sábado, 3 de julio de 2010

SINDROME PRE-MENSTRUAL. PERCY ZAPATA MENDO.

SINDROME PRE-MENSTRUAL
Se estima que más de la mitad de las mujeres aproximadamente- el 54 por ciento- se queja de molestias leves o moderadas antes de tener la regla; un 37 por ciento manifiesta sufrir molestias severas, y entre un 5 y un 10 por ciento presenta una serie de trastornos de tal magnitud que pre­cisa tratamiento y a menudo re­quiere baja laboral. Tan sólo el 10 por ciento asegura no sufrir ningún tipo de trastorno.
De todo esto puede concluirse a grandes rasgos que ocho de cada diez mujeres ven empeorada su calidad de vida por estos proble­mas, no son quejas infundadas ni producto de la imaginación feme­nina, como con frecuencia asegu­ran algunos hombres, y tampoco valen de gran cosa consejos de tipo «ten un hijo, y ya verás como se te pasa».
Son "cosas de mujeres", es cier­to; pero ello no significa que carez­can de importancia. Y también es cierto que el sín­drome premenstrual no es un fenó­meno nuevo. Ya Hipócrates, el "padre de la Medicina", descubrió síntomas como cefaleas y sensa­ción de pesadez; y Plinio apuntaría posteriormente cambios notables, por no decir mágicos: «Al acercarse una mujer en este estado, se mar­chita la hierba, se secan las plantas del jardín, se agria el vino nuevo y se cae la fruta del árbol a cuyo pie se sienta».
1931, una fecha clave
Sin embargo, es a Frank a quien se atribuye la primera descripción moderna del síndrome premens­trual, realizada en 1931, y en la que se refiere a un conjunto de sín­tomas físicos, emocionales y conductuales que se presentan dos se­manas antes de la menstruación. Aunque aún se desconoce la cau­sa, se ha avanzado de manera considerable en el diseño de métodos más precisos para esta­blecer un diagnostico de este tras­torno, que permiten diferenciarlo de otros y desarrollar tratamientos más eficaces.
Síntomas variables
Ninguno de los posibles sín­tomas del síndrome premenstrual es exclusivo, y lo que lo define es una clara fluctuación de la sintomatología con el ciclo menstrual. Durante la primera mitad del ciclo, es decir, desde el inicio de la regla hasta el duodécimo día, aproxima­damente, los síntomas se presen­tan de manera esporádica y su fre­cuencia es similar a la de la pobla­ción general.
Este criterio temporal se aplica a casi todas las mujeres en edad fér­til, y, según el momento en que aparecen los síntomas, se pueden establecer varios patrones de la evolución del trastorno.
De este modo, en un grupo de mujeres los síntomas aumentan de intensidad poco a poco y se interrumpen de repente al inicio de la menstrua­ción; en otras, la intensidad de los síntomas también es creciente, pero la remisión de estos no es brusca, sino que requiere más tiempo, hasta el comienzo del si­guiente ciclo. En un tercer grupo de mujeres, los síntomas muy inten­sos se limitan a unos cuantos días antes de la menstruación, aunque esa intensidad va aumentando de manera gradual durante la fase luteínica -a partir de la ovulación-, alcanza el punto máximo apenas antes del inicio de la menstruación y declina luego muy rápidamente en los primeros cuatro días de la si­guiente regla.
Estos síntomas suelen aparecer en un período de tiempo compren­dido entre la fecha de la ovulación y la propia menstruación, tras la cual remiten. De continuar las mo­lestias, habría que hablar ya de dismenorrea o dolor menstrual.
Aunque se han propuesto dis­tintas clasificaciones de los sínto­mas que presenta cada mujer, pue­de que la más aceptada sea la del Profesor Abraham, que distingue cuatro grandes grupos. Dos de éstos se circunscriben al ámbito psicológico y en ellos se incluyen aquellas mujeres que padecen an­siedad, irritabilidad, mal humor, depresión, pérdida de confianza, pérdida de memoria, somnolen­cia y desinterés por el trabajo, entre otros trastornos.
Error diagnóstico
Sin duda, los problemas psí­quicos pueden ser determinan­tes, y en muchos casos un diagnóstico de depresión erró­neo puede llevar a un trata­miento incorrecto consistente en la administración de fár­macos ansiolíticos o antide­presivos, cuando en realidad esa depresión es puramente consecuencia del síndrome pre­menstrual.
Hay otras mujeres que manifies­tan únicamente síntomas físicos, como pueden ser hinchazón de ab­domen, retención de líquidos en las manos y en los tobillos -con el consecuente aumento de peso de entre dos y cuatro kilos-, incremento de líquido en las mamas –acompañado a menudo de hipersensibilidad en los pezones y en ocasiones incluso dolor-, mareos, desma­yos, sudores, náuseas, vómi­tos, conjuntivi­tis, rinitis, ronquera y pérdida de olfato, dolo­res articulares, empeoramiento de cuadros ya preexistentes de asma o epilepsia, y exacerbación del apetito, con el lógico aumento de peso. En algunas mujeres se produce una menor afinidad de los receptores de la insulina, por lo cual se ha observado una eleva­ción de la glucosa en la sangre. Asi­mismo, en algunos casos de muje­res con ligadura de trompas por de­ficiencia de riego vascular en los ovarios se han producido desequili­brios hormonales que posterior­mente han desencadenado el sín­drome premenstrual.
Si bien el conocimiento científico del síndrome pre­menstrual se inicia -como ya hemos apuntado más arriba-en 1931, su aceptación definitiva como un cuadro clínico merecedor de atención médica es bastante más reciente y, en gran medida, se debe al mayor reconocimiento del papel social que la mujer ha adquirido en los últimos años.
SINTOMAS PSIQUICOS
·         Irritabilidad
·         Ansiedad
·         Cambios bruscos de humor
·         Pérdida de memoria
·         Conducta agresiva
·         Somnolencia
·         Desinterés por el trabajo
·         Incomunicación
·         Depresión.

