jueves, 15 de abril de 2010

APENDICITIS AGUDA. PERCY ZAPATA MENDO.

APENDICITIS AGUDA
El apéndice vermiforme es un pequeño órgano que está unido al extremo  de nuestro intestino  grueso, en la porción llama­da ciego. Su tamaño, variable, puede alcanzar varios centímetros de largo, y es  estrecho y alargado. Vermifor­me significa "con forma de gusano", y presenta un pe­queño hueco en su interior que lo conecta al ciego. Sue­le estar situado en el cua­drante inferior derecho del abdomen -es decir, debajo del ombligo y a la derecha-, aunque en algunas personas  su posición varía mucho: puede estar hundido en la pelvis, pegado a la vejiga urinaria o al ovario o elevado hasta alcanzar la cara inferior del hígado; es posible, inclu­so, que lo hallemos en el la­do izquierdo.
Desde el punto de vista  embriológico, es un extremo atrófico del intestino grueso, y su función parece ser defensiva frente a las infecciones, ya que contiene numerosos ganglios linfáticos. De ahí que se vea afectado con facilidad por muchas infecciones, quizás al proteger a otras partes más importantes del organismo. Pues bien, la apendicitis aguda no es otra cosa que la inflamación severa de este pequeño apéndice.

¿Quién se libra de la apendicitis?
La apendicitis aguda cons­tituye una enfermedad extra­ordinariamente frecuente, tanto que puede afectar has­ta a una de cada quince per­sonas a lo largo de la vida. Su frecuencia disminuyó entre 1940 y 1960, por causas que aún se discuten, pero desde entonces permanece estable -supone casi el 5% de las operaciones del abdomen-. Puede afectar a personas de cualquier edad, aunque es más frecuente en la segunda y tercera décadas de la vida. Se da por igual en hombres y mujeres, salvo entre la pu­bertad y los 25 años, período éste en el que es más fre­cuente entre los varones. La apendicitis tiene una mortali­dad muy baja: aproximada­mente uno de cada 100.000 casos. La mortalidad es mayor, desgraciadamente, en los recién nacidos por debajo de los dos años, el 80 por ciento están perforadas-y en los ancianos. Esto se debe a la mayor fragilidad de estos pacientes, y a que es más difícil hacer el diagnósti­co en ellos.
¿Y qué se nota cuando se tiene apendicitis? Inicialmente, sólo un malestar difícil de explicar en el área del ombli­go o por encima de él, en la zona del estómago, que dura unas seis horas. A veces se acompaña de náuseas y al­gún vómito, aunque suelen ser escasos. Sin embargo, algunas personas más estoi­cas no notan o recuerdan esta fase.
Un dolor muy característico
De manera progresiva, el dolor se centra en la zona donde está el apéndice, y que los médicos llamamos "fosa ilíaca derecha". Cuan­do esto ocurre, la enfermedad afecta por lo general ya a todo el apéndi­ce, inclu­yendo su capa más externa -el peritoneo-, y si no se hace nada, se puede perforar, lo que pro­duce una peritonitis localizada o generalizada. En este momento, el paciente prefiere estarse quieto y tumbado, ya que los movimientos o la tos hacen que se intensifique bastante el dolor. Este también aumenta al tocar el área afectada. Precisamente un signo muy típico que da una pista diagnóstica es que el dolor se exacerba cuando se presiona la zona y se retira luego la mano bruscamente: a esto se le llama "signo del rebote" o "de Blumberg", y nos indica que existe irrita­ción del peritoneo en esta localización. A estas alturas del proceso, suele haber fiebre, aunque si no hay perfora­ción, no suele pasar de 38° C, y pueden notarse ganas de defecar, si bien no es normal que haya diarrea.
