sábado, 30 de octubre de 2010

OTITIS. DOCTOR PERCY ZAPATA MENDO.

OTITIS

La otitis media es una inflamación del oído medio producida por diferentes microbios. Casi siempre va precedida de una infección de las vías respiratorias altas, como catarros, faringo amigdalitis y rinitis, entre otras, que, al producir edema -hinchazón de los tejidos faríngeos-, obstruye la desembocadura de la denominada "trompa de Eustaquio". Las secreciones y el material de desecho, junto con microbios que se multiplican en ese "caldo", se acumulan en el oído medio y llegan, incluso, a producir pus.

Algunos misterios

Pese a ser una enfermedad tan común, se desconocen muchas cosas acerca de ella, no se sabe, por ejemplo, por qué hay niños que sufren episodios repetidos de la enfermedad. Algunos tienen malformaciones como fisuras en el paladar, pero en la mayoría no se encuentra ninguna alteración. Un lactante que padece una otitis media en los primeros seis meses de vida tiene muchas posibilidades de pade¬cer otros episodios. Algunos niños con alergias respirato¬rias padecen también otitis con mayor frecuencia.

Está demostrado que los lactantes alimentados con leche materna padecen menos otitis que los que toman biberón. Esta circunstancia parece obedecer a dos factores: la presencia, en la leche materna, de diversas sustancias capaces de proteger al niño frente a las infecciones, y la posición que se adopta cuando se alimenta al niño, que, en el caso del biberón, facilita el paso del alimento hacia la trompa de Eus¬taquio, alterando su funcionamiento.

Los niños que asisten al jardín padecen otitis media con más frecuencia que los que no lo hacen, pues las posibilidades de contagio entre ellos en una habitación cerrada y con la sola presencia de un enfermo, basta para que prolifere sin barreras el contagio, y al tener más infecciones respiratorias altas, hay mayor predisposición a la otitis.

La otitis media aguda se manifiesta de forma diferente según la edad del niño. En los lactantes, el diagnóstico puede ser difícil, ya que, con frecuencia, no hay síntomas que permitan localizar la enfermedad. Así, el niño puede tener fiebre más o menos intensa, intranquilidad, llanto persistente o intermitente -que puede aumentar con la toma del alimento e incapacidad para conciliar el sueño. En ocasio¬nes, el niño, mientras llora, agita la ca¬beza con movimientos laterales, lo que constituye una pista muy valiosa. Otras veces, por el contrario, los síntomas más llamativos no parecen guardar ninguna relación con el aparato auditivo; es el caso de los vómitos y la diarrea. Esto es debido al desequilibrio que la infección produce en todo el organismo. La reacción del niño presionándose con el dedo la entrada del conducto auditivo externo, para desencadenar dolor, puede ayudar al diagnóstico, pero, a veces, es éste un signo difícil de valorar. Si la infección progresa, se produce perforación del tímpano. En este caso, el pus acumulado en el oído medio puede salir, a través de la perforación, hacia el exterior y hacerse visible. No es infrecuente que la ruptura del tímpano, al aliviar la presión en el oído medio, se acompañe de una disminución del dolor y de una mejoría del estado general del niño.

Latidos y pinchazos

Los niños mayores, al principio de la infección, pueden quejarse de una "sensación de ocupación del oído" y "audición amortiguada". A medida que la enfermedad avanza, aparecen dolor y sordera. Cuando el niño es lo suficientemente mayor, el dolor se describe como "pinchazos" o "latidos dolorosos" que son sincrónicos con el pulso. En estos niños pueden faltar la fiebre y otros síntomas generales.

La otitis media infantil puede presentar complicaciones importantes, por lo que siempre requiere cuida¬dos médicos. Los padres pueden calmar el dolor con calor local seco -paños calientes- o analgésicos. Es importante no poner gotas óticas en el oído, ya que esto puede dificultar o imposibilitar la visualización de la membrana del tímpano.