Causas confusas
Todo esto ha permitido que un buen número de investigadores se ocupara del estudio de las posibles causas de este síndrome, que no se conocen todavía con demasiada certeza, aunque, por supuesto, se han pos­tulado muchas, a menudo difíciles de demostrar.
Para algunos autores se debe a un desequilibrio estrógeno - progesterona originada por un incremen­to de los estrógenos o por una defi­ciencia de progesterona en la se­gunda mitad del ciclo. Por este mo­tivo, aunque la observación clínica y citológica, así como las dosifi­caciones hormonales, arrojan re­sultados contradictorios, todavía hoy se utiliza frecuentemente a modo de prueba la te­rapia gestagénica.
También se ha atribuido a una deficiencia vitamínica; según Biskinds, una carencia de vitaminas del grupo B po­dría ser la responsable de al­teraciones en el metabolis­mo estrogénico. Pero tampo­co esta hipótesis se ha podi­do demostrar.
Otros autores, como Gerber, sugieren que el síndro­me podría ser debido a una reacción alérgica frente a hormonas endógenas, ya que se ha podido comprobar experimentalmente que el suero pre­menstrual desencadena en algunas mujeres con este trastorno una urticaria que no aparece en otras mujeres normales.
Para otros, el síndrome podría estar asociado a un exceso de pro­ducción de otra hormona denomi­nada "prolactina", puesto que se ha observado que ésta aumenta de manera significativa en fases próxi­mas a la ovulación y permanece en niveles más elevados a partir de ese momento.
Nuevas perspectivas
La aparición de dos nue­vos péptidos del lóbulo intermedio de la hipófisis, Alfa-MSH y Beta-endorfinas, que actuarían como neurotransmisores y neuro moduladores capaces de regular la li­beración de hormonas hipofisarias, ha abierto nuevas vías para la   com­presión del síndrome premenstrual. Por úl­timo, también se ha con­siderado que una deficien­cia de prostaglandina. Ejemplo en el sistema nervioso central podría contribuir a la apari­ción de este síndrome. Para llevar a cabo un tratamien­to correcto es necesario que se ha­ya realizado previamente un diag­nóstico certero. Debe considerarse también la etiología estudio de las causas de la enfermedad- y, por supuesto, el estado físico y psíqui­co de la mujer.
En la actualidad se prefiere co­menzar el tratamiento con fárma­cos "simples" y utilizar los "com­plejos" únicamente cuando son ne­cesarios para el control de los sín­tomas. Aunque se ha probado el uso de progesterona, los anticon­ceptivos orales no parecen tener eficacia, y sus contraindicaciones pueden entrañar riesgos. También se han propuesto sustancias como la bromocriptina, el danazol o el aceite encapsulado de Oenothera Bíennis Efamol, precursor de algu­nas prostaglandinas.
Alivio natural
Cada Vez tiene mayor acepta­ción el uso de sustancias naturales como la mencionada, asociadas a nutrientes con vitaminas -sobre todo del complejo B-, minerales, oligoelementos y aminoácidos esenciales de fácil absorción.
La microalga spiwlina supone, a este respecto, un aporte excepcio­nal de dichos elementos. Además, no tiene efectos secundarios ni contraindicaciones y, de ser necesario, es compatible con cualquier otro tratamiento médico. Sea como sea, estos tratamientos no deben relegar la atención psicológica y hu­mana, fundamental para el correc­to desarrollo de la terapia.

