SER MÉDICO. PERCY ZAPATA MENDO.

SER MÉDICO

Hará unos cinco meses, un alumno pre-universitario, aspirante a estudiar la profesión médica, se apersonó a mi modesto consultorio con el objeto de preguntarme a “boca de jarro”, qué es ser médico en nuestro país. Después de observarle su rostro ansioso y de sondear si la pregunta no tenía un doble trasfondo - pues por la manera de sentarse y de torcer la boca discretamente hacia uno de los lados y enarcar una de las cejas en señal de suficiencia- , intuí que era uno de los que en su academia obtenía un puntaje más destacado en relación a los demás, y que desafortunadamente, recibía elogios estratosféricos por parte de sus profesores y administradores, quienes sí tenían intereses sibilinos de propaganda por si el jovencito ingresaba; así que me tomé unos segundos y le respondí lo que a continuación leerán:
Diez años es el tiempo promedio que nos toma para poder ejercer la profesión médica, vale decir, el doble de lo que le toma a otra profesión. El médico practica su profesión a sabiendas que convive con virus, bacterias o parásitos; ejércitos microscópicos que enfrenta diariamente y que muchos de éstos minarán por dentro su cuerpo y acortarán sus expectativas de vida más que al promedio de una persona normal.
Porque muchas veces somos incomprendidos, pues la gente no entiende  que no hacemos milagros… tan sólo ayudamos en la recuperación de la salud o de mejorar la calidad de vida de los enfermos; no entienden que la curación es el resultado de la intervención diagnóstica y terapéutica del médico, y sobre todo, de la colaboración y compromiso pleno del paciente para con el tratamiento farmacológico y de cambios en el estilo de vida que se requiera.
Que es sorprendente que la gente nos vea como personas que no tienen necesidades básicas y es increíble que no se imaginen que también pagamos la luz, el teléfono, impuestos directos, aportaciones obligatorias de colegiado y un largo etcétera; o que no piensen siquiera que nos enfermamos de las mismas enfermedades al igual que los demás, sólo que con mayor severidad dado que estamos en contacto con gérmenes resistentes a los medicamentos.
Y que el pago de nuestros honorarios muchas veces no están en relación directa a la valiosa recuperación de la salud de quien nos consulta, y causa asombro o pena cuando los pacientes o sus familiares solventan el costo de la consulta a regañadientes, mencionando soterradamente entre dientes que el costo es demasiado caro, que mejor hubieran ido la farmacia más cercana y encima le hubieran atendido gratis; pero estas mismas personas que se quejan no se miden en hacer gastos superfluos al organizar o asistir a fiestas, en comprarse prendas que en muchas ocasiones valen más de cinco veces el valor de una consulta médica y que no usarán por más de tres meses, “porque ya está pasada de moda” o “ya la han usado muchas veces y la gente qué puede pensar”.
Que los pacientes después de una mejoría al tercer día de tomar los medicamentos prescritos, ya no desean hacerlo por el resto de días asignados, pues se sienten mejor y “el doctor seguro que tiene convenio con la farmacia y le dan su porcentaje por cada producto que receta, ya me siento bien, aquí nomás terminamos el tratamiento”. Y cuando recaen, el error no es de ellos, es culpa del médico por no haberles explicado bien que debían de haber terminado el plazo fijado o qué es lo que no debían de comer o hacer. Para el paciente y su familia, es el médico quien siempre se equivoca; en tanto que el enfermo y entorno, siempre ha cumplido al pié de la letra y han contado con el apoyo y supervisión familiar.  
Sabemos de enfermedades que no salen ni en los mejores capítulos de “ER”, del “Dr. House” o en “Anatomía de Grey”, y sin embargo, los pacientes nos comparan con ellos y desean que actuemos como esos personajes ficticios - que cometen cada desliz al pronunciar el nombre de los diagnósticos o potenciales medicamentos o terapias “innovadoras”-. Estos programas en que los médicos reciben a los paciente gravemente enfermos y al borde de una muerte irremediable, piden exámenes cuyos resultados llegan en minutos y el diagnóstico aparece como si Dios hubiera dicho “Hágase la Luz”, y el paciente cual Lázaro se recupera en cuestión de segundos, aparecen familiares alegres, pacientes eufóricos y pletóricos de alegría y disfrutando de una vitalidad renovada o recuperada, termina la escena con todos los personajes fundidos en un abrazo y felicitaciones al equipo médico, y un consejo del médico destacado como epílogo, moraleja incluida; eso sería lo ideal… pero en nuestro medio o en cualquier parte del mundo, por falta de materiales idóneos y modernos, debemos tratar a enfermos usando nuestros cinco sentidos básicos como estuviéramos en la edad media, y a muchos de ellos sin radiografías, análisis o medicamentos; porque el mismo paciente o sus familiares piensan que uno tiene vista de Tomógrafo incorporado y que basta con que les toquemos el pulso cual charlatanes que venden menjunjes jarapellinosonos de sabios