jueves, 20 de septiembre de 2012

¿VIVEZA CRIOLLA, SINDROME DE MUNCHAUSEN O SOCIOPATÍA?. PERCY ZAPATA MENDO.

¿VIVEZA CRIOLLA, SINDROME DE MUNCHAUSEN O SOCIOPATÍA?

Una amiga y vecina mía acudió a mi consultorio hoy por la mañana un tanto alarmada, el motivo: es que le perturbaba el comportamiento de cierta conocida suya, a quien dicho sea de paso,  conocía yo igualmente desde hace algunos años atrás. No está en mi política entrometerme en cuestiones banales o ser partícipe de chismes de barrio; pero dada la auténtica preocupación que mostró esta señora de la que tengo el mejor de los conceptos, es que me propuse a escucharla y brindarle algunas luces en basándome en mi profesión, y tal vez, en alguna que otras vivencia personal, ya saben: “Más sabe el Diablo por viejo, que por Diablo”…no puedo jactarme de haber vivido intensamente mi vida, pero la he vivido por medio de otros a través de las cientos de charlas que tuve que escuchar profesionalmente. La temática de su conversación fue la siguiente: le desconcertaba a cuánto puede llegar una persona para alcanzar sus objetivos y si el proceder así es algo habitual en el común de las personas…ello no está mal si el esfuerzo de superación de alguien para la consecución de sus metas lo haga dentro de las reglas y valores pre-establecidos en nuestra sociedad, y… ya me desvié del tema nuevamente: el hecho es que la joven “Y” – no es que sus nombres o iniciales de dicha persona empiecen con dicha letra, sólo elegí esa letra como cualquier otra, podría haber puesto “X”, “Z”, “S”, etc., pero se me antojó “Y” – despierta en mi pequeña localidad una serie de sentimientos encontrados, pues en un sector de esta población genera piedad, compasión; en la otra, rechazo, repulsión, odio…¡vaya que despierta pasiones antagónicas esta chica!.
Y las razones estriban en que “Y” se da la maña suficiente para lograr incitar pena al presentarse como una abnegada madre soltera, que requiere de apoyo económico para el bienestar del producto de sus entrañas – entiéndase que es madre -, que es incomprendida por su familia y parientes, que ha sido reiteradamente engañada por los hombres, especialmente por uno a quien la sociedad no se imagina de lo que es capaz y que la hizo sufrir hasta lo indecible… por otra parte, reconstruyendo su historial familiar y personal, es que esta muchacha desde pequeña supo manipular a sus padres, quienes jamás pudieron establecer en ella principios de autoridad, de respeto, de amor, y confundieron el cumplirle todos sus caprichos con cariño; fue una díscola escolar, integrante de pandillas en la adolescencia, y lo que parecería como algo típico y una señal de “llamada de atención” en la adolescencia, no paró hasta la venta de estupefacientes, robo a domicilio y consumo de heroína y alcohol en cantidades casi industriales. Tal vez se podría achacar ligeramente a que la culpa recae exclusivamente en los padres, no obstante, aun de niña mostró ciertas tendencias sádicas: picaba los ojos de los sapos que cazaba en los cañaverales con una aguja de zapatero; rompía el ala de un ave y la exponía a los jugueteos de uno o varios gatos, con el sólo objeto de reírse al ver la desesperación de la avecilla por querer huir con el ala lastimada; o capturar algunos de los felinos caseros de sus vecinos, meterlos a un saco de yute y ahogarlos en tinas con agua o keroseno, y ocasionalmente, comer su carne con sus demás compinches de vicios en alguna casa donde los padres estaban de viaje. Cuando tuvo a su bebé, éste siempre solía – y suele – estar enfermo, a pesar que nació saludable, acudía a los médicos y se mostraba como una amorosa madre que velaba por la salud del menor a los primeros síntomas; con el tiempo, las enfermedades ocasionales y de rápida resolución ya no fueron suficientes, y aparecieron además, para desgracia del nene, contusiones que podrían achacarse a la inquietud de un típico pequeñín que explora su mundo, pero los moretones repetidos en el cuerpecillo del rorro llamaron un tanto la atención, sin embargo, las sospechas de los galenos de turno se desvanecían cuando veían el rostro compungido de la madre con los ojos lacrimosos. Tuvo y tiene múltiples romances, es como una langosta, cuando los recursos económicos del potencial candidato a pareja estable quedan mermados, inmediatamente es descartado e inicia la búsqueda de una nueva relación. Vuelve a presentarse como madre soltera incomprendida y con deseos de amar y ser amada, y acompañan a sus argumentos con una riada de llanto fácil, que conmueven aún a quien la conoce, al extremo que lo que saben de ella, es inmediatamente olvidado y su proceder justificado.
Tiene una enorme capacidad para torcer la verdad a su conveniencia; se encuentra socialmente “muy relacionada” por asistir a cuanta fiesta o evento social se celebra en la localidad, olvidándose del cuidado del “fruto de su amor”.
No hace mucho ha tenido un pleito callejero del cual no ha salido bien parada, pero trastocó la realidad y la tornó en una versión novelesca, las lesiones fruto de la riña la convirtió en un problema de salud, y dado que cuenta entre sus “amigos” a un colega, está viendo tornar las huellas de la gresca en un diagnostico con el cual obtener la piedad colectiva: por las primeras versiones que tentativamente está haciendo circular, padece supuestamente de una neoplasia – entiéndase cáncer -, y ya estoy viendo rostros compungidos de piadosos vecinos que piensan acudir a un medio televisivo para realizar una teletón…y seguramente llegarán a realizar este evento, y una vez logrado recaudar el monto que lleguen a fijar y dado a “Y” para su tratamiento, luego pasado un mes, seguramente se hablará de una milagrosa curación…y después a las andadas.
He esbozado a grandes rasgos esta mini biografía de “Y”, aparentemente pueden argumentar que estoy hablando sesgadamente, pues…no es así. Cuando se trata de abordar un tema médico interesante, y más los que recaen en el área psiquiátrica, son de mi agrado y sumo interés. Se pueden esbozar ciertas hipótesis clínicas a lo expuesto, pero por la cortedad de espacio, de tiempo y de evitar el aburrimiento, pongo algunas que se vienen rápidamente a mi memoria y que involucran a la autora de mi interés profesional y su entorno familiar:
El Síndrome de Munchausen, es una forma de maltrato infantil en la que uno de los padres induce en el niño síntomas reales o aparentes de una enfermedad.