Referencia: Dr. Huescar Ramos .Ginecólogo

EL PALUDISMO. PERCY ZAPATA MENDO.

PALUDISMO
Los estragos de la malaria han pasado desapercibidos para la comunidad interna­cional hasta el momento en que los turistas se empeza­ron a entusiasmar por el   exotismo de países africa­nos, asiáticos y de América del Sur, donde la enfermedad tiene un alto índice de mortalidad. Pero si estos destinos pueden llegar a convertir­se en una trampa mortal para el viajero, mayor aun de no adoptar­se medidas preventivas- es el peli­gro que sufren las poblaciones que habitan estas zonas endémicas y que están expuestas a la enfermedad a lo largo de toda su vida.
Datos aterradores
La malaria sigue siendo el terri­ble azote que aniquila a las pobla­ciones del Tercer Mundo y, por tan­to, objetivo prioritario de la Organi­zación Mundial de la Salud (OMS), que registra datos escalofriantes. El sur del Sahara africano padece el 80 por ciento de los casos de ma­laria que existen en el mundo: más de cien millones de enfermos de malaria y más de un millón de muertes al año.

En algunos países endémicos de Asia y América del Sur, hubo un in­tento de erradicación hace unos 30-45 años. Hoy, la malaria renace allí con ímpetu. Se registran unos cinco millones de casos al año, el 80 por ciento de los cuales se con­centran en Asia, donde, con excep­ción de China, la situación ha ido empeorando, sobre todo en Indo­nesia, debido a la resistencia del parásito a los fármacos que se han utilizado tradicionalmente.


Aunque la mayoría de las pobla­ciones de Asia y América del Sur viven, en la actualidad, en áreas en las que el riesgo de malaria es rela­tivamente bajo, éste aumenta en las regiones fronterizas, donde se producen movimientos migratorios de la población más desfavorecida y se carece de una infraestructura sanitaria, así como en países afec­tados por conflictos sociales, como es el caso de Afganistán y Camboya, donde, de otro modo, la mala­ria estaría bajo control.