El dolor de la apendicitis es tan típico, que el médico suele diagnosticarla con sólo hacer algunas preguntas sobre el mismo -recogiendo la historia clínica- y explorar cuidadosamente al paciente. Por desgracia, no hay una prueba que diagnostique de manera definitiva la apendicitis. Esta situación se agrava cuando el apéndice se en­cuentra desplazado y en luga­res inhabituales, factor que dificulta todavía más el esta­blecimiento del diagnóstico. Por otro lado, hay una enor­me lista de enfermedades que pueden confundirse con la apendicitis. De este modo, el diagnóstico correcto de­pende de la experiencia del médico al que se acude.
La inevitable operación
El tratamiento es siempre la extirpación quirúrgica del mismo. Esta operación es muy sencilla, y su riesgo, muy bajo. El peligro puede aumentar si se retrasa en exceso, si ya hay perforación con peritonitis importante o si se trata de recién nacido y anciano; sin embargo, no existe alternativa, y también en estos casos el riesgo de la apendicitis no tratada es mayor.
Con todo, se da la para­doja de que, cuando se ope­ra una apendicitis, no siem­pre lo que se encuentra es una apendicitis. En aproxi­madamente un 20 por ciento de las operaciones el ciruja­no constata que el apéndice no está inflamado.
¿Por qué sucede esto? En algunos casos, el dolor que mueve a la operación puede estar motivado por alguna enfermedad benigna que se hubiera curado sin necesi­dad de operar -una gastroen­teritis, una inflamación pélvi­ca o la simple rotura de un folículo del ovario-. En otras ocasiones, quizá se trate de una enfermedad más grave, aunque de carácter distinto -una colecistitis, una úlcera perforada, una obstrucción intestinal o una pielonefritis-. Esto no quiere decir que el cirujano sea malo ni exa­geradamente dado a empu­ñar el bisturí: este tipo de errores son normales y los pueden cometer hasta los mejores equipos quirúrgicos del mundo. La explicación de este hecho reside en la ineludible imprecisión del diag­nóstico -se acierta en el 80 por ciento de los casos-, y, puestos a valorar, está claro que, ante la mínima sos­pecha, es mejor intervenir a un paciente que no tiene en realidad apendicitis, que dejar sin operar a otro que sí la tenga y al que luego le pue­da surgir alguna complica­ción, puesto que las conse­cuencias en este caso pue­den ser fatales.
Sea como sea, el cirujano extirpa siempre el apéndice, ya que es un órgano del que se puede prescindir sin nin­gún problema. La recupera­ción suele ser muy rápida, y rara vez vuelve uno a acor­darse de él.
En resumen, la apendicitis es una causa muy frecuente de dolor abdominal, sobre todo en las personas jóve­nes, y puede tener conse­cuencias peligrosas, pero su tratamiento es sencillo y la cura por completo.

Referencia: Alfonso J. Cruz Jentoft; Hospital Universitario San Carlos, Madrid.

ANTICONCEPTIVOS. PERCY ZAPATA MENDO.

ANTICONCEPTIVOS
Mientras que muchos gobiernos de la Comunidad Europea  tienden a hacer una política más natalista, la explosión demográfica mundial ha pro­vocado, en los cinco continentes, el desarrollo de diversas estrate­gias dirigidas a controlar las cifras de natalidad, como la puesta en marcha de campañas de distribu­ción de anticonceptivos, junto a programas de educación en el te­rreno de la planificación familiar.
Los métodos de planificación fa­miliar han supuesto una revolución por sus efectos demográficos y por haber liberado a la sexualidad del fantasma del embarazo, aunque todavía existe un alto porcentaje de mujeres en edad fértil que no utilizan ninguno de los sis­temas existentes.
Quizás una falta de información práctica más accesible y la no inte­gración funcional de los centros de planificación familiar dentro del área de la asistencia pública expli­quen esa falta de concienciación, dominada por una sensación de peligro acerca de los efectos y con­secuencias que puede producir el uso de ciertos anticonceptivos. Además, algunas ideologías no conciben los anticonceptivos como una libre elección personal, o de pareja, para mantener una sexuali­dad satisfactoria y una planifica­ción adecuada a sus necesidades y siguen asociando esto métodos al concepto de aborto.