jerosolimitanos, y que sabremos en un santiamén qué es lo que padecen; o lo que es más triste aún, piensan que existen medicamentos que pueden curar cualquier dolencia. Cuando pedimos exámenes, que porqué lo hacemos, que mejor esperemos, si no mejoran, allí aceptarían gustosos; y cuando a la semana no mejoran, vienen acompañados de toda la parentela dispuestos a lincharte: padres, hermanos, cuñados, tíos, sobrinos, abuelos, vecinos vocingleros, ¡Ah! Y también el perro, el gato y el perico, y todos piden tu cabeza como Salomé la de Juan el Bautista…allí si pudieran, te quisieran crucificar y dejar en libertad a un millón de Barrabases: ¡Pero si Usted es el Doctor! ¿Por qué no exigió los exámenes si eran necesarios? ¿Por qué no le ha pedido esa “comosellama” donde le meten a uno en una “cuevita” y salen una “radiografías” como en la tele? – verás que todos, a su manera, se convierten en médicos y te sugieren y exigen que hagas tal o cual cosa, mientras que tú, estás boqueando por la falta de aire que esa turba consume en tu pequeño consultorio, amén por causa de ciertos  olores parecidos a las medias no lavadas de futbolistas y puestas a macerar en un rincón por espacio de un mes, expelidos por alguien que le tiene tanta afición al agua como los gatos.
Nuestra vida social generalmente está cercenada, cuando tratamos de entablar una charla cotidiana con alguien, siempre nos salen con preguntas que derivan hacia nuestra profesión, como si no bastara con escuchar las dolencias en nuestro trabajo; pondré un ejemplo, si fuera un panadero, sería de mal gusto que siempre que visitáramos a unos amigos, éstos nos pidan que elaboremos pan…suena irónico, pero es lo que nos pasa casi siempre. Incluso ni podemos estar degustando tranquilos algún platillo en un restaurante sin que alguien se acerque a nuestra mesa y nos pida hacerle una receta para tal o cual familiar. Cuando nos excusamos gentilmente y le recordamos que es necesario hacerlo en el consultorio y no en un centro de expendio de comida, nos salen con “¡Ande!, ¡Dele una miradita nomás! ¿Qué le cuesta?”; y cuando le decimos que no traemos recetario, inmediatamente consiguen lapicero con la cajera del local y nos piden que escribamos los medicamentos en una servilleta… ¡Y ay si te niegas a “ese favor”! Te salen con: “¡Ese médico es un angurriento, hambriento a la plata, uno le pide un favor y no quiere hacerlo, ojalá y se pudra en su nicho con la plata por avariento!”. O en el mejor de los casos te salen con: “¿Acaso no recuerda su Juramento Hipocrático?”. Te juro que si me dieran un sol por cada vez que me han mencionado al bendito juramento Hipocrático, hace mucho me hubiera comprado un terreno y levantado una casa. A esas personas que a lo largo de mis diez y seis años que llevo como médico mencionan ese Juramento, les replico a su vez si saben de qué se trata, me responden muy ufanos: “Sí, en él se menciona que un médico debe salvar la vida de las personas en todo momento”… ¡Craso error! El juramento Hipocrático es una norma de conducta que se pacta entre los médicos, como una hermandad, en ella se estipula el compromiso que tenemos para con nuestros colegas, el respeto perpetuo a nuestros maestros y la ayuda necesaria para cuando éstos lo requieran, el saber sobrellevar a los pacientes y no cometer actos contra el honor en ellos o sus familiares, amén de no realizar prácticas que atenten contra la vida. Esto es en síntesis lo que es este juramento. Un compromiso de comportamiento con nuestra hermandad médica… lo que otros quieran inferir, es flexibilizar a su conveniencia algo que no está estipulado en su sentido real.
Tampoco ganamos horas extras y menos un bono que nos proteja de enfermedades contagiosas y ni un plus por atender más casos o resolver problemas que parecían no tener solución.
Para asistir a congresos y seminarios, usamos el tiempo que deberíamos de dedicar a nuestra familia, pagando el costo de uno o dos días en que duran esos cursos, con lo obtenido en una semana de trabajo.
Porque procuramos aprender a convivir teniendo siempre a la muerte cerca, y el rostro impasible que adoptamos para no causar más alarma en los ya crispados nervios de los familiares del moribundo, es catalogado como indolente o frío.
Y debes saber, que nuestros éxitos en la recuperación de la salud por parte de quienes nos consultan, generalmente son atribuidos a la ciencia, a Dios, o a la “naturaleza fuerte” del paciente, nunca a tu pericia; pero los fracasos, esos siempre serán tuyos.
Esta es nuestra vida, si deseas subir a bordo…pues… ¡Bienvenido!
PD: El joven terminó postulando a biología. Seguramente es la carrera afín a sus intereses.

Comentarios

  1. Dr. Percy
    Me comunico con Usted desde la Ciudad de Hermosillo, estado de Sonora en México, exactamente del Hospital Infantil del Estado de Sonora, del servicio de Imagen y diseño.
    Para ver la posibilidad de su permiso, para el uso de la fotografíadel Niño médico, en el área de biblioteca de esta Institución

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