Picadura fulminante
El mosquito anofeles transmite una familia de parásitos del género plasmodium, que incluye las cuatro especies de protozoos de la mala­ria: falciparum, vivax, ovale y malariae. El Plasmodium falciparum es el más peligroso, no sólo porque se manifiesta con una sintomatología más grave, sino por haber conse­guido desarrollar también una re­sistencia a los antipalúdicos habitualmente utilizados. Es capaz de sobrevivir en cualquier lugar donde exista agua estancada: en charcas, en las huellas del ganado y en todo tipo de zonas húmedas. También es fácil encontrarlo en contenedo­res de basura, arrozales, acequias y alcantarillas abiertas.
Sólo la hembra pica al hombre y transmite la malaria. Lo hace cuan­do oscurece, y la víctima, con toda probabilidad, no sentirá su presen­cia, pues, al mismo tiempo que pi­ca, inyecta unas gotas de saliva que actúan como anestésico. Es justa­mente esta saliva la que contiene cientos de parásitos microscópicos que se han multiplicado en el in­testino del insecto durante dos se­manas desde que hubo picado a otra víctima infectada por malaria.
Los Plasmodium introducidos se "esconden" directamente en el hí­gado de la víctima, donde crecen durante dos o tres semanas, sin que ésta repare en su presencia. Al final del período de incubación, las células infectadas del hígado se rompen y liberan un importante nú­mero de parásitos en la sangre que invaden los glóbulos rojos. En ese momento tiene lugar la fiebre típi­ca de la malaria. Tras un par de días, éstos estallan de nuevo, libe­rando a su vez más parásitos en la sangre, y así sucesivamente, pro­duciendo fiebre de forma cíclica.
Si entonces otro mosquito "sa­no" succiona sangre de la persona infectada, se contagia y convierte en transmisor de la enfermedad. El parásito se reproduce tan rápida­mente que acaba obstruyendo los capilares cerebrales y, de este modo, desencadena la fase más grave de la enfermedad.
Pero, la malaria no siempre se presenta con la misma severidad, depende de la especie del parásito y del grado de inmunidad de la per­sona infectada. Las poblaciones repetidamente expuestas a la enfer­medad suelen desarrollar, con el tiempo, cierta inmunidad. Las con­secuencias de la malaria pueden ser mortales cuando no ha habido aún un primer contacto con la en­fermedad y no se ha adquirido, por tanto, una inmunidad previa.
Por esta razón, en África, zona fuertemente endémica, existe una gran mortalidad infantil producida por la malaria -uno de cada 20 niños de entre seis meses y cua­tro-. Después de este contacto con la malaria, y hasta los 15 o 20 años, la enfermedad no ataca con tanta virulencia como para provo­car la muerte. A partir de esta edad, el hombre puede ser portador de los parásitos sin padecer sus sínto­mas. Por tanto, las poblaciones de estas zonas endémicas son suscep­tibles de reinfectarse más de una vez y, ocasionalmente, morir.
Este primer contacto con la ma­laria es el peligro al que están ex­puestos los viajeros que, además, están más indefensos. Una sola pi­cadura, durante una corta estancia de pocas horas a las áreas endémi­cas, basta para infectarse. El riesgo aumenta en los medios rurales, aunque también puede ocurrir en los arrabales de las ciu­dades. Si el viajero sufre la desa­fortunada picadura del mosquito al final de su viaje, es frecuente que los síntomas aparezcan varias se­manas después de haber regresa­do a su país de origen.
La historia de la lucha contra la malaria ha demostrado que las epi­demias más significativas han ocu­rrido en países en los que, una vez erradicada la enfermedad, ésta rea­parece con mayor virulencia ata­cando a estas poblaciones que han perdido la inmunidad y en las que, igualmente, han caído en desuso los métodos de prevención.
Enfermedad de importación y exportación.
La malaria ha experimentado un resurgimiento en Europa -9.000 casos el pasado año- de la mano de los viajeros que regresan de las áreas palúdicas. El peligro de las zonas en las que la malaria no tiene una gran inciden­cia es la dificultad que puede exis­tir a la hora de reconocer sus sínto­mas, que llegan, incluso, a confun­dirse con los de una gripe.
Los primeros pasos para erra­dicar la malaria se dieron con el uso masivo del insecticida DDT. En realidad, esta medida nunca fue viable. Las limitaciones presupues­tarias, la inestabilidad política y la resistencia al insecticida, no sólo hicieron perder la batalla, sino que, además, propiciaron el desarrollo del parásito, perfectamente capaci­tado para aprovechar las condicio­nes ambientales favorables. Desde aquel primer intento, los esfuerzos se centraron en controlar la morbi­lidad, sin que los resultados sean demasiado halagüeños.
Sin haber desaparecido de la faz de la Tierra, la malaria ha movilizado muchos esfuerzos científicos, y ac­tualmente se dispone de recursos para salvar a los enfermos o evitar el contagio allí donde alcanza su radio de acción sanitaria.