El método más eficaz
La demanda de anticoncepción es una demanda de sexualidad, en­cuadrada, habitualmente, en un marco de pareja. Por ello, existen unas claves a tener en cuenta para la elección de un determinado método anticonceptivo.
Dentro de la amplia gama de métodos, unos cumplen su función anti conceptiva de forma tran­sitoria o definitiva, y otros actúan interrumpiendo la gestación. Mientras que el uso de  métodos transitorios permiten recuperar la fertilidad es­pontáneamente, tras la supresión de los mismos; en el caso de los que son definitivos, es necesaria la intervención del medico, y puede no ser reversibles.
En los ciclos normales, la ovulación tiene lugar en el decimocuarto  día del ciclo, dos días más, dos días menos. Por otra parte, el óvulo per­manece apto para ser fecundado alrededor de 24 horas después de la ovulación, y el espermatozoide mantiene la capacidad fecundante durante 48 – 72 horas. Si se toma como referencia el momento de la ovulación y el tiempo de supervivencia de los ga­metos, el período fértil se sitúa entre el noveno y el decimo­séptimo día del ciclo.
Muchas técnicas permiten saber cuál es el momento de la ovulación -por ejemplo, el control de la tem­peratura basal o del moco cervical, entre otros-. La abstinencia de las relaciones sexuales normales, du­rante el período fértil de cada ciclo, es la posibilidad anticonceptiva que ofrece la naturaleza. También se puede recurrir a las relaciones incompletas -coito interrumpido- o a las formas alternativas de satis­facción sexual masturbación mutua y coito oral o rectal durante el período fértil.
Cada método anticonceptivo tiene sus ventajas y desventajas. La edad, el nivel de educación y el grado de motivación guardan una relación directa con la eficacia del método escogido. En general, los métodos empleados en el momen­to del coito -diafragma, preserva­tivo, la esponja, el ritmo y la retirada- son más eficaces en la teoría que en la práctica. La fiabi­lidad global es mayor en los méto­dos no relacionados con el coito -anticonceptivos orales y el disposi­tivo intrauterino (DIU)-, pues la par­ticipación personal es más sencilla.
Después de muchas investiga­ciones referentes al control hormo­nal de la fertilidad, iniciadas por el fisiólogo austríaco Haberlant en 1921, y continuadas en Estados Unidos en los años cincuenta, la compañía norteamericana Searle comercializó la primera píldora anticonceptiva en 1959. Esta, que re­cibió el nombre comercial "Envoid", combinaba las sustancias mestranol y noretinodel, y marcó el comienzo de la era de la contracepción hormonal.
En una clasificación internacio­nal, la píldora ocupa, según la Or­ganización Mundial de la Salud (OMS), el tercer lugar en el uso de métodos anticonceptivos, precedi­da por el DIU y la esterilización fe­menina -ligadura de las trompas Falopio-, que se sitúa en el primer lugar. En los países desarrollados, en cambio, sí es uno de los métodos más demandados por su elevada eficacia contraceptiva.
Riesgo de cáncer
Se sabe que determinadas hor­monas de la mujer se asocian con el desarrollo de cáncer de mama, de endometrio y de ovario. Esta for­ma de carcinogénesis se debe a la capacidad que tienen las hormo­nas de estimular la división celular en ciertos órganos y que, en algunos casos, puede dar lugar a erro­res genéticos que desembocan en la formación tumoral.
Un grupo de investigadores de la Universidad del Sur de California (EE UU) ha publicado recientemen­te en la revista Science un trabajo científico que estudia la relación entre el uso de anticonceptivos y la incidencia de estos tres tipos de tu­mores malignos. La evidencia cien­tífica de que muchas hormonas au­mentan el riesgo de padecer cán­cer en las mujeres ha motivado la prescripción de sustancias que ac­túan como "antihormonas" con el fin de disminuir la actividad proliferativa celular de un tejido u órgano determinado.
