jueves, 1 de enero de 2015

EL TONTO ELOGIO DE LA LOCURA. ACERCA DE LA MITOLOGÍA, LA CIENCIA Y LA ESTUPIDEZ ILUSTRADA

EL TONTO ELOGIO DE LA LOCURA.
ACERCA DE LA MITOLOGÍA, LA CIENCIA Y LA ESTUPIDEZ ILUSTRADA

“Nuestras clases medias ilustradas ´leen´ la excentricidad y hasta la locura como la clave de la genialidad de un artista”.
Daniel Flichtentrei.

"El genio dramático de Robin Williams no fue producto de su enfermedad mental, su suicidio sí", dice Scott Barry Kaufman hoy en Scientific American.

La extensa mitología que circula acerca de las enfermedades mentales, no sólo es falsa, sino que refuerza el estigma y entorpece la atención de los enfermos.

Existe una tonta idolatría de la locura que procede del desconocimiento y del dualismo más ingenuo. Ya se sabe que un mito es mucho más poderoso que una verdad. Sin embargo alguien debe decir aquello que contradice nuestras creencias cuando ocasionan daño.

Vale la pena recordar una frase de la Dra. Kay Redfield Jamison acerca de Vincent Van Gogh: “La mayoría de las personas con enfermedades mentales no son inusualmente creativas, y la mayoría de las personas creativas no son enfermos mentales”. Sobran los ejemplos en los que la superstición popular atribuye el genio a la locura: Artaud, Kafka, Rimbaud, Alejandra Pizarnik, Ernst Hemingway, Jimy Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain, Amy Winehouse y más recientemente Philip Seymour Hoffman o Robin Williams como tantos otros.

Las investigaciones científicas refutan esta creencia en términos epidemiológicos con datos contundentes que se han replicado en infinidad de oportunidades. La enfermedad psiquiátrica es un terrible padecimiento para los pacientes y para sus familias. Es idiota y criminal el elogio de la locura como un signo de actitud contestataria contra el orden establecido y las buenas costumbres burguesas.

El suicidio no es un acto de rebeldía política sino un signo - el más rotundo de todos- de una grave perturbación psiquiátrica. No es apelando a modelos de psicopatología dualistas, hemipléjicos y "descerebrados" que se puede esperar modificar el desenlace fatal de tantos casos. Encontrar una alternativa que otorgue esperanza a los enfermos en un futuro cercano tiene como condición indispensable estudiar -y admitir- los fundamentos genéticos, biológicos, psicológicos y sociales, contemplar en todas sus dimensiones la naturaleza compleja y multideterminada del fenómeno de la muerte por mano propia.

La crítica social es una actitud legítima pero requiere de mentes lúcidas y saludables para ejercerse. Los genios enfermos lo fueron pese a su patología y no gracias a ella. Quienes profesan esta “idolatría por el demonio” difunden una idea peligrosa que no es producto de ninguna genialidad sino apenas una triste muestra de su arrogante y patética ignorancia.

Nuestras clases medias ilustradas "leen" la excentricidad y hasta la locura como la clave de la genialidad de un artista. Esto habla más de ellas mismas que de aquellos que idolatran. Se sostienen ideas descabelladas como producto de un triste analfabetismo científico alimentado por décadas de culto al outsider y de egomanía de diván. Su actitud no solo es ignorante sino socialmente peligrosa. El culto romántico a la locura es una irresponsable aberración cultural.

La comunicación de los casos de suicidio de personajes famosos debe ser una oportunidad para la educación, la prevención y para desarticular el estigma y las falsas creencias. Ni la morbosidad que viola la intimidad de las personas, ni la celebración encubierta de una tragedia personal contribuyen a la toma de conciencia social sobre el tema.

Solo en los Estados Unidos se suicidan 40.000 personas por año, más que las que mueren por accidentes de tráfico (34.000), o por cáncer de próstata (29.000) y más del doble de las que son asesinadas (16.000).1 Se suicidan más ex-combatientes de la guerra de Irak que los que murieron en el campo de batalla.

