LA MUERTE FÍSICA DE JESUCRISTO.

LA MUERTE FÍSICA DE JESUCRISTO

RESUMEN
Jesús de  Nazareth sufrió juicios  Judíos  y  Romanos, fue  azotado, y  sentenciado a  muerte por  crucifixión. Los azotes produjeron laceraciones  profundas y  pérdida sanguínea apreciable, y  probablemente  marcó e  escenario para   el  choque  hipovolémico  evidenciado  por  el   hecho de   que   Jesús estaba  debilitado  como  para   llevar  el madero (patíbulo) hasta Gólgota.  En el  lugar  de  su crucifixión sus  muñecas fueron clavadas al patíbulo, y luego que    el   patíbulo  era   levantado  sobre  el   poste  vertical,  sus   pies  fueron  clavados  a   él.  El   mayor  efecto pato fisiológico de  la  crucifixión fue  la  interferencia con  la  respiración normal. Por  lo  tanto, la  muerte resultaba por  el  choque hipovolémico y  la  asfixia por  cansancio. La muerte de  Jesús fue  asegurada al  ser  clavado en  su costado la  lanza de  un  soldado. La interpretación médica moderna de  la  evidencia histórica es  que  Jesús estaba muerto cuando fue  bajado de la cruz.
INTRODUCCIÓN
La vida  y enseñanzas de  Jesús  de  Nazareth han  sido  la  base  para  una  religión  mundial mayor, (Cristianismo) han  influenciado apreciablemente el  curso  de  la historia humana, y, en  virtud  de una  actitud  compasiva hacia  los  enfermos, también  ha  contribuido al  desarrollo de  la  medicina moderna.  La  eminencia  de  Jesús   como   una   figura   histórica  y  el  sufrimiento,  y  controversia asociada   con   su   muerte  nos   ha   estimulado  a   investigar,  de manera   interdisciplinaria,   las circunstancias que  rodearon su  crucifixión.  Por  lo  tanto, es  nuestra intención presentar, no  un tratado teológico sino médicamente, e históricamente un relato  certero de la muerte física de aquel llamado Jesucristo.
FUENTES
La fuente  de material con respecto a la muerte de Cristo comprende un cuerpo  de literatura y no un cuerpo  físico  o sus  restos  esqueléticos. Por  lo tanto, la  credibilidad de  cualquier discusión de  la muerte de  Jesús  será  determinado  primariamente  por  la  credibilidad  de  las  fuentes.  Para  esta revisión, la fuente  del  material incluye  los escritos  de  Cristianos antiguos y autores no-cristianos, los  escritos  de  autores modernos, y el  Manto  de  Turín.  Usando  el  método histórico-legal de  la investigación científica, los académicos han  establecido la fiabilidad y exactitud de los manuscritos antiguos
Las descripciones más  extensas   y detalladas de  la  vida  y muerte de  Jesús  se  encuentran en  los evangelios del Nuevo  Testamento de Mateo,  Marcos,  Lucas, y Juan. Los otros  23 libros  del Nuevo Testamento  apoyan  pero   no  expanden  los  detalles  registrados  en  los  evangelios.  Los  autores Cristianos contemporáneos, judíos,  y romanos proveen una  perspectiva adicional con respecto a los sistemas  legales  judíos  y romanos del  siglo  primero y los detalles de  azotamientos y crucifixión. Seneca,   Livio,  Plutarco,  y  otros   se  refieren  a  las   prácticas  de   la   crucifixión  en   sus  obras. Específicamente, Jesús  ( o su crucifixión) es mencionada por  los historiadores romanos Cornelius Tacitus,  Plinio  el  Menor,  y Suetonio; por  historiadores no  romanos como  Talo  y Flegón;  por  el satirista Luciano  de Samosata; por el Talmud  judío,  y por el historiador judío  Flavio Josefo,  a pesar de que la autenticidad del último  es problemática.