Los anticonceptivos orales, la hormona liberadora de la gonodatropina y los progestágenos, son al­gunas de estas antihormonas que, mediante sus efectos anovulatorios y anti estrogénicos, tienen un efecto preventivo en la inciden­cia de estos cánceres. Los anti­conceptivos orales actuales, que combinan una pequeña dosis de estrógenos con altas  dosis de progestágeno, dismi­nuyen el riesgo de cáncer de  endometrio.
Respecto al riesgo de pade­cer cáncer de ovario, existen estudios que han demostrado que este peligro aumenta con la ovulación. Al suprimir ésta, los anovulatorios han reducido el riesgo en un 7,5 por ciento  por año de administración.
Los contraceptivos orales deben evitarse en ciertos casos -trom­bosis arterial, antecedentes de accidente cerebro vascular, hiper­tensión, diabetes y otros-. Además, algunas personas han de tener más cuidado, como los fumadores y los que sufren migrañas, depresiones o epilepsias, por ejemplo.
A pesar de que la píldora es uno de los anticonceptivos más dispo­nibles, sus posibles efectos secun­darios aconsejan usarla siempre bajo estricto control médico.
Contracepción intrauterina
Esta técnica comenzó a aplicar­se en 1909 en Alemania, cuando Richter propuso con fines anticon­ceptivos la colocación intrauterina de un anillo flexible de seda. Más tarde, Grafenberg empleó anillos metálicos, con una tasa muy baja de embarazos y sin ninguna com­plicación. A partir de ahí, en los pri­meros años de la década de los se­senta, apareció la primera genera­ción de dispositivos intrauterinos de material plástico -los denomina­dos "DIU"-. Después, se descubrió el efecto anti fertilidad del cobre.
En un reciente comunicado, la OMS apoyó la opinión de muchos expertos que se refieren a los mo­dernos dispositivos intrauterinos como uno de los métodos anticon­ceptivos reversibles más útiles en la actualidad, a condición de que se coloquen asépticamente, se mantengan el máximo tiempo posi­ble, y no se pertenezca a un grupo con alto riesgo de padecer enfer­medades de transmisión sexual.
El riesgo de infecciones ha sido uno de los fantasmas que ha arrastrado siempre el DIU. Pero, según los últimos estudios re­alizados por la OMS, dentro de un programa de Investigación en Re­producción Humana, este riesgo es mínimo. Hasta ahora, muchas mujeres portadoras de este dispositi­vo padecían una enfermedad infla­matoria pélvica -proceso inflamatorio de origen infeccioso que afecta principalmente a las trompas de Falopio que se ha relacionado direc­tamente con el uso del DIU. Sin em­bargo, el mayor riesgo de infección se ciñe a los primeros veinte días de su colocación. A partir de entonces, y hasta los ocho años de uso ininterrumpido, éste es muy bajo. Por ello, se aconseja retardar todo lo posible la sustitución de los modernos DIU para evitar un riesgo incrementado de infección.
La píldora "del día después"
De las diversas formas de anti­concepción, las que se practican inmediatamente o unas horas des­pués del coito se remontan a hace casi dos mil años. Sin embargo, su aplicación no ha tenido un ade­cuado desarrollo hasta los años 60, al comprobarse que la administración de grandes dosis de estrógenos después de la relación sexual evitaba el embarazo.
La denominada "píldora del día después" no es otra cosa que la administración de hormonas sinté­ticas de las de uso habitual -las que contiene la píldora tradicio­nal-, que dadas en dosis elevadas, inmediatamente después del coito sin protección, tienen un efecto anti implantativo. En nuestro país se  comercia­liza la píldora espe­cífica "del día después", sin seguir el crite­rio médico, pues es de venta libre en las farmacias desafortunadamente.
La “píldoras del día después” es la que se conoce popularmente como "píldora abortiva", la RU-486. Su historia ha sido tensa desde sus comienzos, hace ya más de veinte años, cuando el centro de investigación Roussel-Uclaff, en Francia, consi­guió los primeros descubrimientos de esta sustancia cuyo nombre científico es "mifepristona". El efec­to fundamental que produce este esteroide sintético es anular la ac­ción de la progesterona, la hormo­na que al principio del embarazo ayuda a la fijación del óvulo fecun­dado en el útero.