Si durante décadas el freno fue la cloroquina, el parásito empezó a demostrar su habilidad para adaptarse a las nuevas drogas en 1960, cuando la aquélla empezó a perder su fuerza. En la actualidad, la resis­tencia es del orden del 80 por cien­to en algunos países de Asia, del 40 al 50 por ciento en muchos paí­ses de África, y entre el 40 y 80 por ciento en algunas regiones de Amé­rica del Sur.
Desde que se averiguó que la cloroquina resultaba insuficiente, se han investigado otros fármacos con objeto de tratar la malaria: sulfadoxina-pirimetamina (Fansidar®), en los años 70; mefloquina (Lariam®), en los 80; y en los 90, halofantrine (Halfan®).
Parásitos más resistentes
A pesar de todos los esfuerzos científicos, el parásito -como ocu­rre con los seres humanos- no se da por vencido y lucha por su su­pervivencia, habituándose a los nuevos fármacos tan deprisa como éstos se desarrollan. Adquiere su resistencia cuando tropieza con un fármaco que no es lo suficiente­mente potente para aniquilarlo. Esto ocurre cuando la persona que se halla en peligro de ser infectada abandona el tratamiento profilácti­co o cuando los fármacos se utili­zan indiscriminadamente.
Aunque la eficacia de la profila­xis, o prevención, no es ni mucho menos total, sí consigue mitigar la gravedad de la enfermedad en caso de contraerla.
No obstante, existen estrategias conjuntas para controlar al mosqui­to y llevar a cabo una protección in­dividual o colectiva: pulverizar las casas con insecticidas, protegerse con ropa, utilizar repelentes, colo­car mallas protectoras en las venta­nas de las casas y protegerse en la cama con mosquiteras impregna­das con insecticidas que conten­gan piretoides.

Un horizonte esperanzador
Lo más novedoso, la esperanza más reciente, en la lucha contra la malaria en las zonas endémicas ha venido de Colombia. Se trata de la vacuna desarrollada por el profesor Manuel Elkin Patarroyo, denominada SPf66, que constituye la primera vacuna obtenida por sín­tesis química y la primera también contra la malaria. Es éste un descu­brimiento crucial que ha tenido una destacable colaboración de los científicos españoles del CSIC, Car­los Alonso, Manuel Carlos López y Pedro Alonso. Los resultados de esta primera vacuna demuestran que tiene una protección entre el 40 y el 77 por ciento.
Las medidas profilácticas y los métodos para evitar la picadura del mosquito son las únicas alternati­vas que sigue teniendo el viajero, puesto que la vacuna del profesor Patarroyo no es compatible con la falta de inmunidad que padece el viajero.
No obstante, quizá en un futuro no muy lejano estén disponibles las llamadas vacunas preeritrocíticas, que actualmente está investi­gando el ejército americano. Estas vacunas, que son de corta dura­ción y requieren una revacunación cada seis meses, atacan a la mala­ria en la primera fase e impiden, de este modo, la instauración de la en­fermedad en el ser humano.

Referencia: Susana Ruiz – Capillas

OTITIS. PERCY ZAPATA MENDO.

