¿POR QUÉ HE ENGORDADO?. PERCY ZAPATA MENDO, JAIME ZAPATA MENDO, CARMEN ZAPATA MENDO.

¿POR QUÉ HE ENGORDADO?


Muchas personas no salen de su asombro: «No lo entiendo; hago y como lo mis­mo que cuando tenía 20 años, y en diez años he gana­do otros tantos kilos.» Las causas más frecuentes de esta acumulación de kilos a lo largo de los años, con excep­ción de algunas muy concre­tas -diabetes, hipotiroidismo, etc.-, pueden ser múltiples, pero, en la gran mayoría de los casos, el motivo principal de este desajuste es un dese­quilibrio entre la cantidad de calorías ingeridas a diario y el gasto calórico efectuado. En pocas palabras: comemos más de lo que precisamos.
No obstante, el obeso se resiste, curiosamente, a aceptar que su exceso de grasa obedezca a esta razón tan simple y se aferra a cual­quier excusa con tal de no admitir que su aumento de peso, y por tanto de volumen y de riesgo para la salud, sea debido a un exceso de apor­te calórico.
Normalmente no somos muy conscientes a la hora de evaluar nuestros aportes ca­lóricos ni nuestros gastos.
El aporte energético es di­fícil de valorar, porque no todo el mundo conoce el valor calórico y nutritivo de los alimentos, de la misma manera que es difícil saber cuáles son los gastos calóricos que se producen durante la jornada.
Es cierto que en los últi­mos años ha habido un flujo masivo de información sobre el tema, y que se ha creado una cierta conciencia, llamé­mosla "nutricional". Pero, aun así, y por desgracia, la in­formación adquirida es, en muchos casos, errónea, inco­rrecta o deficitaria.
Cambio de costumbres
Es indudable que a los 20 años la actividad física es bastante más intensa que a los 30. Y muchas veces no nos percatamos de ello. «Hago exactamente lo mis­mo», se acostumbra a decir, o a pensar. Pero... ¿es eso cierto? Seguramente no.
Supongamos, a modo de ejemplo, que la persona ator­mentada por esta cuestión sea en la actualidad, a sus 30 años, un licenciado universi­tario con un buen puesto de trabajo. ¿Realmente cree esta persona que su actividad es igual a la que tenía cuando acudía a la Facultad? Es difí­cil de creer.
Para empezar, es proba­ble que haya cambiado su medio de locomoción: no más autobuses y metro. Ahora dispone de un coche.
Es más cómodo. Ya no tiene que desplazarse los 300 me­tros -dos veces al día- que le separan de la parada del autobús, ni recorrer los otros 700 metros -otras dos veces al día- que hay entre el lugar en que se baja y la Facultad. Sólo en esta actividad, nues­tro amigo ha dejado de andar -considerando que haya asis­tido a clase unos 150 días-300 kilómetros anuales-, me­tro más o menos.
Posiblemente su desayu­no tampoco sea el mismo, dado que su economía tam­poco es la misma. De este modo, casi con certeza habrá cambiado su simple café en la tienda de la facultad por algo más consistente. Muy, pero que muy por lo bajo, este "algo más consistente" lo pode­mos  cuantificar en torno a las 150 Kcal/día. O lo que es lo mismo, unas 54.000 Kcal anuales más.
Sólo estos dos pequeños detalles son causas que justifican este aumento de un kilo por año. La denomina­da "sociedad del ocio" del mundo occidental en la que estamos inmersos tiende a procurar cada vez más comodidades al ciudadano. Estas comodidades re­percuten, sin duda alguna, en una disminución de nuestro ejercicio físico diario, en nues­tra propensión a la obesidad. Unos botones de muestra habituales que, por cotidianos, nos son imperceptibles, pero que el organismo huma­no "anota y registra".
¿Quién recuerda lo que es realizar la lavada a mano y tender la ropa? Lavadoras y secadoras lo hacen por noso­tros. ¿Y fregar a mano con balde y trapeador? ¡Para eso están las lustradoras!. Por no ha­blar de salir a dar un paseo por la tarde… ¡con la película que ponen en la tele!
Todo ello al año se tradu­ce en miles de calorías que dejamos de quemar y que se almacenan en el cuerpo en forma de cúmulos grasos.
Esto en lo que se refiere a la actividad física; pero, ¿y la alimentación? También aquí ha sufrido la vida moderna una seria mutación.
Comer corriendo
La incorporación de la mujer al mundo laboral ha significado toda una revolu­ción en el modelo clásico de la dinámica hogareña, lo que, lógicamente, ha reper­cutido directamente en la ali­mentación. Se ha pasado de la cocina elaborada cotidia­namente a la cocina rápida.
Es lógico: no hay tiempo, se está cansado... Así, digerir cualquier cosa y en cualquier lugar se ha convertido en ha­bitual. No es que comer fuera de casa sea perjudicial, ni mucho menos, pero sí que es peligroso para mantener la línea. Y esto, por varios motivos. Es posible que nuestra economía no nos permita comer a la carta todos los días, por lo que se recurre a los menús o a los restaurantes de comida rápi­da, o fast food.
Comer en cualquier res­taurante medio significa, casi siempre, ingerir más grasas de las necesarias, pues los alimentos rebozados, apa­nados, fritos o en salsa están a la orden del día.
La fast food merece, por sí sola, un artículo entero. Baste con recordar que en EE UU también se la conoce como "comida basura".
En casa, por la noche, las costumbres también han va­riado lo suyo. ¿Qué miembro de la pareja cocina tras la jornada laboral? Se echa mano de cual­quier cosa- que para eso está el congelador-, del microondas de tres minutos, y listo para comer; o de fiam­bres, embutidos, patés, etcétera; y la digestión, ante el televisor. No es más que un ejem­plo, pero seguro que muchos se ven reflejados en él.
El cuerpo humano es ca­paz de realizar un enorme trabajo con un consumo muy bajo, y ésta es una idea que debe tener presente cual­quier persona que desee es­tar en inmejorables condicio­nes de salud.
Y sin embargo, como toda máquina, necesita sus cuida­dos, mínimos pero impres­cindibles, para un óptimo rendimiento. Seguro que sa­be muy bien que arrancar su coche en frío es perjudicial para éste. Pues nosotros tam­bién "arrancamos en frío" cuando no desayunamos hasta media mañana. Del mismo modo que le dedicamos un par de minutos al coche para que no se averíe, deberíamos ser capaces de levantarnos diez minutos antes y desayunar bien antes de salir de casa. Y al igual que no se le echa gasolina nor­mal a un coche que uti­liza súper, puesto que así no andaría y, además, se le picarían de bielas, tampoco habría que permi­tir que nuestro cuerpo se re­sienta por no comer verdura, sabiendo que el ser humano la necesita a diario.
Para concluir con el ejem­plo del coche, ¿le pone usted aceite al coche hasta rebosar o, por el contrario, calcula bien la cantidad para que no se le engrasen las bujías? ¿Por qué permite, pues, que su cuerpo "rebose aceite"?