Esa propiedad para interrumpir el embarazo en sus fases iniciales, en lugar de practicar el aborto qui­rúrgico, ha desatado una fuerte po­lémica en todo el mundo. En Europa, la RU-486 se toma en forma de tabletas siempre en centros autorizados para practicar el aborto- y junto a una pequeña dosis de prostaglandina, hormona que aumenta la frecuencia e intensidad de las contracciones uterinas para expulsar el embrión. Su principal efecto es que causa una menstruación abundante y, en algunas mujeres, muy dolorosas, aunque segura bajo control médico.
En   definitiva, existen en el mercado numerosos métodos, aunque también es verdad que ninguno es el ideal. En cualquier caso, la consulta ginecológica es determinante para seleccionar el método que mejor se adapta a la tolerancia de cada persona y a las circunstancias de cada pareja. El futuro está en encontrar la vacuna anti embarazo que desde hace años están investigando el Instituto Pasteur de París, la Population Council de Nueva York y el Instituto nacional de Inmunología de Nueva Delhi, pero que todavía hoy tiene resultados muy inciertos.
METODO A METODO
Anticoncepción natural
Método del Ritmo. Este método, también llamado "del calendario", se basa en establecer los días fértiles. Para calcular el primer día fértil se resta 19 del ciclo más corto; y para el último, 10 del ciclo más largo. Así, si el ciclo más corto de una mujer ha sido de 27 días y el más largo de 32, debe evitarse el acto sexual desde el día 8 al 22 a partir del primero de la menstruación.
Método de la Temperatura Ba­sal. Consiste en obtener ¡a temperatura corporal en la boca o en el recto todas las mañanas. La temperatura corporal de la mujer desciende antes de la ovulación, y veinticuatro horas después se aprecia un ascenso térmico que se mantiene hasta uno o dos días antes de la menstruación. Se considera período "seguro" el comprendido entre los 3 días anteriores y los 5 posteriores a la siguiente elevación de temperatura le obstante, la proporción de fracasos es de 20 – 30 por ciento.
Método del moco cervical o Billings. El período fértil abarca desde el primer día en que el moco aumenta, es claro y "resbaladizo" al tacto general­mente en los días precedentes a la ovu­lación, hasta tres días después de que el moco pasa a ser escaso, denso y opaco tras la menstruación. Si se sabe controlar este proceso, este méto­do es tan eficaz como el DIU.
Anticoncepción hormonal
VIA ORAL
La Píldora. De acuerdo a su pauta de administración existen dos tipos de contraceptivos orales: cíclico y conti­nuo. En el primero se administra un estrógeno durante dos semanas, se­guidas de otra en la que se asocian un estrógeno y un gestágeno. En el segundo caso, en cambio, se utiliza una combinación de estrógeno y gestágeno durante las tres semanas. En ambas formas se descansa una semana con el fin de permitir la menstruación. El modo correcto de empleo es comenzar la toma el primer día de la regla. Ha de tenerse en cuenta, además, que si por olvido no se toma una píldora, se deben tomar dos al día siguiente, una cada doce horas; y, en caso de que hayan transcurrido más de treinta y seis horas desde el último comprimido, es preferible esperar a la hemorragia por deprivación y reiniciar otro ciclo.
VIA PARENTAL
Inyectables de depósito. Son suspensiones oleosas de micro cristales de distintas formulaciones que ejercen mediante la inhibición de la ovulación. El aspecto cola­teral   más destacable son las alteraciones mens­truales. Una inyección cada 1 o 3 meses.
Implantes subdérmicos. Se han desarrollado tres tipos: el Norplant, que utiliza seis cápsulas con una validez de tres años; el Norplant tubos, que única­mente necesita dos implantes; y los implantes biodegradables, que no se tie­nen que retirar una vez cumplido el plazo de efectividad.