OTITIS
La otitis media es una in­flamación del oído medio producida por diferentes microbios. Casi  siempre va precedida de una infección de las vías res­piratorias altas, como cata­rros, faringo amigdalitis y rinitis, entre otras, que, al producir edema -hinchazón de los te­jidos faríngeos-, obstruye la desembocadura de la denominada "trompa de Eusta­quio". Las secreciones y el material de desecho, junto con microbios que se multi­plican en ese "caldo", se acu­mulan en el oído medio y lle­gan, incluso, a producir pus.
Algunos misterios
Pese a ser una enferme­dad tan común, se descono­cen muchas cosas acerca de ella, no se sabe, por ejem­plo, por qué hay niños que sufren episodios repetidos de la enfermedad. Algunos tienen malformaciones co­mo fisuras en el paladar, pero en la mayoría no se encuentra ninguna alteración. Un lactante que padece una otitis media en los primeros seis meses de vida tiene mu­chas posibilidades de pade­cer otros episodios. Algunos niños con alergias respirato­rias padecen también otitis con mayor frecuencia.
Está demostrado que los lactantes alimentados con leche materna padecen me­nos otitis que los que toman biberón. Esta circunstancia pa­rece obedecer a dos facto­res: la presencia, en la leche materna, de di­versas sustancias ca­paces de proteger al niño frente a las in­fecciones, y la posi­ción que se adopta cuando se alimenta al niño, que, en el caso del biberón, fa­cilita el paso del ali­mento hacia la trompa de Eus­taquio, alteran­do su funcionamiento.
Los niños que asisten al jardín padecen otitis me­dia con más frecuencia que los que no lo hacen, pues las posibilidades de contagio entre ellos en una habitación cerrada y con la sola presencia de un enfermo, basta para que prolifere sin barreras el contagio, y al tener más infecciones respi­ratorias altas, hay mayor  predispo­sición a la otitis.
La otitis media aguda se manifiesta de forma diferen­te según la edad del niño. En los lactantes, el diagnóstico puede ser difícil, ya que, con frecuencia, no hay síntomas que permitan localizar la en­fermedad. Así, el niño puede tener fiebre más o menos in­tensa, intranquilidad, llanto persistente o intermitente -que puede aumentar con la toma del alimento e incapacidad para conciliar el sueño. En ocasio­nes, el niño, mien­tras llora, agita la ca­beza con movimien­tos laterales, lo que constituye una pista muy valiosa. Otras veces, por el contrario, los síntomas más llamativos no parecen guardar ninguna relación con el aparato auditivo; es el ca­so de los vómitos y la dia­rrea. Esto es debido al dese­quilibrio que la infección pro­duce en todo el organismo. La reacción del niño presio­nándose con el dedo la en­trada del conducto auditivo externo, para desencadenar dolor, puede ayudar al diag­nóstico, pero, a veces, es és­te un signo difícil de valorar. Si la infección progresa, se produce perforación del tímpano. En este caso, el pus acumulado en el oído medio puede salir, a través de la perforación, hacia el exterior y hacerse visible. No es infrecuente que la ruptura del tím­pano, al aliviar la presión en el oído medio, se acompañe de una disminución del dolor y de una mejoría del estado general del niño.
Latidos y pinchazos
Los niños mayores, al principio de la infección, pueden quejarse de una "sensación de ocupación del oído" y "audición amortigua­da". A medida que la enfer­medad avanza, aparecen dolor y sordera. Cuando el niño es lo suficientemente mayor, el dolor se describe como "pinchazos" o "latidos dolorosos" que son sincró­nicos con el pulso. En estos niños pueden fal­tar la fiebre y otros síntomas generales.
La otitis media infantil puede presentar complica­ciones importantes, por lo que siempre requiere cuida­dos médicos. Los padres pueden calmar el dolor con calor local seco -paños ca­lientes- o analgésicos. Es im­portante no poner gotas óti­cas en el oído, ya que esto puede dificultar o imposibili­tar la visualización de la membrana del tímpano.
Cura de antibióticos
El tratamiento se realiza con antibióticos y dura entre 10 y 14 días. En general, se aprecia una mejoría evidente a las 24 – 48 horas; el dolor, la fiebre y los demás síntomas desaparecen o disminuyen. Si esto no ocurre, puede ser necesario cambiar el trata­miento antibiótico o practicar una pequeña incisión en el tímpano para permitir la sali­da del pus. Por tanto, es im­portante que el niño sea con­trolado por el médico a las 72 horas y también después del tratamiento, a fin de veri­ficar tanto la mejoría como la curación definitiva.
Con la otitis media, algu­nos niños, aun cuando el tra­tamiento haya sido eficaz, pueden quejarse de sordera durante algunos días o sema­nas después. Esto se debe a que en el oído medio queda una pequeña cantidad de lí­quido, ya sin infección, que puede entorpecer la conduc­ción del impulso auditivo, y que en la mayoría de los casos desaparece espontá­neamente, sin necesidad de tratamiento. De no ser así, debe recurrirse a la ayuda de un especialista.
CASOS CRONICOS
Un problema parti­cularmente importante es el de los niños con episo­dios frecuentes de otitis. Algunos de ellos tienen alergias respiratorias o disminución de la capaci­dad para defenderse de las infecciones, pero en la mayoría no se encuentra ninguna causa. A veces, el retirar temporalmente al niño del jardín  puede ayudar a resolver el pro­blema, al disminuir sus in­fecciones respiratorias. En otros casos, el pequeño puede beneficiarse de un tratamiento antibiótico diario, durante los meses de invierno, período en el que esta enfermedad es más frecuente. En todo ca­so, dado el impacto que la sordera puede tener en el desarrollo psicomotor del niño, la atención continua del médico es esencial en la otitis recu­rrente o crónica.
ESTRUCTURA DEL OIDO
Para comprender mejor el mecanismo de la audición conviene conocer las distin­tas partes que conforman el aparato auditivo: oído exter­no, medio e interno.
El oído externo está for­mado por el pabellón auricu­lar y el conducto auditivo ex­terno. El oído medio es una especie de cavidad que co­necta, por un lado, con el conducto auditivo externo y, por el otro, con el oído interno. Pero la conexión no es completa: en medio se sitúa una membrana, el tímpano, desde el cual parte una es­pecie de cadena formada por cuatro huesos diminutos que llegan hasta el oído in­terno. Del oído medio parte, igualmente, la denominada "trompa de Eustaquio", un tubo de calibre muy fino que llega hasta la nasofaringe zona donde se unen la cavidad nasal y La faringe; por este tubo fluyen, hasta lle­gar a la mencionada faringe, las secreciones y los mate­riales de desecho del oído medio. Cuando este órgano se obstruye, el oído medio se llena de secreciones.
La audición tiene lugar al llegar las ondas sonoras al tímpano, donde producen una vibración que se transmite por la cadena de hue­sos pequeños hasta el oído interno. Desde ahí van al ce­rebro, donde son "interpre­tadas" y producen la sensa­ción de sonido. Las secre­ciones estancadas en el oído medio pueden entorpecer el movimiento de los huesos y, portante, la audición.