Uno de los colectivos profesionales con más alta tasa de suicidios es el de los médicos entre quienes se producen unas 400 muertes al año en ese país, más que una escuela de medicina completa. Los resultados combinados de 25 grandes estudios muestran que el suicidio entre médicos varones es 40% más alto que en la población general y entre médicas es 130% más frecuente 2; 3.

En general hay más intentos de suicidios entre las mujeres pero más resultados fatales entre los hombres en todas las poblaciones analizadas. Si bien la mayoría de las personas que se suicidan padecen depresión (350 millones en el mundo según la OMS), menos del 4% de los pacientes depresivos se suicidan. Se reconocen una cantidad de circunstancias que potencian esa posibilidad, entre ellas: padecer trastorno bipolar, episodios depresivos mixtos, adicciones como comorbilidad psiquiátrica y la pobreza como factor social.

Es precisamente el grupo de edad al que pertenecía Robin Williams (45 a 64 años) el que presenta la tasa más alta de suicidios superando incluso a los jóvenes y a los ancianos. Las muertes auto provocadas en este grupo etáreo han aumentado en los EE. UU 40% en la última década (datos del CDC) reportados en The Wall Street Journal. 4

El elogio de la marginalidad del enfermo mental proferido desde un bar de Palermo Hollywood o desde las páginas de alguna revista cultural es un insulto. Los auténticos marginales son los millones de personas que hoy en el mundo viven en condiciones infrahumanas, sin acceso a las condiciones básicas de dignidad, por fuera de los sistemas de salud y que padecen y mueren a edades inadmisibles.

Miles de enfermos mentales deambulan por las salas de los hospitales psiquiátricos buscando soluciones reales -y no imaginarias o meramente discursivas- para sus devastadoras patologías. Sus familias buscan desesperadamente atenuar el padecimiento de la persona que aman. No son héroes sino víctimas. La locura no libera de nada, muy por el contrario, es una cárcel feroz que encadena la existencia, oscurece la razón, mutila el talento y nos aísla de los otros. Pero a ningún pseudo-intelectual postmoderno, idólatra de la locura, del suicidio redentor o de la manía creadora se la ha ocurrido jamás que ni la creatividad, ni el genio, ni la rebeldía son producto de la enfermedad sino de la salud.


Autor: Daniel Flichtentrei
Fuente: IntraMed

Referencias

1. Nature, Suicide Watch: http://www.nature.com/news/suicide-watch-1.14691

2. Am J Psychiatry. 2004 Dec; 161(12):2295-302. Suicide rates among physicians: a quantitative and gender assessment (meta-analysis). Schernhammer ES1, Colditz GA.

3. Taking Their Own Lives — The High Rate of Physician Suicide http://www.nejm.org/doi/pdf/10.1056/NEJMp058014Suicide Rates Among Physicians: A Quantitative and Gender Assessment (Meta-Analysis) http://journals.psychiatryonline.org/data/Journals/AJP/3987/2295.pdf


4. Robin Williams's Age Group at Heightened Suicide Risk  http://online.wsj.com/articles/robin-williamss-age-group-at-heightened-suicide-risk-1407875597

LA ENFERMEDAD DE JULIO CÉSAR

LA ENFERMEDAD DE JULIO CÉSAR

La enfermedad fue calificada por los hombres en la antigüedad hasta no hace mucho, como un castigo divino. La Medicina no fue otra cosa durante miles de años que la búsqueda de una intercesión entre la divinidad y el hombre. Pero si las enfermedades tenían un origen divino, sólo una ha sido calificada como enfermedad sagrada: la epilepsia.
      
La epilepsia no es una patología única, sino un conjunto de enfermedades caracterizadas toda ellas por la aparición brusca en el individuo de manifestaciones motoras -convulsiones, espasmos, etc.-, sensitivas -alucinaciones ópticas, auditivas, táctiles, etc.- o mixtas, acompañadas frecuentemente de otros fenómenos orgánicos -emisión de espuma por la boca, micción involuntaria, sudoración, etc.- y en no pocas ocasiones de pérdida de conciencia. La causa común se encuentra en la descarga paroxística e incontrolada de energía eléctrica por las células del sistema nervioso central.