Cura de antibióticos

El tratamiento se realiza con antibióticos y dura entre 10 y 14 días. En general, se aprecia una mejoría evidente a las 24 – 48 horas; el dolor, la fiebre y los demás síntomas desaparecen o disminuyen. Si esto no ocurre, puede ser necesario cambiar el trata¬miento antibiótico o practicar una pequeña incisión en el tímpano para permitir la salida del pus. Por tanto, es importante que el niño sea controlado por el médico a las 72 horas y también después del tratamiento, a fin de verificar tanto la mejoría como la curación definitiva.

Con la otitis media, algunos niños, aun cuando el tratamiento haya sido eficaz, pueden quejarse de sordera durante algunos días o semanas después. Esto se debe a que en el oído medio queda una pequeña cantidad de líquido, ya sin infección, que puede entorpecer la conducción del impulso auditivo, y que en la mayoría de los casos desaparece espontá¬neamente, sin necesidad de tratamiento. De no ser así, debe recurrirse a la ayuda de un especialista.

CASOS CRONICOS

Un problema parti¬cularmente importante es el de los niños con episodios frecuentes de otitis. Algunos de ellos tienen alergias respiratorias o disminución de la capacidad para defenderse de las infecciones, pero en la mayoría no se encuentra ninguna causa. A veces, el retirar temporalmente al niño del jardín puede ayudar a resolver el problema, al disminuir sus infecciones respiratorias. En otros casos, el pequeño puede beneficiarse de un tratamiento antibiótico diario, durante los meses de invierno, período en el que esta enfermedad es más frecuente. En todo caso, dado el impacto que la sordera puede tener en el desarrollo psicomotor del niño, la atención continua del médico es esencial en la otitis recu¬rrente o crónica.

ESTRUCTURA DEL OIDO

Para comprender mejor el mecanismo de la audición conviene conocer las distintas partes que conforman el aparato auditivo: oído externo, medio e interno.

El oído externo está formado por el pabellón auricular y el conducto auditivo externo. El oído medio es una especie de cavidad que conecta, por un lado, con el conducto auditivo externo y, por el otro, con el oído interno. Pero la conexión no es completa: en medio se sitúa una membrana, el tímpano, desde el cual parte una especie de cadena formada por cuatro huesos diminutos que llegan hasta el oído interno. Del oído medio parte, igualmente, la denominada "trompa de Eustaquio", un tubo de calibre muy fino que llega hasta la nasofaringe zona donde se unen la cavidad nasal y La faringe; por este tubo fluyen, hasta lle¬gar a la mencionada faringe, las secreciones y los materiales de desecho del oído medio. Cuando este órgano se obstruye, el oído medio se llena de secreciones.

La audición tiene lugar al llegar las ondas sonoras al tímpano, donde producen una vibración que se transmite por la cadena de huesos pequeños hasta el oído interno. Desde ahí van al cerebro, donde son "interpretadas" y producen la sensación de sonido. Las secreciones estancadas en el oído medio pueden entorpecer el movimiento de los huesos y, portante, la audición.


Referencia: Colaboración del Departamento de Pediatría del Hospital Doce de Octubre.

FALTA DE APETITO. DOCTOR PERCY ZAPATA MENDO.

LA FALTA DE APETITO

Uno de los problemas que más frecuentemente se plantean en una consulta de Pediatría es el del niño con falta de apetito.

Hay que distinguir entre la anorexia -falta de apetito- aguda o transitoria, que generalmente es expresión de un trastorno orgánico ocasional -como una infección banal-, y la anorexia crónica o persistente que rara vez es secundaria a un problema orgánico y que suele deberse a un trastorno del comporta¬miento del niño.

En la mayoría de los casos, la anorexia es un problema de actitud del niño. Es conveniente que lo vea un pediatra para descartar una causa orgánica.

Cuando la anorexia es aguda, suele ser un síntoma acompañante de otro proceso subyacente, no es raro que la madre llegue a la consulta quejándose de que el niño ha dejado de comer, y, al preguntar si no tiene algo más, recuerda: «¡ahí, sí, además tiene 40 de fiebre». Evidentemente, lo importante en este caso es la fiebre y la enfermedad que la produce, y lo que hay que tratar es este proceso.