Este trastorno casi siempre involucra a una madre que abusa de su hijo buscándole atención médica innecesaria. Se trata de un síndrome raro, poco comprendido, y cuya causa es desconocida.

La madre puede simular síntomas de enfermedad en su hijo añadiendo sangre a su orina o heces, dejando de alimentarlo, falsificando fiebres, administrándole secretamente fármacos que le produzcan vómito o diarrea o empleando otros trucos como infectar las vías intravenosas - a través de una vena - para que el niño aparente o en realidad resulte enfermo.

Estos niños suelen ser hospitalizados por presentar grupos de síntomas que no encajan mucho en ninguna enfermedad conocida. Con frecuencia, a los niños se les hace sufrir a través de exámenes, cirugías u otros procedimientos molestos e innecesarios.

La madre generalmente es muy colaboradora en el escenario del hospital o de los consultorios y, a menudo, es muy apreciada por el personal de enfermería por el cuidado que le prodiga a su hijo. Con frecuencia, se la ve como una persona dedicada y abnegada, lo cual hace menos probable que el personal médico sospeche el diagnóstico del síndrome de Munchausen.

Sus visitas frecuentes infortunadamente también le dan fácil acceso al niño para poder inducirle más síntomas. Los cambios en la condición del niño casi nunca son presenciados por el personal del hospital y casi siempre ocurren sólo en presencia de la madre.

El síndrome de Munchausen ocurre debido a problemas psicológicos del adulto y es generalmente un comportamiento que busca llamar la atención de los demás. El síndrome puede ser potencialmente mortal para el niño implicado.

Los Sociópatas – o trastorno de la personalidad antisocial, TPA- son personas que padecen un mal de índole psiquiátrico, un grave cuadro de personalidad antisocial que les hace rehuir a las normas preestablecidas; no saben o no pueden adaptarse a ellas. Por esto que, a pesar de que saben que están haciendo un mal, actúan por impulso para alcanzar lo que desean, cometiendo en muchos casos delitos graves. Es común que se confunda a la sociopatía con otras patologías de la misma clase, como podrían ser la conducta criminal, la antisocial o la psicopatía. Pero son trastornos, aunque relacionados, de diferentes características, con otros tratamientos y consecuencias.

Se estima que este trastorno es causado por una variedad de factores. Muchos son de índole genético, heredados de algún miembro de la familia que ya los padeció. Pero también el entorno de la persona, especialmente el de los familiares directos, tiene mucha importancia en su posterior desarrollo. Los investigadores también consideran que existen factores biológicos que pueden contribuir en su progreso. La manifestación de procesos químicos anormales en el sistema nervioso y posibles daños en las partes del cerebro que atañen a la toma de decisiones puede llegar a despertar un comportamiento impulsivo y agresivo. El abuso de estupefacientes también puede ser una de las causas de TPA.