Como cada parte del cerebro tiene una función determinada -aunque muchas veces nos sea todavía desconocida- la descarga en un punto u otro se manifestará de distinto modo. La práctica del electroencefalograma permite casi siempre detectar esas anomalías y su localización. Cada tipo de epilepsia tiene su tratamiento específico y hoy día se consigue controlar la mayor parte de las crisis por lo que los pacientes pueden desarrollar una actividad absolutamente normal, algo que les estuvo vedado hasta el descubrimiento, al poco tiempo de comenzar el siglo XX, de los barbitúricos, los primeros fármacos que demostraron tener acción antiepiléptica.

La simple descripción de una crisis de gran mal es lo suficientemente ilustrativa para comprender que quien asiste a una de éstas quedará intensamente impresionado y no lo olvidará mientras viva. Ahora podemos imaginar lo que sentirían en la antigüedad los hombres y mujeres que desconocían por completo el origen orgánico de la enfermedad y no podían ni soñar con su control mediante unos comprimidos tomados a las horas de comer. Lo imprevisible de su aparición, la espectacularidad de su sintomatología, el mismo hecho de que el sujeto no recuerde lo que le ha pasado, como si hubiera permanecido fuera de la realidad, transportado a otro mundo; todo ello unido a que en un gran porcentaje de los casos las personas epilépticas demuestran poseer una inteligencia superior a las normales -sin que la ciencia moderna haya sabido tampoco explicar esta circunstancia-, tuvo que hacer que se les considerase como seres muy especiales, pertenecientes a otra "dimensión" y, por tanto, "sagrados".

La historia nos refiere varios casos de epilépticos entre los personajes célebres que llenan sus páginas. Su enfermedad no figura en lugar destacado de sus biografías, todo lo más como dato anecdótico, y, sin embargo, vamos a conocer a algunos en los que pudo tener mayor trascendencia de la que a primera vista parece.

Los ataques de Julio César

Como afectado de gran mal debemos considerar a Julio César. Todos sus biógrafos nos dejan constancia de los ataques que sufría durante los cuales se quedaba junto a él sólo un esclavo griego que le atendía solícito desde su juventud; todas las demás personas debían ausentarse respetuosamente porque César no hubiese permitido jamás ser convertido en espectáculo. En las jornadas previas a algunas de sus grandes batallas sufrió crisis convulsivas en su tienda de campaña y llegó a decirse que durante las mismas recibía la inspiración para el desarrollo bélico que siempre le condujo de triunfo en triunfo. Al llegar a Egipto en persecución de su enemigo Pompeyo conoció a Cleopatra y la relación amorosa y política entre estas dos personalidades tan singulares pudo cambiar la historia del mundo. Lo que ahora me interesa relatar es la influencia que la epilepsia de César pudo tener en el establecimiento de aquella relación.

Se cuenta que Cleopatra asistió a escondidas a alguna crisis y mandó llamar a los mejores médicos egipcios que había en la corte de Alejandría. Estos médicos, poseedores y practicantes del amplísimo bagaje de saberes acumulado durante dos mil años en el país de los faraones, debían tener conocimientos para tratar aquella enfermedad que aquejaba al ilustre huésped de su reina. Los médicos de Cleopatra, en efecto, proporcionaron a ésta algún remedio que ella se apresuró a entregar a César aun a riesgo de tener que reconocer que había presenciado sus ataques. Aquel obsequio ayudó a que se entablara una relación más cordial entre ambos que fructificó en todos los extraordinarios sucesos que nos enseñan los libros de Historia.

Durante los siglos medievales muchos epilépticos fueron considerados, más que como seres en directa relación con la divinidad, como posesos del demonio y sometidos en consecuencia a exorcismos y a otras prácticas menos espirituales para conseguir que el maligno abandonase sus atormentados cuerpos. En otras ocasiones se les incluía en el censo de los locos y pasaban a nutrir las lóbregas instituciones que en esa época se ocupaban de mantener a los enajenados fuera del contacto con el resto de la sociedad. Uno de los primeros beneficios que reportó el nuevo concepto de enfermedades mentales surgido en el siglo XIX fue el de separar de éstas a la epilepsia y clasificarla como una dolencia del sistema nervioso absolutamente distinta de cualquier forma de locura.

Autor: Dr. José Ignacio de Arana Amurrio
Profesor de la Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid.

Fuente: El Médico Interactivo