Algo tan natural como el deseo de alimentarse se suele alterar por el manejo obsesivo que hacemos de ello. La información que reciben los padres sobre las necesidades nutricionales de los niños, si malentiende, hace que se impongan unas normas rígidas sobre lo que el niño debe comer, ignorando que cada uno es diferente.

Es magnífica la descripción que un pediatra hacía en 1932 sobre el esfuerzo que hace toda familia para conseguir que un niño coma: «En muchas casas se lleva a cabo una batalla día a día. Por un lado, avanza un ejército armado de persuasiones, zalamerías, engatusamientos, engaños, halagos, súplicas, intimidaciones, regaños, críticas, amenazas, sobornos y castigos, cuya bandera es la excelencia de la comida, lo cual demuestran llorando o haciendo como que lloran, haciendo tonterías, cantando, contando cuentos, mostrando un libro con ilustraciones, encendiendo la radio, tocando el tambor cuando entra la comida al cuarto con la esperanza de que sea bien recibida, o pidiendo a la abuela que realice una danza de sus tiempos, y otros procedimientos rutinarios que mo-dernizan diariamente. Por el otro lado, se encuentra el pequeño tirano resuelto a no darse por vencido y, si lo hace, capitulará bajo sus propios términos. Dos de sus armas más poderosas son el vómito y la holgazanería.

Técnicas dudosas

Los padres practican diversas técnicas para conseguir que su hijo coma, y, por supuesto, el niño encantado con ser el centro de toda la familia. Un prestigioso pediatra inglés, el doctor Illing Worth, describe diferentes métodos para obligar a un niño a comer:

La persuasión. Consiste en intentar convencer al niño por las buenas. Se le dice que se pondrá fuerte como Superman; se le pide que tome una cucharada "por papá", otra "por mamá", y otra más "por la abuelita o la tía María". Al niño le importa poco estar fuerte como Superman y no entiende por que tiene que tomar una cucharada por la tía María.

La distracción. Consiste en distraer al niño con la televisión, cuentos o simulando, con la cuchara, un avión que va en picado hacia su boca. Todo para que el niño olvide que no quiere comer, y por supuesto está encantado con todo ese lío; sabe que si comiera, se acabaría el circo.

El soborno. La mayoría de los padres no han podido resistir la tentación de sobornar a sus hijos para hacer que coman. Algunos niños logran todo lo que quie¬ren gracias a que no comen.

Las amenazas. Consiste en prometer al niño una serie de terribles castigos. Incluso se les amenaza con no quererles más si no comen o con “llevarles al médico para que les ponga una inyección”- luego, la madre no entiende por qué cada vez que el niño ve una bata blanca se pone a llorar-. El niño pronto se da cuenta de que estos castigos casi nunca se cumplen.

La fuerza. Consiste en taparle al niño la nariz y, aprovechando que abre la boca para respirar, hacerle engullir algo de comida. Esto nunca sale bien, pues el niño se las apaña para escupir toda la comida, y, si logran que la trague, luego la vomita con facilidad.

Entre comidas

La mayoría de las veces que un niño no ha comido suficiente, la madre se queda intranquila y después le com¬pra una bolsa de papitas fritas o un yogurt para que «al menos coma algo». Esto les quita el apetito y en la próxima comida volverán a las andadas.

A veces se establece una competencia entre los pa¬dres para ver quién consigue hacerle comer: «déjame a mí, que ya verás si va a comer...». Si la abuela o la tía viven en casa, también se unen en la batalla y, al final, el niño, consigue que todo en la casa gire alrededor suyo.

Algunas madres están convencidas de que su bebé ha nacido programado para tomar «diez minutos de cada pecho y cada tres horas» o «60 mililitros de biberón cada tres horas, con una pausa nocturna de seis horas». Pues esto no es así, la mayoría de los niños no se saben la lección. Este error puede llevar a una actitud rígida que obliga al niño a comer cuando no tiene hambre, y, encima, la cantidad que pone en el biberón de leche. Cada bebé es diferente y necesita una cantidad de alimento y una frecuencia entre las tomas distintas. Mientras el niño gane peso aceptablemente hay que dejar que se vaya regulando según sus necesidades. Un mismo niño no tiene siempre el mismo apetito. Es muy normal que se salte alguna toma y en otras quiera comer más. Lo mismo puede decirse de la cantidad. Los niños que nacen pequeños suelen necesitar menos cantidad de alimento cada vez y con una frecuencia mayor, no hay que empeñarse en que coma lo mismo que el "vecinito".