Si bien la sociopatía es más común entre los hombres que en las mujeres, no existen barreras de ninguna clase para padecerlo. Pero para ser diagnosticado, la persona debe tener al menos 18 años de edad aunque, por lo menos, desde los 15 años ya puede presentar algunos síntomas para que el trastorno sea dictaminado con precisión.

Entre las características más comunes del TPA se encuentran la ausencia de empatía, de miedo y remordimiento, también una visión de la autoestima distorsionada, una constante búsqueda de nuevas sensaciones - que pueden llegar a extremos insólitos -, la deshumanización de la víctima o la falta de temor a las consecuencias. El egocentrismo, la falta de responsabilidad, la extroversión, el exceso de hedonismo, altos niveles de impulsividad, o la motivación por experimentar sensaciones de control y poder también son muy comunes.

En la  Viveza Criolla, el considerado "vivo" se siente el centro del mundo; si las cosas le salen mal, la culpa la tiene otro. Proclama que todo lo sabe y todo lo puede. Desborda capacidad para encarar cualquier iniciativa y asumir cualquier trabajo, por encumbrado o difícil que sea. Si lo eligen para un alto cargo, no se detiene a pensar en las dificultades inherentes a esa función, la posible falta de entrenamiento o su total carencia de aptitud. El vivo aparenta inteligencia, conocimientos, brillo y ejerce seducción. Pero se basa en la mala fe, el engaño y la inmoralidad.

Es un maestro del fraude, que empaqueta en fina seducción. Un rasgo básico es que el vivo no cree en la justicia. La viveza criolla consiste, precisamente, en atacar sin importar la ley y sin que la víctima pueda devolver el golpe. Desprecia la ley. Más aún: la ley es un obstáculo que se debe saltear... o burlar. ¡Siempre! El fraude jamás lo escandaliza, porque constituye uno de sus recursos más frecuentes. Para el vivo, la honestidad es una palabra hueca, ingenua, arcaica. De la misma forma descalifica la transparencia: jamás confesará a otro qué le pasa o cómo le va; y está seguro de que los otros hacen lo mismo con él.

Necesita burlarse de alguien – a quien le “agarran de punto” - y es el objeto de su diversión cotidiana. Está seguro de que logrará burlarse del punto que tiene enfrente. Lo elige con admirable precisión y descarga sus dardos antes de que adviertan el ataque. Porque sus ataques aprovechan la sorpresa y se escudan de tal forma que no le pueden devolver la agresión. Para lograrlo vale todo: mentir, aprovecharse de las debilidades ajenas o empujarlo hacía el ridículo.

Entre sus características principales se destaca el desdén por el esfuerzo. "El vivo vive del zonzo y el zonzo de su trabajo", repite para su menguada conciencia. Esto se completa con una consigna tácita: No hay que producir, sino apropiarse de los productos. Y para apropiarse no hay que trabajar, sino ser vivo.

¿Tiene Usted pena de los “vivos”? Como son inmorales y egoístas, no se esmerarán en el beneficio de la sociedad, sino de ellos mismos. La voracidad de los vivos se regodeará con la rapiña. Pero la familia o el entorno que comandan -el barco en que navegan- terminará por hundirse junto con ellos.

Finalmente, debo confesar que la señora y vecina mía, se retiró escandalizada de mi consultorio, pues tiene niños en edad escolar, y ahora teme que tengan contactos con alguien descrito anteriormente, o peor aún, que alguno de ellos en el futuro sea como quien motivó la presenta información.

AYAYMAMA. PERCY ZAPATA MENDO.