El  Manto  de  Turín  es  considerado por  muchos   como  el  representante  del  verdadero trapo   de sepultura de Jesús,  y algunas publicaciones con respecto a los aspectos  médicos  de su muerte sacan sus  conclusiones de  esta  suposición. El Manto  de  Turín  y  los  hallazgos arqueológicos  recientes proveen información valiosa  con  respecto a las prácticas de crucifixión romana. La interpretación de los escritores modernos, basados  en el conocimiento de la ciencia  y a medicina que no estaban a disposición en el primer siglo, podrían ofrecer  algo más a la percepción de los posibles  mecanismos de la muerte de Jesús.
Cuando   se  toma   en  conjunto  ciertos   hechos   –el  extenso   y  temprano  testimonio tanto   de  los proponentes  cristianos  y  sus  oponentes,  y  la  aceptación  universal  de  Jesús   como   una   figura histórica; la  ética  de  los  evangelistas, y  el  corto  intervalo de  tiempo   entre   los  eventos   y  los manuscritos;  y la confirmación de los relatos  en los evangelios por los historiadores y los hallazgos arqueológicos  aseguran   un   testimonio   confiable  a   partir  del   cual   se   puede    realizar  una interpretación médica  moderna de la muerte de Jesús.
GETSEMANI
Luego que  Jesús  y sus discípulos habían observado la Pascua  en un hogar  al suroeste de Jerusalén, ellos viajaron al Monte  de los Olivos, al noreste de la ciudad  (Fig. 1). (Debido  a varios  ajustes  en el calendario, los años del nacimiento y muerte de Jesús  permanecen controversiales. Sin embargo, lo más  probable es que  Jesús  haya  nacido  en el año  4 o 6 a.C y murió  en el año  30 d.C. Durante la Pascua  en el año  30 d.C, la última cena  fue celebrada un jueves  6 (Nisán  13),  y Jesús  habría sido crucificado  en  un  viernes   7  de  abril   (Nisán  14).     Cercano   a  Getsemaní,  Jesús   aparentemente sabiendo que el tiempo  de su muerte estaba  cerca,  sufrió gran ansiedad mental, y como fue descrito por el médico  Lucas, su sudor  se convirtió en sangre.
A pesar  que este es un fenómeno raro,  sudor  hemático (hematidrosis o hemohidrosis) puede  ocurrir en estados  altamente emocionales o en personas con desórdenes de la coagulación. Como resultado de  la  hemorragia en  las  glándulas sudoríparas, la  piel  se  torna  frágil  y suave.  La descripción de Lucas apoya  el diagnóstico de  hematidrosis más  que  cromhidrosis ecrina  (sudoración cafesuzca  o amarillenta) o estigmatización (sangrado por las palmas  de las manos  u otro  lugar).  A pesar  de que algunos  autores han  sugerido que  la hematidrosis producía hipovolemia estamos  de  acuerdo con Bucklin  que  la  pérdida de  sangre  real  Jesús  fue  mínima. Sin  embargo, con  el  viento  frío  de  la noche,  podría  haber  producido escalofríos.
JUICIOS
Poco  tiempo   después   de  la  medianoche, Jesús  fue  arrestado en  Getsemaní por  los  oficiales  del templo  y fue llevado  primero a Ananías  y luego  a Caifás, el sumo  sacerdote judío  en ese año  (Fig. 1).  Entre  la  1 a.m.  y el  amanecer, Jesús  fue  enjuiciado ante  Caifás  y el  Sanedrín y fue  hallado culpable de  blasfemia. Los guardas, entonces, le  vendaron los  ojos  a  Jesús,  le  escupieron, y lo golpearon en el rostro  con sus puños.  Poco después  del amanecer se supone, en el templo  (Fig. 1), fue  enjuiciado  Jesús   ante   el  Sanedrín  (con  los  fariseos   y  saduceos)  y  de  nuevo   fue  hallado culpable de blasfemia, un crimen  castigado con la muerte.