Como hemos visto, una de las causas más frecuentes de que un niño deje de comer es que tenga alguna infección. Esta inapetencia se mantiene durante unos días después de la enfermedad; si no se le da más importancia, el niño volverá a comer normalmente. Muchas veces es aquí cuando se inicia la mala diná¬mica con la comida. La madre, angustiada porque el niño se va a morir de hambre, comienza a forzarlo, y el niño, que no se encuentra bien, acaba cogiendo terror a la comida.

Casi todos los niños pasan épocas de inapetencia sin explicación, pero que rara vez afectan a su salud.

Otro momento crucial en la alimentación de un niño es el paso del biberón y las papillas de cereales a los purés salados y las papillas de frutas. Estos tienen un sabor muy diferente, al que el niño se tiene que acostumbrar poco a poco.

Comer sólito

Alrededor del año de vida, el niño comienza a reafirmar su independencia y quiere coger el vaso y la cuchara y comer él sólo. Evidentemente, el puré acabará en cualquier sitio excepto en su boca y es probable que se ponga el plato por sombrero. Esto puede acabar con los nervios de cualquiera, y la madre no le permite continuar esta actividad, con el disgusto del niño que se niega a seguir comiendo. Es preferible poner un plástico grande y permitir que el niño practique con la cuchara mientras nosotros le damos con otra.

El siguiente problema, que se plantea sobre los dos años de vida, es la parsimonia del pequeño cuando come. Los niños no tienen conciencia del tiempo, no tienen ninguna prisa, mientras que la madre está deseando que acabe para recoger la cocina. Generalmente, se regaña al niño para que se dé más deprisa, lo que hace que coma más despacio. Es mejor dejar al niño en paz y establecer un tiempo máximo para comer y después retirarle el plato, sin mostrar preocupación; muchas veces el niño protestará porque sí quiere comer.

Más adelante, cuando el niño comienza a comer en la mesa con los padres, es muy importante que la comida sea un momento familiar agradable. El niño necesita comunicarse, y si en esos momentos los padres están ensimismados viendo la telenovela, se sentirá frustrado y tendrá que hacer algo para llamar la atención -generalmente no comer- y así lograr que se ocupen de él. En otras familias, la comida se utiliza para educar al niño y reprenderle continuamente porque pone los codos en la mesa o come con la boca abierta. De esta manera se crea una situación tensa que hace que el niño viva la comida como un rato desagradable.

El niño suele desarrollar una pérdida de apetito selectiva para algunos alimentos. Estos niños comen bien lo que les gusta, pero rechazan el pescado o la verdura o cualquier otro alimento. Por lo general, hacen esto como una especie de reafirmación de su personalidad. Quieren demostrar que a ellos no tienen por qué gustarles lo mismo que a sus padres. Es importante respetar estos gustos, dentro de un orden. Si no se le da más importancia, lo más probable es que el niño acabe comiendo de todo.


Referencia: José R. Villa Asensi. Con La Colaboración del Servicio de Pediatría del Hospital Doce de Octubre.

LA DIETA DEL ANCIANO SANO. PERCY ZAPATA MENDO.

LA DIETA DEL ANCIANO SANO

En ocasiones, cuando los profesionales de la salud que trabajamos con los ancianos intentamos aconsejar una dieta, se tiende a prohibir una serie de alimentos, en lugar de aconsejar otros, olvidando que no solamente se come para mantener la salud sino también por placer.

Establecer unas normas básicas para una buena nutrición no es tarea fácil, pero no existe ninguna evidencia de que un anciano sano, con buen grado de actividad física, deba seguir una dieta diferente a la de un joven.

