viernes, 28 de agosto de 2015

EL CÁNCER, OBESIDAD, ACIDOS BILIARES Y FLORA INTESTINAL

EL CÁNCER, OBESIDAD, ACIDOS BILIARES Y FLORA INTESTINAL

El cáncer es aún una de las enfermedades más terribles que azotan a la humanidad. Una gran cantidad de recursos e inteligencia se han dedicado a la lucha contra esta dolencia, lo que ha posibilitado algunos logros importantes hacia su curación. Sin embargo, si importante es curar el cáncer una vez declarado, más importante aún es evitar que aparezca en primer lugar. La prevención del cáncer es, sin duda, una estrategia más juiciosa que intentar curarlo una vez aparecido.

Para prevenir el desarrollo de una enfermedad, conviene conocer sus causas. Hoy está claramente establecido que el cáncer es una enfermedad genética. Solo puede producirse si se generan mutaciones en algunos genes importantes para el control del crecimiento o de la muerte celular. Se sabe que existen numerosas sustancias o factores carcinógenos, todos los cuales, de una manera u otra, acaban por modificar químicamente al ADN y producir mutaciones. Evitar el contacto con dichos factores promotores de cáncer es, por tanto, primordial para evitar desarrollar un tumor.

No obstante, algunas causas de cáncer bien establecidas continúan envueltas en el misterio desde el punto de vista de los mecanismos moleculares involucrados en el desarrollo de los tumores. Una de ellas es la obesidad. Los obesos muestran mayor incidencia de algunos tipos de cáncer, en particular de hígado, pero se desconocen las causas que la originan. ¿Cómo puede un exceso de grasa en el tejido adiposo llegar a causar daño en el ADN del hígado hasta el punto de inducir un tumor?

Algunos factores que podrían explicar este fenómeno han sido recientemente descubiertos. Entre ellos, se encuentra un mayor nivel de inflamación –asociado con la obesidad– que puede contribuir también al desarrollo del cáncer, así como cambios en las bacterias de la flora intestinal que participan en el desarrollo de una respuesta inflamatoria anormal. Como sabemos, la respuesta inflamatoria es parte de la lucha habitual del sistema inmune contra los microorganismos, y un mayor nivel de inflamación podría generar sustancias que activaran no solo al sistema inmune sino que también promovieran el desarrollo de los tumores. No obstante, de nuevo, es necesario comprender si estos factores ayudan a dañar al ADN y a producir mutaciones que generan cáncer.

Investigadores de varias universidades y centros de investigación japoneses abordan este problema en una serie de elegantes experimentos con razas obesas y no obesas de ratones de laboratorio, a los que alimentan con diversas dietas ricas o no en grasas. ¿Qué han hallado en sus estudios?

En primer lugar, los investigadores encuentran que si se mantiene a los ratones en un entorno limpio y libre de bacterias, el desarrollo del cáncer de hígado no es diferente entre ratones obesos a los que se alimenta con una dieta rica en grasas y ratones delgados a los que se alimenta con una dieta normal. Así pues, la dieta y la obesidad por sí solas no afectan al desarrollo de los tumores. Es necesario invocar la existencia de otros factores, en particular microorganismos que estimulan al sistema inmune y factores promotores del desarrollo tumoral.

Para comprobar esta posibilidad, los investigadores tratan a ratones al poco de nacer con un mutágeno –una sustancia química que produce mutaciones en el ADN–. En este caso, las cosas son muy distintas: todos los ratones alimentados con una dieta rica en grasa, pero ninguno de los alimentados con una dieta normal, desarrollaron cáncer de hígado. Claramente, el mutágeno junto con una dieta rica en grasa favorece el desarrollo del cáncer hepático, pero, de nuevo, ¿por qué? ¿Cómo ayuda la dieta rica en grasa al mutágeno para, literalmente, causar una explosión de tumores en los ratones?

Los autores estudian entonces si alguna sustancia implicada en el metabolismo o absorción de las grasas estuviese involucrada. Es conocido que para la correcta absorción de las grasas, la bilis y los llamados ácidos biliares producidos por el hígado desempeñan un papel importante. Los científicos detectan así un alto nivel del llamado ácido desoxicólico, un ácido biliar, en la sangre de los ratones alimentados con una dieta rica en grasas. El ácido desoxicólico era ya conocido por participar en el desarrollo de algunos cánceres, como el cáncer colorrectal, y se sabe que es producido por la acción de la flora intestinal sobre la bilis. De hecho, los investigadores comprueban que la concentración de ácido desoxicólico disminuye en la sangre de ratones tratados con un antibiótico que ataca a la flora intestinal, y demuestran que el tratamiento con un coctel de cuatro antibióticos resulta en una reducción muy marcada en cáncer de hígado en esos animales.

Estos estudios, publicados en la revista Nature, dejan ahora bastante más clara la relación entre obesidad y cáncer. De hecho, no es la obesidad la causante del cáncer, sino la dieta rica en grasas que la origina y la mantiene, y que genera también una producción aumentada de bilis, la cual, a su vez, es metabolizada por la flora intestinal para producir un derivado químico, el ácido desoxicólico, que es devuelto al hígado por la sangre y acaba contribuyendo así a la generación de cáncer hepático (y quizá también a la de otros tipos cánceres).