JUICIOS ROMANOS
Debido  a que  el  permiso  para  una  ejecución debía  venir  de  los  gobernantes romanos, Jesús  fue llevado  muy  temprano en  la  mañana por  los  oficiales  del  templo   al  Pretorio de  la  Fortaleza de Antonia,  la residencia y silla  gubernamental de Poncio  Pilato,  el procurador de Judea (Fig. 1). Sin embargo, Jesús  fue presentado a Pilato  no como  un blasfemador sino como  un rey auto-nombrado que pondría en poco la autoridad romana. Pilato  no acusó  a Jesús  y lo envió  a Herodes  Antipas,  el tetrarca de Judea. Igualmente Herodes  no le acusó  oficialmente y devolvió  a Jesús  a Pilato  (Fig. 1). De  nuevo,   Pilato   no   pudo   hallar   ninguna  base   legal   para   acusar   a  Jesús,   pero   el  pueblo persistentemente demandó la crucifixión. (McDowell  ha  revisado los climas  políticos  y religiosos prevalentes en  Jerusalén, y Bucklin  ha  descrito las  varias  ilegalidades de  los  juicios  romanos  y judíos).
SALUD DE JESÚS
Los rigores  del  ministerio de Jesús  (esto  es, viajar  a pie  a través  de Palestina) excluirían cualquier enfermedad mayor  o una  constitución débil.  Por lo tanto, es razonable asumir  que  Jesús  estaba  en buena  condición física antes  de su andar por Getsemaní. Sin embargo durante las doce horas  entre las 9 p.m.  del  jueves  y las 9 a.m.  del  viernes,  había  sufrido  un  gran  estrés  emocional (evidenciado por  la hematidrosis), abandono por  sus más  cercanos amigos  (los discípulos), y una  golpiza  física (luego  del  primer juicio  judío).   También, en  el  escenario de  una  noche  traumática y sin  poder dormir, había   sido  forzado   a  caminar más  de  2.5  millas  (4.0  km)  hacia   y  de  sitios  donde   se realizaron los  juicios  (Fig.  1).  Estos  factores   físicos  y emocionales podrían  haber   hecho  a  Jesús vulnerable a los efectos  hemodinámicos adversos del azotamiento.
AZOTAMIENTO
Los  azotes   eran   un  acto   preliminar  legal  para   cada   ejecución  romana,  y  sólo  las  mujeres  y senadores Romanos  (excepto en casos  de deserción) estaban exentos.  El instrumento usual  era  un látigo  corto  (flagelo)  con varias  correas  sencillas  o entrelazadas de diversas  longitudes en las cuales pequeñas bolas  de  hierro   o huesos  de  ovejas  se  amarraban a  intervalos (Fig.  2).  Para  azotar, el hombre era  desprovisto de  sus ropas  y sus  manos  eran  amarradas a un  poste  vertical (Fig. 2).  La espalda, glúteos,  y piernas eran  azotadas ya  sea  por  dos  soldados  o por  uno  sólo  que  alternaba posiciones. La severidad del azotamiento dependía de la disposición de los soldados  y su intención era  debilitar a la víctima  a un estado  casi cercano al colapso  o la muerte. Luego del azotamiento, los soldados  frecuentemente insultaban a la víctima.
ASPECTOS MÉDICOS DEL AZOTAMIENTO
Mientras los  soldados   romanos golpeaban repetidamente  la  espalda de  la  víctima   con  todas  sus fuerzas,  las bolas  de hierro  causarían profundas contusiones, y las correas  de cuero  y los huesos  de oveja   cortarían  la  piel   y  el  tejido   subcutáneo.  Luego,   mientras  los  azotes   continuaban,  las laceraciones romperían los músculos  y producirían tiras  de carne  sangrante. El dolor  y la pérdida sanguínea generalmente aceleraban el choque  circulatorio. La extensión de  la  pérdida sanguínea muy probablemente determinaba cuanto viviría  la víctima  en la cruz.