Pero, últimamente, la dieta seguida por nuestra población está cambiando en el sentido de reducir o incrementar las calorías ingeridas (se come menos o se come de más), de disminuir la cantidad de frutas y legumbres -se ha visto mermada la ingesta de vitaminas, minerales y fibra y de aumentar el consumo de ácidos grasos perjudiciales-. Por todo ello, la principal recomendación que hay que hacer a las personas mayores es que mantengan los hábitos alimenticios que han seguido durante toda su vida, es decir que sigan una dieta rica, abundante y variada. No obstante, hay una serie de características peculiares en la población anciana que conviene tener en cuenta.

La tendencia a ganar peso con los años se puede atribuir básicamente a una disminución del gasto energético. Es decir, «se ingresa más de lo que se gasta»; por ello, si se quiere comer "bien" sin engordar, es preciso aumen¬tar el gasto derivado de la actividad física, hacer más ejercicio. A modo de ejemplo: caminando una hora se "queman" las calorías de 150 gramos de carne de res.

El agua es vida

El agua es el elemento más importante de los alimentos que consumen los seres humanos. Además, no hay que olvidar que las dos terceras partes del cuerpo humano son agua. Un estado de hidratación adecuado es imprescindible para el buen funcionamiento del corazón, del aparato digestivo, respiratorio y urinario. Los ancianos tienen el "centro regulador de la sed" menos sensible que los jóvenes, es decir, sienten menos la necesidad de beber agua y pueden deshidratarse con más facilidad. Por ello, es altamente recomendable aumentar la ingesta líquida, sin importar el tipo de líquido (agua, zumos, refrescos, caldos, etc.).

Otro problema muy frecuente en la tercera edad es el estreñimiento. Sus causas pueden ser múltiples, pero suele deberse a enfermedades, fármacos y a una disminución de la actividad física. El primer paso en el tratamiento de esta enfermedad consiste en aumentar la ingesta de fibra, ya sea por medio de frutas y verduras, o por preparados comerciales.



Vitaminas, sin pasarse

Las vitaminas son compuestos necesarios en pe¬queñas cantidades para una serie de reacciones bioquímicas. El hombre no es capaz de sintetizarlas, o por lo menos no en cantidades suficientes, por lo que su única fuente son los alimentos. No se ha demostrado que ton la edad aumenten los requerimientos de vitaminas, pero si un anciano reduce su ingesta, disminuye, del mismo , su aporte vitamínico, por lo que la mejor manera de evitar el déficit es consumiendo una dieta abundante y variada. Cuando se sospeche alguna carencia de vitaminas, se debe diagnosticar y tratar, pero en ningún caso parece aceptado suplementar indiscriminadamente a todos los ancianos con vitaminas y minerales.

Los huesos peligran

Con la edad se altera la estructura de los huesos, que se hacen más frágiles, lo que da lugar a la osteoporosis, cuyas consecuencias más devastadoras son las fracturas, sobre todo las de cadera y las vertebrales. Para mantener su resistencia, el hueso precisa calcio y vitamina D. Los alimentos ricos en calcio son los lácteos y sus derivados, y es aconsejable tomar aproximadamente dos vasos de leche al día. La vitamina D se sintetiza en la piel por acción de los rayos solares. En un principio, cabría pensar que en un país soleado como Perú, los ancianos no tendrían problemas con esta vitamina; sin embargo, se ha demostrado que nuestros “viejitos” poseen uno de los niveles más bajos de vitamina D, posiblemente porque los ancianos se protegen contra el sol y, además, son pocos los alimentos enriquecidos con esta vitamina.

Sobre el alcohol, está demostrado que en cantidades modera¬das, unos 20 gramos al día, lo que equivale a dos copas de vino, no es perjudicial. Por esta razón no tiene ningún fundamento la pro¬hibición absoluta en el anciano sano.

Como resumen, habría que insistir en lo importante que es la dieta para cualquier persona, pero especialmente para los ancianos, para quienes comer puede significar uno de los pocos placeres de los que todavía pueden se¬guir disfrutando.



Referencia: Dr. José Antonio Serra Rexach, Servicio de Geriatría del Hospital San Carlos de Madrid.