Poquito a poco
Los especialistas reco­miendan aumentar la activi­dad física para prevenir cier­tas enfermedades cada día más frecuentes -hiperten­sión, infarto de miocardio, hipercolesterolemia, etcétera-, Pero esto no significa que de­bamos cambiar nuestra conducta de manera brutal. Tan perjudicial para la salud es el exceso como la carencia.
Pretender rebajar en po­cas semanas lo que se ha ad­quirido con el paso de los años puede ocasionar a nuestro organismo daños se­rios difíciles de subsanar. De­bemos adquirir, poco a poco, nuevos hábitos de alimenta­ción y de ejercicio, Es nece­sario informarse bien sobre las propiedades de los ali­mentos y desterrar muchos tabúes impuestos por la cul­tura popular, que no por la científica.
Desterrar, por ejemplo, de la dieta los carbohidratos es uno de los errores más fre­cuentes; compensar su falta con un incremento de las proteínas y grasas es ya inad­misible, y asegurar que tal producto permite comer libremente cualquier alimento es, sencillamente, una esta­fa. El equilibrio dietético em­pieza por comer de todo y de manera variada, cuidando únicamente las cantidades, y sin que esto implique, en ab­soluto, pasar hambre.

Referencia: Dr. Tomas Taure, Dietista. 

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