Referencia: Colaboración del Departamento de Pediatría del Hospital Doce de Octubre.

LOS RIESGOS DE LA HIPERTENSION. PERCY ZAPATA MENDO.

LOS RIESGOS DE LA HIPERTENSIÓN
El objetivo que persigue el presente artículo es intentar poner las cosas en su sitio y eliminar di­versos mitos que sólo sirven para amargar la vida a un buen número de ciudada­nos sin ninguna justificación. La hipertensión arterial puede definirse como la elevación de las cifras de pre­sión de la sangre dentro de las arterias por encima de unos valores límite convencionalmente establecidos -140/90 mmHg por lo gene­ral-. En circunstancias nor­males, estas cifras vienen de­terminadas, sobre todo, por la fuerza de la propia sangre al llegar a la aorta procedente del corazón y por la resisten­cia que la arteria ofrece al paso de la sangre por su in­terior. En su regulación inter­vienen, además, factores de muy diversa índole; entre ellos, el estado del corazón, el de los riñones y numero­sas hormonas.
Las cifras normales de tensión arterial varían de unas personas a otras, así como en una misma persona según las horas del día, el tipo de actividad o el grado de estrés a que esté someti­da. Por ello, sólo se puede hablar de hipertensión cuan­do la elevación de dichas cifras sobre los límites consi­derados normales se obtiene de manera repetida y en condiciones de reposo y ayuno.
Más años, más tensión
Con el envejecimiento se produce una elevación pro­gresiva de las cifras tensionales, tanto de la máxima -sistólica- como de la mínima -diastólica-, si bien esta últi­ma elevación tiende a esta­bilizarse en torno a los 50 años. Por ello, puede haber hipertensos sistólicos -aque­llos que sólo tienen la máxi­ma por encima de los valores normales- y sistodiastólicos - los que tienen las dos-.
Las causas de la hiperten­sión pueden ser múltiples, pero en una gran mayoría de los casos no llegan a cono­cerse, situación que se deno­mina "hipertensión esen­cial". Por encima de los 65 años, entre un 40 y un 50 por ciento de la población puede ser hipertensa, proporción que es más elevada en las mujeres que en los hombres. Básicamente, el anciano hipertenso está sometido a los mismos riesgos que el hi­pertenso más joven.
Deterioro orgánico
La hipertensión arterial es una enfermedad que puede causar problemas cardíacos -crecimiento del corazón, en­fermedad coronaria, arrit­mias o insuficiencia cardía­ca-, cerebrales -hemorra­gias- y renales -deterioro funcional-. También puede afectar a la retina y a las arte­rias de las extremidades.
Estas alteraciones serán tanto más probables cuanto más prolongada sea la histo­ria de la enfermedad, más se­vera la hipertensión- cifras muy por encima de lo nor­mal-, o cuando coexista con otros factores de riesgo- dia­betes, tabaco y aumento del colesterol, principalmente-.
Lo primero que debe ase­gurarse es el diagnóstico. Tan importante y negativo puede ser ignorar la enferme­dad, como diagnosticar de hi­pertenso a alguien que no lo es sobre la base de una de­terminación aislada o realiza­da muchas veces de forma incorrecta. Por eso, es fun­damental aquí el papel del médico, y nunca debe consi­derarse suficiente la autolectura ocasional o la efectuada en esos aparatos que tanto proliferan por nuestras far­macias. Además, en las per­sonas mayores es relativa­mente común la "pseudo hipertensión": la falsa lectura elevada de las cifras tensionales debida a una dureza excesiva de la pared arterial.
Enfermedad tratable
