ANTECEDENTES DE LA ANESTESIA. PERCY ZAPATA MENDO.

ANTECEDENTES DE LA ANESTESIA
En el Hospital General de Massachusetts, una de las instituciones médi­cas de mayor prestigio en el mundo, se conser­va una sala de operaciones en la que parece que el tiempo se hubiera detenido en 1846. Se respira en el "Ether Dome" un aire rancio, y las mesas con el instrumental quirúrgico de entonces, el anfiteatro abovedado, o la vetusta mesa de operacio­nes, impregnan al visitante con una sensación profunda, mitad de templo, mitad de mausoleo. Las viejas paredes oyeron los gritos de dolor de muchas personas mientras eran operadas con plena conciencia; personas que te­nían que ser sujetadas por hombres robustos para que se estuvieran mínimamente quietas durante penosos ac­tos quirúrgicos...
Pero aquella sala también fue testigo de la primera de­mostración de la capacidad anestésica de un gas.
En la fría mañana bostoniana del 16 de octubre de 1846, los ocupantes del anfi­teatro eran tan escasos como desconfiados. En otras oca­siones ya habían sido defrau­dados en el mismo escena­rio, cuando se les habían anunciado exhibiciones prác­ticas de presuntas anestesias que acabaron entre alaridos del enfermo y denuestos de los espectadores.
John C. Warren, profesor de Cirugía en Harvard, con levita y corbata de lazo, es­peraba en la sala, conversan­do con sus colaboradores. Poco después entraba Gilbert Abbot, al que le iban a ser ex­tirpados unos ganglios en el cuello. En ropa interior y cal­cetines, subió por su propio pie a la mesa de operaciones desde la que, un tanto in­quieto, no perdería detalle de lo que ocurría a su alrededor.
«Esto no es un engaño»
Pasaban los minutos sin que apareciera el que iba a aplicar la prometida aneste­sia, y todos empezaban a im­pacientarse. Al cabo de un cuarto de hora, John C. Wa­rren se cansó de esperar y, en voz alta, comentó sarcásticamente: «Bien... Parece que el Dr. Morton ha tenido algo más interesante que hacer...» Pero cuando los mozos ya procedían a sujetar al paciente, entró en la sala el esperado William T. Mor­ton. Con paso decidido e in­diferente a los comentarios sobre su demora, se acercó al enfermo. Conversó con él unos instantes y en seguida aplicó a su rostro una masca­rilla conectada a una pequeña esfera de vidrio en cuyo inte­rior había una esponja empa­pada en éter. Poco después, Gilbert Abbot quedaba dor­mido y no se despertaría du­rante la intervención... Al ter­minar de hacer la última sutura, Warren se volvió hacia el anfiteatro y pronunció una frase que ha pasado a la Historia de la Medicina: «Caballe­ros, esto no es un engaño.»
Desde tiempos remotos, los médicos han intentado hallar una anestesia lo suficientemente profunda como para que, sin poner en peli­gro la vida del paciente, permitiera intervenirle sin dolor. Con ese fin se utilizaron sus­tancias tan diversas como las bebidas alcohólicas, el ha­chís, la mandragora, el opio, la cicuta, las "esponjas som­níferas" o la cocaína. Esos productos, masticados o in­geridos, no permitían, sin embargo, más que una leve y fugaz reducción del dolor; y hacer que el paciente perdiese la conciencia mediante estrangula­ción o golpes en la cabeza siempre fue algo arriesgado por lo imprevisible y la gravedad de sus consecuencias. Se entiende, pues, que du­rante mucho tiempo se recurriera a sujetar al pacien­te mientras actuaba el ciruja­no. Así, las intervenciones te­nían que ser breves y casi siempre se limitaban a trau­matismos, amputaciones y situaciones críticas.
Los pasos decisivos
Hemos de esperar hasta fi­nales del siglo XVIII para que los químicos sinteticen los dos primeros anestésicos propiamente dichos: el óxido nitroso y el éter dietílico, que por diversas razones no fue­ron introducidos en Medicina hasta mediados del XIX. Se­rían dos odontólogos de Boston, Horace Wells y William Morton, los que da­rían los pasos decisivos.
En 1844, Wells se aneste­sió a sí mismo varias veces con óxido nitroso; pero cuan­do pretendió hacer una de­mostración en el Hospital Ge­neral de Massachusetts, co­metió un error técnico y fra­casó estrepitosamente. En ensayos posteriores incluso hubo un caso de muerte atribuible al anesté­sico, y Wells, hundido  por la vergüenza y la depresión se suicidaría poco después.
Morton conocía los trabajos de Wells y también hizo pruebas con el óxido nitroso. Sin embargo, en experimen­tos realizados en perros y consigo mismo, el éter resul­tó más cómodo y seguro. De esta forma, en octubre de 1846 pudo demostrar públi­camente la eficacia de un método que, por fin, «no era un engaño».
En 1847 se introduciría el cloroformo, que tenía la ven­taja de ser más seguro en su manejo y el inconvenien­te de producir graves alteraciones cardio­vasculares; pero el hecho anecdótico de que la Reina Victoria de Ingla­terra lo eligiera el 1848 como anes­tésico en uno de sus partos, alen­taría su uso has­ta bien entrado el siglo XX. En años posterio­res, la anestesia avan­zaría por tres grandes caminos: por un lado, a través del descubri­miento de nuevos gases anestésicos más efica­ces y seguros -ciclopropano, halotano, etcétera-; por otro, mediante el perfecciona­miento de los aparatos que administran esos gases, y, finalmente, por el desarrollo de máquinas y técnicas capa­ces de garantizar, simultánea y automáticamente, una ade­cuada oxigenación de la san­gre del operado. Todo ello, unido a la posibilidad de in­ducir anestesias no sólo ge­nerales y profundas, sino también locales y regionales que mantienen consciente a la persona, y de emplear re­lajantes musculares, permiti­ría llevar a cabo intervencio­nes quirúrgicas cada vez más precisas y seguras.
Adiós a la agonía
¿Podríamos siquiera ima­ginar las modernas cirugías torácica y abdominal, las ci­rugías traumatológica o vas­cular, o la laboriosa cirugía de los trasplantes de hígado o corazón, por poner sólo unos ejemplos, sin el apoyo básico de la anestesia?
En los alrededores de Bos­ton se encuentra el cemente­rio de Mont Auburn. Allí repo­san los restos mortales de aquel odontólogo que en oc­tubre de 1846 hacía detener­se el tiempo en una sala de operaciones del Hospital Ge­neral de Massachusetts. Sobre su tumba hay un mo­numento de piedra en el que pueden le­erse las siguientes palabras de Henry Jacob: «William T. Q. Morton. Inventor de la inhalación anestésica. Antes de él, la cirugía era siempre agonía. Gra­cias a él, se puede evitar el dolor quirúrgi­co. Desde él, la ciencia controla el dolor.

Referencia: Santiago Prieto 

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