AZOTAMIENTO DE JESÚS
En el Pretorio, Jesús  fue severamente azotado. (A pesar  de que  la severidad del azotamiento no es discutida en los cuatro relatos  de los evangelios, es implicado en una  de las epístolas [1 Pedro  2: 24]).  Un  detallado  estudio  de  las  palabras  del  texto   griego   de  este   versículo  indica   que   el azotamiento  de  Jesús   fue  particularmente  duro.   Los  soldados   romanos,  entretenidos  que  este hombre debilitado había  dicho  ser rey, empezaron a burlarse de Él colocándole un manto  sobre  sus hombros, una  corona  de  espinas  en  su  cabeza,  y un  báculo  de  madera como  cetro  en  su  mano derecha. Luego, escupieron a Jesús  y lo golpearon en la cabeza  con el báculo  de madera. Además, cuando los soldados  rompieron su manto, probablemente reabrieron las heridas producidas por  los azotes.
El severo  azotamiento, con su intenso dolor  y gran  pérdida de sangre,  probablemente dejó a Jesús en   un   estado    de   pre-choque.  Además,   la   hematidrosis  había    hecho   que   la   piel   estuviera especialmente  suave.   El  abuso   físico  y  mental  hecho   por  los  judíos   y  romanos,  así  como  la deprivación de comida, agua,  y sueño,  contribuyeron a un estado  general debilitado. Por lo tanto, aún antes  de la crucifixión, la condición de Jesús  era al menos  seria y quizás crítica.
CRUCIFIXIÓN
La crucifixión probablemente  inició  entre   los  persas.  Alejandro Magno  introdujo la  práctica en Egipto  y  Cartago,   y  los  Romanos   aparentemente  la  aprendieron  o  conocieron  de  ella  de  los cartagos. A pesar  de  que  los  Romanos  no  inventaron la  crucifixión, la  perfeccionaron como  una forma   de  tortura  que   fue  diseñada  para   producir  una   muerte  lenta   con  el  máximo   dolor   y sufrimiento.  Era  uno   de  las  más   vergonzosos  y  crueles   métodos  de  ejecución  y  usualmente reservado únicamente para  los esclavos,  extranjeros, revolucionarios, y los más viles criminales. La ley romana usualmente protegía a los ciudadanos romanos de la crucifixión, excepto  quizás  en el caso de soldados  desertores.
En su forma  más temprana en Persia,  la víctima  era quizás  atada a un árbol  o atada o empalada en un  poste  vertical, usualmente  para  evitar   que  los  pies  de  la  víctima   culpable tocaran el  suelo. Solamente después   fue  utilizada una  verdadera cruz;  caracterizada por  un  poste  vertical y uno horizontal  (patíbulo),  y  tenía   diferentes  variaciones  (Tabla).    A  pesar   de   que   la   evidencia arqueológica e histórica indican enfáticamente que  la cruz  Tau fue  preferida por  los Romanos  en Palestina en los tiempos de Cristo  (Fig. 3), las prácticas de crucifixión frecuentemente variaban en una  región  geográfica y de acuerdo con la imaginación de los ejecutadores, y la cruz latina  y otras formas  podrían haber  sido también utilizadas.
Era  una  costumbre para  el hombre condenado llevar  su propia  cruz  del  poste  de  azotamiento al sitio  de  la  crucifixión en  las  afueras  de  las  puertas de  la  ciudad. Usualmente estaba  desnudo, a menos   que  estuviera  prohibido  por  las  costumbres  locales.   Debido   a  que  el  peso  de  la  cruz completa era probablemente de más de 300 libras  (136  kg), sólo se podía  llevar  el poste  horizontal (Fig. 3). El patíbulo, que pesaba  entre  75 y 125 libras  (34 a 57 kg), era colocado a través  de la nuca y  balanceado  por  los  dos  hombros.  Usualmente, los  brazos   estirados  eran   atados   al  poste.   La procesión  hacia   el   sitio   de   la   crucifixión  era   liderada  por   un   guardia  romana  completa, encabezada por  el centurión. Uno de los soldados  llevaba  un sello (título) en el cual  el nombre del condenado y el crimen  eran  mostrados (Fig. 3). Luego el título  se adjuntaría sobre  la parte  alta de la cruz. La guardia romana no dejaría a la víctima  hasta  que estuvieran seguros  de su muerte.