Por otro lado, es también importante tener claro que el diagnostico de hipertensión no supone una condena a muerte ni un estigma que deba apartar demasiado a nadie de lo que es su vida ha­bitual. Afrontar la cuestión sin angustia, con el conven­cimiento de que estamos an­te una enfermedad tratable, y con la que se puede convi­vir de forma razonable, supone un paso decisivo en lo que se refiere a la calidad de la vida futura del hipertenso.
Otro aspecto de mucho inte­rés es el relativo a sus manifesta­ciones. Con excesi­va frecuencia suelen achacarse a la tensión arterial síntomas o moles­tias que no tienen nada que ver con ella. También aquí hay que echar por tierra algu­nos mitos. En realidad, la hipertensión es una enferme­dad prácticamente asintomática, que, en la inmensa ma­yoría de los casos, no tiene ninguna manifestación, salvo las directamente atribuibles a las complicaciones que pueda producir.
Factores de riesgo
Es fundamental controlar los posibles factores de ries­go asociados que pueden fa­cilitar la aparición de las complicaciones hipertensivas: dejar el tabaco, perder peso si es necesario y modifi­car algunos hábitos de vida relativos al tipo de alimenta­ción o al ejercicio físico. Por otro lado, adoptando estas medidas, se controlan, sin necesi­dad de nin­gún fárma­co, entre un 20 y un 40 por ciento aproxima­damente de las hi­pertensio­nes que pa­decen las personas ancianas. Ninguna hipertensión es refractaria a un tratamiento adecuado. El convencimien­to de que, hoy en día, se dis­pone de medidas más que suficientes para poder con­trolar la enfermedad repre­senta otro motivo importante de tranquilidad para el pa­ciente hipertenso. Los medi­camentos anti hipertensivos son múltiples, actúan por mecanismos muy diferentes y, en muchos casos, incorpo­ran también otras acciones  positivas sobre alguna  de las complicaciones de la propia enfermedad o sobre otros procesos que pudieran coexistir.
La elección de uno u otro es una tarea que correspon­de al médico, y que debe ser siempre muy personalizada y ajustarse a las característi­cas individuales de cada uno. Por ello, hay que huir de las recetas globales o de las recomendaciones bienin­tencionadas, pero no exen­tas de riesgos, de conocidos o amigos. Lo que es bueno para uno puede no serlo pa­ra otro, ya que estamos ante unos fármacos que, junto a sus efectos positivos, pue­den tener también sus con­traindicaciones.
No obstante, en lo que se refiere al tratamiento, hay que subrayar que la hiper­tensión es una enfermedad crónica y, en ese sentido, uno nunca puede desenten­derse totalmente de ella. Ello no quiere decir que se deba vivir obsesionado por unas cifras. Tal vez uno de los mayores daños de la en­fermedad sea la angustia que genera por este camino en muchas personas, angus­tia que, a su vez, determina una falsa elevación de los valores tensionales. La asidui­dad con la que se debe con­trolar cada persona será establecida por el propio médico.
En resumen, la hiperten­sión arterial es una enferme­dad frecuente entre la pobla­ción anciana, que puede originar determinado tipo de complicaciones, por lo que resulta fundamental saber, a través de un diagnóstico riguroso, si uno la padece de ver­dad o no. Sin embargo, no origina prácticamente ninguna molestia, puede controlar­se en un alto porcentaje de casos con medidas muy simples, y cuando ello no es así responde siempre al trata­miento farmacológico. Así pues, no debe ser un padecimiento que atormente a quien lo padece, aunque eso sí, exige una supervisión profesional continua.

Referencia: Dr. José Manuel Rivera Casado, Jefe del Servicio de Geriatría del Hospital Universitario San Carlos, Madrid.