Ahora que sabemos cómo todo esto funciona, tal vez creamos con menos dudas que estar obesos y una mala alimentación continuada acabará con nuestra salud; tal vez estemos más convencidos de ponerle remedio. Es una de las ventajas del conocimiento científico, que nos pone cara a cara con la realidad y nos fuerza a tomar decisiones.

Autor:

Jorge Laborda

LOS GENES EN LA POLÍTICA

LOS GENES EN LA POLÍTICA

Recientemente numerosos estudios científicos han demostrado que las tendencias políticas poseen una fuerte base biológica. Aunque resulte chocante, estos estudios indican que son en gran parte heredables, es decir, debidas, una vez más, a los inevitables genes. No obstante, la base biológica y genética de las ideologías políticas no debiera resultar sorprendente si pensamos que estas incluyen dimensiones vitales tan importantes como el sexo (anticonceptivos, aborto…), la familia, la educación, la autonomía personal y, en general, la manera en que uno se organiza para vivir su vida. Estos aspectos son fundamentales para nuestra adaptación social y lo han sido para nuestra supervivencia como especie.

Además, es también indudable que las tendencias políticas son similares entre los miembros de una misma familia, lo que ya apunta a una dependencia de los genes. De hecho, un estudio pionero ya identificó genes asociados a las diversas tendencias políticas, es decir, los causantes del “trastorno de izquierdas” o del “síndrome de derechas” o aún de la “enfermedad del centro”, ya que de síndromes, enfermedades y trastornos se trata cuando hablamos de política, al menos últimamente (“Our Political Nature: The Evolutionary Origins of What Divides Us”, o “Nuestra naturaleza política: los orígenes evolutivos de lo que nos divide”, de Avi Tuschman).

Los estudios invitaron a un grupo de investigadores de varias universidades de EE.UU. y del Reino Unido a considerar la idea de si las respuestas neuronales frente a ciertos estímulos (por ejemplo, imágenes desagradables o placenteras) estarían de algún modo asociadas a la ideología política. Para comprobar si su idea era cierta, los investigadores realizan un curioso experimento, que publican en la revista Current Biology, en el que son capaces de determinar mediante resonancia magnética funcional la actividad cerebral de 83 voluntarios sanos mientras observan imágenes de distinto contenido emocional. Las emociones evocadas por las imágenes y su intensidad, sin duda, se deben más a la biología que a la cultura, ya que nadie necesita aprender a sentir miedo, placer o disgusto. Por esta razón, se dijeron los investigadores, si las tendencias políticas poseen una base biológica deberían estar relacionadas con ciertas características de la respuesta emocional evocada en el cerebro por las imágenes.

Imágenes tendenciosas

Los investigadores utilizaron para el experimento imágenes sin contenido político, incluidas en un conjunto estándar aceptado por la comunidad científica. Algunas de estas imágenes con capacidad de evocar de manera consistente emociones como angustia, miedo o placer, mientras que otras no evocan emoción alguna.

Tras observar las imágenes conectados al escáner que registraba su actividad cerebral, los voluntarios rellenaron un cuestionario en el que clasificaban las imágenes de acuerdo a las sensaciones subjetivas que les habían producido. Los participantes también rellenaron cuestionarios para determinar su afinidad política, su sensibilidad a estímulos desagradables y su estado de ansiedad. El cuestionario para determinar la afiliación política es también estándar y capaz de situar en una escala del 0 (muy de izquierdas) al 1 (muy de derechas), la tendencia política de cada cual.

En base a la puntuación obtenida, los participantes fueron clasificados en el grupo de “izquierdosos”, “derechosos” o “centrosos”. Curiosamente, cada uno de estos grupos incluyó a un tercio de los participantes: las tendencias políticas estaban muy repartidas. Ninguno de los grupos mostró diferencias significativas a la hora de clasificar las imágenes y las emociones que les evocaron. Por tanto, a nivel subjetivo, las imágenes parecían ejercer efectos similares fuera cual fuera la tendencia política.

Una vez determinado esto, los investigadores utilizaron un programa de inteligencia artificial para analizar los datos de la actividad cerebral y encontrar diferencias, si las hubiere, o algún patrón que pudiera predecir, solo examinando la imagen cerebral en respuesta a algún tipo de imagen, la tendencia política del dueño del cerebro. Es aquí cuando surge la sorpresa. Los investigadores identifican así varias regiones cerebrales que se activan preferentemente en personas de tendencia política conservadora, y en respuesta a la observación de imágenes desagradables, pero no de otro tipo. Estas regiones fueron diferentes a las que se activaron en respuesta a las mismas imágenes en personas de tendencia progresista. Esta tecnología ha sido también utilizada para distinguir personas sanas de las que presentan síntomas de autismo, lo que indica que puede ser válida para determinar cómo un mismo estímulo genera diferentes respuestas neuronales de acuerdo a diferentes tendencias de la personalidad o al estado de salud mental.

Mientras seguimos creyendo que nuestras ideas políticas son puramente racionales y que los que piensan de otro modo se equivocan, resulta que las respuestas emocionales frente a los estímulos externos, determinadas en gran medida por los genes, tienen posiblemente la última palabra sobre lo que pensamos, aunque no seamos conscientes de su influencia. Tal vez el debate político no consista tanto en defender ideas racionales como en evocar las emociones correctas en el interlocutor… Tal vez los profesionales de la política ya lo saben sin necesidad de tanto estudio.

Referencias:

Jorge Laborda

http://noticias.perfil.com/2015/02/25/la-ideologia-en-los-genes/