AYAYMAMA
17 de Setiembre del 2012

El cacique Koranke era el prototipo al que aspiraba ser todo hombre y guerrero de la selva: fuerte y resistente como el otorongo, sagaz como la astuta amaru, ágil y escurridizo como un delfín rosado, poseedor de una musculatura recia en un cuerpo moreno muy bien proporcionado, puesto a prueba con resultados más que satisfactorios en las innumerables veces en que lo sometió a extenuantes cacerías en los agrestes montes del oriente peruano; llevaba cruzado sobre su pecho un resistente pero elástico arco de manufactura propia, un morral bien surtido con buidas puntas de flechas, en el costado derecho de su cadera llevaba suspendida sobre un cinturón de lianas entretejidas a una filosa cuchilla de pedernal, y en un saquito hecho de piel de mono y que estaba suspendido de su cuello, llevaba cuidadosamente dispuestos a los dardos emponzoñados con los que cebaba a las ocasionales cerbatanas con los que cazaba a los pájaros y monos para surtir y complementar la mesa que preparaba su diligente esposa Nara.
Nara era la mujer más bella que haya nacido en la región montañosa del majestuoso Paititi, de piel trigueña, ojos grandes y almendrados, rostro ovalado y suave, una pequeña nariz respingada sobre unos labios carnosos y siempre sonrientes, como orgullosos de mostrar unos alabastrados dientes impolutos e íntegros. Remataban la belleza de su rostro unos cabellos azabaches que le llegaba a los hombros. Una figura delgada pero no carente de vigor y de rotundez femenina coronaban el cuadro general de esta hermosa ondina de la selva. Cuando no estaba limpiando su choza, estaba sembrando o cosechando el huerto que tenía en la parte posterior de su hogar, o bien cautelando de la prenda más preciosa que le dieron los dioses y que era el fruto del amor por su esposo, el gran cacique Koranke: un robusto niño que se entretenía con un monigote de lianas hecho por su madre.
Un día en que el legendario guerrero se había adentrado en lo espeso de la selva en busca de cacería mayor, la bella Nara recibió la visita de un viajante que lucía extenuado, quien le pidió hospitalidad y un lugar de descanso. Nara, quien se debía de destacar más que todas las mujeres de su pueblo en cuanto a gentileza, por ser esposa del gran Koranke, le atendió prolijamente: le proveyó en una gran hoja de plátano con los diversos frutos que producía su chacra, además de una generosa ración de masato recién fermentado.
El recién llegado ingresó a la casa con paso inseguro y cojeando levemente, se sentó en un rincón que le señaló la anfitriona y no despegó la mirada de las vituallas hasta haberlas concluido con gran apetito. Al término, pudo recién levantar la mirada: tenía el rostro cetrino, los pómulos pronunciados que acentuaban aún más sus ojeras, los ojos saltones y con el iris sumamente negro, el pelo corto pero erizado como las crines de un puerco espín coronaban una testa achatada. Se puso de pié y se dirigió a la anfitriona, para luego hincarse ante ella:
-         ¡Hermosa Nara!, esposa del cacique Koranke, te he estado mirando desde que eras sólo una suave brisa en los albores de la creación, y cuando encarnaste en el cuerpo de una mujer, supe de antemano que serías la mujer apropiada para mí. ¡Cásate conmigo bella Nara, y te haré la mujer más feliz de la tierra!
La bella y discreta Nara, en silencio pero con el rostro adusto, le señaló la puerta con su mano, invitándole a irse. El Chullachaqui, avergonzado se retiró, no sin antes advertirle:
-         En una luna regresaré bella Nara, espero una respuesta tuya, y espero esta vez que me aceptes, por el bien de tu hijo que está en la hamaca, y por el bien de tu marido.
Y el extraño visitante se alejó perdiéndose entre los arbustos del bosque. Cuando Nara salió para asegurarse que se había ya retirado, pudo ver que en el suelo el Chullachaqui había dejado sus peculiares pisadas: una correspondiente a un pié humano, el otro dejando la impresión de una pezuña de cabra o ciervo.
Cuando el cacique Koranke estuvo de regreso tres días después, Nara le puso al tanto del extranjero y de su amenaza para con sus seres queridos. El cacique no dijo nada, pero resolvió no abandonar su choza hasta la llegada del intruso. Esos días se dedicó a poner nuevas cuerdas de tendones a sus arcos, en afilar sus flechas y a empaparlas con el  veneno del sapo más ponzoñoso que se haya dado en la naturaleza. Construyó una especie de altillo sobre un cercano árbol de cedro cercano a su casa, desde donde pudiera ver asomarse desde unas buenas decenas de metros a cualquiera que se adentrase en sus territorios, y con el temor por sus seres queridos, llegó allí a pernoctar todo el día, incluso por las noches, ignorando las lluvias torrenciales, las picaduras de las sabandijas diurnas y nocturnas que se dieron un gran banquete con la sangre del bravo guerrero mientras estuvo en ese otero.