Inyección de microesferas o microcápsulas. Son de polímeros bio­degradables y se inyectan en suspen­sión en suero salino, con un equipo hipodérmico corriente.
Anticoncepción Intrauterina
El mecanismo de acción del DIU con­siste en evitar la fertilización a causa de su efecto tóxico sobre los esperma­tozoides.
Los diver­sos tipos de DIU se dife­rencian poco en cuanto a su eficacia. Sí son distintas las técnicas de inserción. Los disposi­tivos de cobre, por ejemplo, requieren una colocación profunda. Aquellos que tienen forma de "T" o de "7", arrollados con un  alambre de cobre, son muy efica­ces. El DIU en forma de "T" que libera progesterona debe reinsertarse cada año. Tanto con los dispositivos de cobre como con el de progesterona hay una pérdida menstrual significativamente menor que con los DIU de plástico mayo­res, como son el asa o la doble espiral. El efecto colateral más frecuente con el uso del DIU, y que es la causa más fre­cuente de la pérdida de continuidad, es la hemorragia antes y unos días después de la regla debida a la lesión originada en las zonas de contacto del dispositivo. Otras de las situaciones que se pueden presentar son la expulsión parcial o el descenso del DIU, que muchas veces pasan inadvertidos, con los riesgos de embarazo que conlleva; y, raramente, la perforación del útero. Cualquiera de estas complicaciones está relacionada con la utilización de un dispositivo inadecuado.

Métodos de barrera
Su misión es la de actuar como obs­táculo a la penetración de los esperma­tozoides en el útero.
Preservativo. Es el único método anticonceptivo reversible de aplicación al hombre. Los preservativos actuales son de goma y termi­nan en un espa­cio de menor calibre -reservorio- para evi­tar la rotura al aumentar la presión durante la eyaculación. Están lubricados con una mezcla de silicona y espermicida.
La eficacia contraceptiva es elevada siempre que se utilice de forma correc­ta, es decir, si se coloca con el pene en erección, antes de cualquier contacto y dejando el reservorio libre y con aire en su interior, y se retira antes de que co­mience la regresión de la erección.
Diafragma vaginal. Es un casquete de esfera de goma vulcanizada, con un anillo metálico en el borde, generalmen­te una espiral de alambre, Se lubrica bien con crema espermicida y se introduce en la vagina hasta que el borde in­ferior llegue al fondo posterior de la vaginal; luego se empuja hasta que la totalidad del cuello esté cubierta por el casquete.
El diafragma debe colocarse antes del inicio de las relaciones sexuales y permanecer en posición un mínimo de ocho horas después del coito. Si durante este intervalo se realiza el coito, ha de administrarse antes una nueva dosis de espermicida sin retirar el diafragma.
Las esponjas. Las más empleadas son las de colágeno con glutaraldehído in­corporado, lo que les confiere propieda­des bactericidas y fungicidas. Son cilíndricas y en el extremo inferior llevan un hilo de nylon para su extracción. Se uti­lizan asociadas siempre a cremas espermicidas.
Capuchón cervical. Se trata de un capuchón de goma o plástico que se adapta al cuello y se mantiene adherido a éste por succión. Se utiliza asociado a una crema espermicida. Se coloca des­pués de cada menstruación hasta el co­mienzo de la regla siguiente.
Barrera química. Incluyen una serie de sustancias que interfieren en la función normal del espermatozoide y que reciben el nombre genérico de agentes esper­micidas. Exis­ten varias modalidades far­macéuticas: cremas, espu­mas, suposito­rios, tabletas vaginales efervescentes y vehículos biodegradables. Las más aceptadas son las cremas y las espumas debido a que re­sultan menos "engorrosas".
El espermicida debe depositarse en la vagina al menos diez minutos antes del coito, tiempo necesario para que se lleve a cabo una buena distribución o impregnación vaginal. Si se realiza más de un coito, se debe administrar una nueva dosis previa cada vez.
Los fallos de los métodos químicos van unidos a la utilización incorrecta, más que a la modalidad farmacéutica o al propio método.