Fuera  de las puertas de la ciudad  estaban colocadas permanentemente los postes  verticales en los cuales  se aseguraría el patíbulo en caso de la cruz Tau, esto se  lograba por medio  de una  atadura, con o sin reforzamiento por medio  de cuerdas. Para prolongar el proceso  de crucifixión, una bloque de madera horizontal servía  como  una  silla  (sedil)  que  frecuentemente era  clavado  a la mitad  del poste  vertical. Sólo raramente y probablemente posterior al tiempo  de Cristo,  se colocó  un bloque extra  en donde  se clavaban los pies.
En el sitio de la ejecución, por ley, la víctima  recibía  un trago  amargo de vino mezclado con mirra como  un leve analgésico. El criminal era tirado al piso en su espalda, con sus brazos  estirados a lo largo  del patíbulo. Las manos  podías  ser clavadas o atadas a la barra, pero  el clavado  era preferido por los Romanos.  Los restos  arqueológicos del cuerpo  crucificado, encontrados en osarios cerca de Jerusalén y que  datan del  tiempo  de  Cristo,  indican que  los clavos  de  hierro  medían entre  5 y 7 pulgadas (13  a 18  cm)  de largo  con  una  cabeza  cuadrada de 2/3 pulgada (1  cm)  diagonalmente. Además,  los  hallazgos en  estos  osarios y  el  Manto  de  Turín  han  documentado que  los  clavos comúnmente eran  clavados  a través  de las muñecas más  que  a través  de las palmas  de las manos (Fig. 4).

Luego  de  que  el  patíbulo  era  fijado  al  poste   horizontal,  el  patíbulo  y  la  víctima   juntos   eran elevados hacia  el poste  vertical. En una  cruz pequeña, cuatro soldados  podrían lograrlo fácilmente. Sin embargo, en una cruz alta,  los soldados  utilizaban escaleras o una horqueta.
Luego,  los  pies  eran  fijados  a la  cruz,  ya  sea  con  clavos  o cuerdas. Hallazgos  de  usuarios y del Manto  de Turín  sugieren que  el clavado  era  la práctica preferida.  A pesar  de que  los pies podían ser  fijados  a  los  lados  del  poste  vertical o  a  un  bloque   de  madera, usualmente eran  clavados directamente frente  al  poste  (Fig.  5).    Para  lograr  esto,  la  flexión  de  las  rodillas   debía  ser  muy prominente, y las rodillas  dobladas podrían haberse rotado lateralmente (Fig. 6).
Cuando  se terminaba con  los  clavos,  el título  era  adherido a la cruz  con  clavos  o cuerdas, justo sobre  la  cabeza  de  la  víctima. Los soldados   y la  multitud civil  frecuentemente se  burlaban del condenado,  y   los   soldados    de   costumbre  se   dividían  sus   ropas   entre    ellos.   La  sobrevida generalmente  se  daba   entre   unas   tres  a  cuatro  horas   hasta   tres  a  cuatro  días  y  parece   estar inversamente  relacionada  a  la  severidad del  azotamiento.  Sin  embargo,  aún  si  el  azotamiento hubiera sido  relativamente leve,  los  soldados   romanos podían acelerar la  muerte quebrando las piernas por debajo  de las rodillas  (crurifragium o skelokopia).
No era  infrecuente que  los  insectos  cavaran las  heridas abiertas o los  ojos,  oídos,  y nariz  de  la víctima  indefensa, y las  aves  de  rapiña romperían estos  sitios.  Además,  era  costumbre dejar  los cuerpos   en  la  cruz  para   que  fueran   devorados  por  animales  depredadores.  Sin  embargo,  por legislación romana,  la  familia  del  condenado podía  llevarse   el  cuerpo   para  sepultura, luego  de obtener permiso  de un juez romano.
