­mentos y desterrar muchos tabúes impuestos por la cul­tura popular, que no por la científica.
Desterrar, por ejemplo, de la dieta los carbohidratos es uno de los errores más fre­cuentes; compensar su falta con un incremento de las proteínas y grasas es ya inad­misible, y asegurar que tal producto permite comer libremente cualquier alimento es, sencillamente, una esta­fa. El equilibrio dietético em­pieza por comer de todo y de manera variada, cuidando únicamente las cantidades, y sin que esto implique, en ab­soluto, pasar hambre.

Referencia: Dr. Tomas Taure, Dietista.