Una de las ventajas destacables de estos métodos es que son efectivos con­tra las enfermedades de transmisión se­xual gonococia, sífilis, tricomoniasis, candidiasis y viriasis.
Esterilización Quirúrgica.

Los métodos de esterilización quirúrgica, la vasectomía en los hombres y la ligadura de trompas en las mujeres, son eficaces casi en un 100%. Sin embargo, estos métodos no protegen frente al SIDA y son métodos anticonceptivos permanentes. Aunque en algunos casos pueden ser reversibles, no deben efectuarse con la esperanza de que puedan serlo.

La vasectomía debe realizarse en una clínica con el empleo de anestesia local. Se hacen dos pequeñas incisiones en el escroto y se cortan los dos conductos deferentes (que llevan el esperma de los testículos al pene).
La ligadura de trompas es algo más complicada y requiere anestesia local o general. Se lleva a cabo cortando y ligando las trompas de Falopio, los conductos que llevan el óvulo del ovario al útero.









ANTECEDENTES DE LA ANESTESIA. PERCY ZAPATA MENDO.

ANTECEDENTES DE LA ANESTESIA
En el Hospital General de Massachusetts, una de las instituciones médi­cas de mayor prestigio en el mundo, se conser­va una sala de operaciones en la que parece que el tiempo se hubiera detenido en 1846. Se respira en el "Ether Dome" un aire rancio, y las mesas con el instrumental quirúrgico de entonces, el anfiteatro abovedado, o la vetusta mesa de operacio­nes, impregnan al visitante con una sensación profunda, mitad de templo, mitad de mausoleo. Las viejas paredes oyeron los gritos de dolor de muchas personas mientras eran operadas con plena conciencia; personas que te­nían que ser sujetadas por hombres robustos para que se estuvieran mínimamente quietas durante penosos ac­tos quirúrgicos...
Pero aquella sala también fue testigo de la primera de­mostración de la capacidad anestésica de un gas.
En la fría mañana bostoniana del 16 de octubre de 1846, los ocupantes del anfi­teatro eran tan escasos como desconfiados. En otras oca­siones ya habían sido defrau­dados en el mismo escena­rio, cuando se les habían anunciado exhibiciones prác­ticas de presuntas anestesias que acabaron entre alaridos del enfermo y denuestos de los espectadores.
John C. Warren, profesor de Cirugía en Harvard, con levita y corbata de lazo, es­peraba en la sala, conversan­do con sus colaboradores. Poco después entraba Gilbert Abbot, al que le iban a ser ex­tirpados unos ganglios en el cuello. En ropa interior y cal­cetines, subió por su propio pie a la mesa de operaciones desde la que, un tanto in­quieto, no perdería detalle de lo que ocurría a su alrededor.
«Esto no es un engaño»
Pasaban los minutos sin que apareciera el que iba a aplicar la prometida aneste­sia, y todos empezaban a im­pacientarse. Al cabo de un cuarto de hora, John C. Wa­rren se cansó de esperar y, en voz alta, comentó sarcásticamente: «Bien... Parece que el Dr. Morton ha tenido algo más interesante que hacer...» Pero cuando los mozos ya procedían a sujetar al paciente, entró en la sala el esperado William T. Mor­ton. Con paso decidido e in­diferente a los comentarios sobre su demora, se acercó al enfermo. Conversó con él unos instantes y en seguida aplicó a su rostro una masca­rilla conectada a una pequeña esfera de vidrio en cuyo inte­rior había una esponja empa­pada en éter. Poco después, Gilbert Abbot quedaba dor­mido y no se despertaría du­rante la intervención... Al ter­minar de hacer la última sutura, Warren se volvió hacia el anfiteatro y pronunció una frase que ha pasado a la Historia de la Medicina: «Caballe­ros, esto no es un engaño.»