Llegado el día, el cacique se encontraba tomando su desayuno a base de un zumos de naranja; Nara, su esposa, estaba en las labores de cocina, mientras que su niño, dormitaba en una habitación especial que le habían construido, con sólo una puerta, y que cualquier extraño que quisiera apoderarse del bebé, debía de sortear la férrea defensa de ese titán hecho hombre o de la madre que se transformaría en una fiera si alguien se atreviera a hacer daño o secuestrar al hermoso producto de sus entrañas. De súbito, un ruido ensordecedor de pájaros, jaguares y demás bestias de la selva se escuchó cada vez más cerca del lugar donde estaban los esposos. Koranke y Nara se precipitaron fuera de la choza y pudieron ver a una balsa que se aproximaba por el rio transportando al Chullachaqui, quien se encontraba parado en la parte delantera de la nave, ricamente ataviado con una lujosa ropa, el cuello cubierto de collares multicolores con un pectoral de la concha spondylus. En uno de sus brazos estaba posado un guacamayo de hermosos colores, en tanto que en el otro sostenía con la mano una gruesa vara de oro puro, a sus pies, una enorme yacumama se encontraba hecho un ovillo y de vez en cuando, sacaba su bífida lengua olfateando el aire y poniendo enhiesta la cabeza y parte del cuerpo.
Chullachaqui arribo a la orilla y de un brinco puso pie y pata en tierra. Se acercó sonriente e ignorando al cacique Koranke, le habló directamente a Nara:
-         ¡Hermosa Nara, he venido tal y como te lo prometí para que seas mi esposa! No dudo en que me aceptarás, y al hacerlo, vas a vivir  eternamente joven…serás mi consorte y tuyas serán todas las riquezas de la selva; todas las bestias del aire, las que transitan por la tierra y las que se arrastran te obedecerán sin chistar las órdenes que les impartas, y aun las aguas del gran Paititi, se calmarán y se tornarán límpidas como un cielo despejado cuando desees beber de ella, o tan sólo desees ver tu bello rostro.
-         Ya sé que eres el Chullachaqui, señor de la Selva y de las bestias – repuso Nara -, tu oferta es tentadora, pero soy la mujer del cacique Koranke, a él es a quien amo, suyo es mi corazón…
-         Nara, tierna e inocente Nara…no te conviene oponerte a los deseos de un Dios…mira que estoy poniendo a tus pies riquezas que jamás has soñado…riquezas que un pobre hombre como Koranke ni viviendo mil generaciones, podrá dártelas.
-         No Chullachaqui, mi lugar es con mi esposo y mi hijo…
-         ¡Ya la has oído maligno Chullachaqui!, - intervino Koranke mientras tensaba su arco con una buida flecha apuntándole en el cuello -, ¡Nara es mi esposa y la madre de mi hijo…Dios o no, jamás me la arrebatarás de mi lado, pues estoy unido a ella desde siempre y por siempre…así que, déjanos en paz y vete!
-         ¿Tu? ¿Un hombre desafiando a un Dios? ¡Pobrecito!, ¡Y amenazándome  con una flecha que no me producirá más herida que el lancetazo de un mosquito si es que lo permitiera!… ¡Vete de aquí antes que cambies mi humor y tome por derecho lo que me pertenece! ¡Nara será mi mujer, te guste o no simple mortal impertinente!
Y el pata de cabra o ciervo, se lanzó con los brazos enhiestos con los deseos de ahorcar al cacique, mientras que éste lanzó el agudo dardo directo a la garganta del Dios… el Chullachaqui se paró en seco, con los ojos desorbitados mientras se cogía con ambas manos la garganta atravesada por la flecha…un grito comparable al proferido por nueve o diez mil hombres los ensordeció, mientras que giraba cual remolino sobre sí, provocando una ventisca que azotó y amenazó con derribar las paredes de la humilde choza, y antes de disiparse del todo, profirió una terrible maldición:
-         ¡Pagarán con su hijo este ultraje que han cometido! ¡Y lo pagarán en los que más aman…su hijo será convertido en un pájaro y jamás será visto nuevamente por sus ojos, no adoptará la forma humana a menos que ustedes puedan verle a él primero! – y dicho esto, se esfumó del todo en el aire-.
Dicho esto, los esposos se precipitaron como una tromba dentro de la casa y no encontraron al niño…le buscaron por los alrededores, sin éxito. Sólo le escuchaban sus lamentos por las copas de los árboles: ¡Ayaymama! ¡Ayaymama! Pasaron los días, meses y años, Koranke y Nara buscaban afanosamente con la mirada por las copas de los árboles donde escuchaban el sollozo de su hijo. Los padres no pudieron soportar el cruel castigo del Chullachaqui para con su hijo, tanto, que al poco tiempo murieron de pena.
Queridos lectores, cuando estén por la Selva, si escuchan este triste trinar, no duden en agudizar vista y oídos para ubicar a esa avecilla, y de esta manera terminar con el embrujo del cruel Chullachaqui  y poder reunir al fin, a este niño con sus padres, Nara y Koranke.
(Historia narrada por mi abuelita materna, Rosalina Chávez Caro, nacida en 1877 y referida a mí, en 1975…sí, cuando ella tenía noventa y ocho años de edad, y yo, cinco).