LA MEDICINA EN EL ANTIGUO EGIPTO. PERCY ZAPATA MENDO.

LA MEDICINA EN EL ANTIGUO EGIPTO

Hace cincuenta si­glos floreció en el Oriente Próximo una de las más bri­llantes civilizaciones de la historia de la Huma­nidad. En las orillas del Nilo, se desarrollaría durante casi tres mil años -entre el 2900 y el 30 a. J. C- la más durade­ra, variada y profunda de las culturas de la Antigüedad.
En gran medida, lo que hoy sabemos de la medicina del Antiguo Egipto procede de los papiros médicos y de las inscripciones y objetos de monumentos funerarios, templos y tumbas.
El papiro de Ebers
De todos los papiros co­nocidos hasta la fecha, el en­contrado por J. Ebers en 1871 en una tumba en Tebas es el que contienen una in­formación más rica. Está fechado en el noveno año del reinado de Amenofis I -hacia el 1536 a. J. C- y comprende casi novecientas entradas distribuidas en 110 columnas. En un hermoso y uniforme tipo de letra se describen remedios para enfer­medades de ojos y oídos, pa­ra quemaduras y heridas infectada, tratamientos para enfermedades del corazón y del intestino, cuidados y tratamientos ginecológicos, re­medios para úlceras de la en­cías, para el resfriado y enfermedades pulmonares, etc. Incluye, además, excelentes descripciones clínicas, como la de la angina de pecho o la jaqueca, y refiere la utilidad de plantas y sustancias medicinales como el láudano, la digital, el tomillo, el sen, el aceite de ricino o la trementina, que aún figuran en la far­macopea moderna.
Por el papiro de Ebers sa­bemos que en el Antiguo Egipto había tres tipos de «médicos capacitados para tomar el pulso»: los magos, los médicos laicos y los sa­cerdotes de Sekhmet, diosa de la salud y la misericordia. Quizá esa diferencia en los tipos de "sanadores" viniera dada por la concepción de las distintas clases de enfer­medades: los magos habrían utilizado conjuros y ritos mágicos ante enfermedades de causa "diabólica"; los médicos laicos tratarían las enfermedades naturales, y los sacerdotes de Sekhmet se habrían ocupado de las enfermedades derivadas del "castigo de los dioses".

El libro de las heridas
El otro gran papiro desde él punto de vista médico es el Papiro Smith. Hallado tam­bién en una tumba de Tebas, y escrito hacia el año 1550 a. J. C, contiene el llamado "Libro de las heridas". En él se hace una precisa descrip­ción de heridas traumáticas del cráneo -aunque los médicos egipcios debí­an conocer la técnica de la trepanación no la habrían practicado más que muy excepcionalmente- y de trau­matismos del cuello, tórax, hombros y co­lumna vertebral. Deta­lla técnicas para reducir frac­turas y luxaciones, algunas de ellas válidas hoy, y siste­mas de vendaje y entablillamiento. En este papiro se indica sobre qué bases podía fundarse un pronóstico y decidir la actitud que había que seguir; traumatismos que debían ser tratados siem­pre, y casos ante los que nada podía hacerse. Asimis­mo, incluye varios capítulos dedicados a enfermedades ginecológicas y una fórmula magistral para enfermedades del recto y del ano. Finalmen­te, el Papiro Smith hace una referencia al ''Libro de los vendajes escrito para embalsamadores", pero sin detallar la técnica de conservación de cadáveres, tal vez porque la parte del mismo dedicada a ella se perdiera.
Las ideas de muerte y de supervivencia después de aquélla fueron algo casi obsesivo en aquel admirable pueblo, y en torno a ambas se creó todo un entramado legendario, religioso, artísti­co y médico.
Existirían dos almas: el "ka" espíritu guardián, que como algo externo sostenía a su protegido antes y después de la muerte, y el "ba" alma genuina, que también nece­sitaba el soporte corporal para sobrevivir, disolviéndo­se si el cuerpo se descompo­nía. Era, pues, necesario con­servar el Cuerpo, evitando su corrupción y manteniendo un parecido, con el vivo que permitiera al "ka" y al "ba" reconocerlo y morar en él.
El último viaje
El embalsamamiento com­prendía un conjunto de técni­cas que debieron evolucio­nar a lo largo de las épocas. En personas distinguidas y en los momentos de más perfección, debía llevarse a cabo por un médico sacerdo­te, siguiendo varias etapas: el cadáver era trasladado a la llamada "Cabaña de Dios", donde se lavaba cuidadosa­mente para, acto seguido, extraerle las vísceras. El cráneo era vaciado por la nariz o por el agujero occipital con un alambre  curvado en su punta.
 Mientras los sacer­dotes oraban, un “paraquista” practicaba una incisión en el costado derecho con un cuchillo de piedra afilada, y otra en el abdomen. Por ellas extraían los pulmones, los intestinos y las demás vísceras, dejando el corazón y los riñones. Las vísceras eran lavadas y vendadas, y se guardaban en cuatro recipientes o vasos canópicos qué solían colo­carse entre las piernas del cadáver al final del proceso.
Las cavidades torácicas abdominales eran lavadas con vino de palma y rellenadas con sustancias aromáticas. Las incisiones se saturaban, y el cuerpo se sumergía en una pila llena de una disolu­ción de carbonato sódico. Allí se dejaba sesenta días, al cabo de los cuales el cadá­ver quedaba como un esque­leto recubierto por una piel amarillenta.
Para mejorar su parecido con el vivo, la boca se relle­naba con lienzo y carbonato sódico en polvo, el tórax y el abdomen se llenaban con serrín y sustancias aromá­ticas, y bajo la piel de los miembros se ponía arena o barro. Las incisiones se suturaban o sellaban con resina fundida, y los orificios de la boca, la nariz, los oídos y los ojos se taponaban con cera fundida; a continuación, la piel era untada con aceite de cedro y resinas aromáticas. Finalmente, los sacerdotes embalsamadores juntaban las piernas del cadáver, cru­zaban sus brazos sobre el pe­cho y lo envolvían con largas vendas impregnadas en go­ma arábiga y betún según una depurada técnica.
El destino que seguiría la momia a partir de ese mo­mento probablemente cons­tituiría "toda una historia".
Referencia: Santiago Prieto

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