Desde tiempos remotos, los médicos han intentado hallar una anestesia lo suficientemente profunda como para que, sin poner en peli­gro la vida del paciente, permitiera intervenirle sin dolor. Con ese fin se utilizaron sus­tancias tan diversas como las bebidas alcohólicas, el ha­chís, la mandragora, el opio, la cicuta, las "esponjas som­níferas" o la cocaína. Esos productos, masticados o in­geridos, no permitían, sin embargo, más que una leve y fugaz reducción del dolor; y hacer que el paciente perdiese la conciencia mediante estrangula­ción o golpes en la cabeza siempre fue algo arriesgado por lo imprevisible y la gravedad de sus consecuencias. Se entiende, pues, que du­rante mucho tiempo se recurriera a sujetar al pacien­te mientras actuaba el ciruja­no. Así, las intervenciones te­nían que ser breves y casi siempre se limitaban a trau­matismos, amputaciones y situaciones críticas.
Los pasos decisivos
Hemos de esperar hasta fi­nales del siglo XVIII para que los químicos sinteticen los dos primeros anestésicos propiamente dichos: el óxido nitroso y el éter dietílico, que por diversas razones no fue­ron introducidos en Medicina hasta mediados del XIX. Se­rían dos odontólogos de Boston, Horace Wells y William Morton, los que da­rían los pasos decisivos.
En 1844, Wells se aneste­sió a sí mismo varias veces con óxido nitroso; pero cuan­do pretendió hacer una de­mostración en el Hospital Ge­neral de Massachusetts, co­metió un error técnico y fra­casó estrepitosamente. En ensayos posteriores incluso hubo un caso de muerte atribuible al anesté­sico, y Wells, hundido  por la vergüenza y la depresión se suicidaría poco después.
Morton conocía los trabajos de Wells y también hizo pruebas con el óxido nitroso. Sin embargo, en experimen­tos realizados en perros y consigo mismo, el éter resul­tó más cómodo y seguro. De esta forma, en octubre de 1846 pudo demostrar públi­camente la eficacia de un método que, por fin, «no era un engaño».
En 1847 se introduciría el cloroformo, que tenía la ven­taja de ser más seguro en su manejo y el inconvenien­te de producir graves alteraciones cardio­vasculares; pero el hecho anecdótico de que la Reina Victoria de Ingla­terra lo eligiera el 1848 como anes­tésico en uno de sus partos, alen­taría su uso has­ta bien entrado el siglo XX. En años posterio­res, la anestesia avan­zaría por tres grandes caminos: por un lado, a través del descubri­miento de nuevos gases anestésicos más efica­ces y seguros -ciclopropano, halotano, etcétera-; por otro, mediante el perfecciona­miento de los aparatos que administran esos gases, y, finalmente, por el desarrollo de máquinas y técnicas capa­ces de garantizar, simultánea y automáticamente, una ade­cuada oxigenación de la san­gre del operado. Todo ello, unido a la posibilidad de in­ducir anestesias no sólo ge­nerales y profundas, sino también locales y regionales que mantienen consciente a la persona, y de emplear re­lajantes musculares, permiti­ría llevar a cabo intervencio­nes quirúrgicas cada vez más precisas y seguras.
Adiós a la agonía
¿Podríamos siquiera ima­ginar las modernas cirugías torácica y abdominal, las ci­rugías traumatológica o vas­cular, o la laboriosa cirugía de los trasplantes de hígado o corazón, por poner sólo unos ejemplos, sin el apoyo básico de la anestesia?
En los alrededores de Bos­ton se encuentra el cemente­rio de Mont Auburn. Allí repo­san los restos mortales de aquel odontólogo que en oc­tubre de 1846 hacía detener­se el tiempo en una sala de operaciones del Hospital Ge­neral de Massachusetts. Sobre su tumba hay un mo­numento de piedra en el que pueden le­erse las siguientes palabras de Henry Jacob: «William T. Q. Morton. Inventor de la inhalación anestésica. Antes de él, la cirugía era siempre agonía. Gra­cias a él, se puede evitar el dolor quirúrgi­co. Desde él, la ciencia controla el dolor.

Referencia: Santiago Prieto