Debido  a que  nadie  debía  sobrevivir a la crucifixión, el cuerpo  no  era  liberado a la familia  hasta que  los soldados  se asegurarán que  la víctima  estaba  muerta. Por  costumbre, uno  de los guardias romanos atravesaría el cuerpo  con una  espada  o lanza.  Tradicionalmente, se consideraba una  lanza a través  del corazón por una herida en el costado  derecho del tórax-una herida fatal probablemente enseñada a  la  mayoría de  los  soldados   romanos. El Manto  de  Turín  documenta esta  forma  de herida. Además,  la  lanza  tradicional de  infantería, que  medía  entre  5 y 6 pies  (1,5  a 1,8  m)  de longitud  podría   fácilmente  haber   alcanzado  el  pecho   de  un  hombre  crucificado  en  una   cruz pequeña.
Con  el  conocimiento  tanto   de  anatomía y  de  las  prácticas antiguas  de  crucifixión,  uno  puede reconstruir los  aspectos   médicos   de  esta  forma  de  lenta  ejecución. Cada  herida aparentemente intentaría producir una agonía  intensa y las causas  contribuyentes de muerte eran  numerosas.
El azotamiento previo  a la crucifixión servía  para  debilitar al hombre condenado, y si la pérdida sanguínea  era   considerable,  produciría  hipotensión  ortostática  y  hasta   choque   hipovolémico. Cuando  la víctima  era  tirada al suelo  sobre  su espalda, durante la preparación para  la fijación  de las manos,  sus heridas por  los azotes  serían  abiertas de nuevo  y contaminadas con tierra. Además, con  cada   respiración,  las  heridas  dolorosas  rozarían  contra  la  dura   madera  del  poste.   Como resultado, la pérdida de sangre  de la espalda continuaría a través  de todo el proceso  de crucifixión.
Con los brazos  estirados pero  no tensos,  las muñecas eran  clavadas al patíbulo. Ha sido  mostrado que  los ligamentos y huesos  de la muñeca pueden soportar el peso  de un cuerpo  sosteniéndose de ellos, pero las palmas  de las manos  no lo pueden hacer.  Por lo tanto, los clavos probablemente eran clavados   entre   el  radio  y  los  huesos  del  carpo  o  entre   las  dos  filas  de  huesos  carpales, ya  sea proximal o a través  del ligamento retinaculo flexor y los varios  ligamentos intercarpales (Fig 4). El nervio   estimulado  produciría  un  dolor   atroz   en  ambos   brazos.   A pesar   que  el  daño   al  nervio mediano  resultaría  en   parálisis  de   una   parte    de   la   mano,    contracturas   isquémicas  y   el empalamiento de varios  ligamentos por el clavo producirían una mano  en garra.
Más comúnmente los pies eran  fijados  al frente  del  poste  por  medio  de clavos  que  atravesaban el primero o segundo espacio  intermetatarsiano, justo distalmente a la articulación tarso metatarsiana. Es probable que  el  nervio  perineal profundo y  ramas  de  los  nervios  plantares medial   y lateral fueran  dañados por  los clavos  (Fig. 5).  A pesar  que  el azotamiento resultaba en  una  considerable pérdida sanguínea, en la crucifixión per se no había  tanta pérdida, pues ninguna arteria importante quizás  aparte del arco plantar profundo, pasa a través  del sitio preferido de fijación.
El  mayor   efecto   pato fisiológico  de  a  crucifixión,  más  allá   del  dolor   atroz,   era   una   marcada interferencia con la respiración normal, particularmente la exhalación (Fig. 6).  El peso  del cuerpo, jalando  hacia   abajo   sobre   los  brazos   estirados  y  los  hombros, tenderían  a  fijar  los  músculos intercostales en un estado  de inhalación por lo tanto  impedirían la exhalación pasiva.  Por lo tanto, la  exhalación era  primariamente  diafragmática, y la  respiración era  superficial. Es probable que esta  forma   de  respiración  no  sería   suficiente  y  la  hipercapnia  sucedería pronto.  El  inicio   de contracturas musculares o contracciones tetánicas, debido  a la  fatiga  e hipercarbia, limitarían la respiración aún más.
La exhalación adecuada requería levantar el cuerpo  empujando con los pies y flexionando los codos y aduciendo los  hombros (Fig.  6).  Sin  embargo, esta  maniobra pondría todo  el  peso  del  cuerpo sobre  los tarsos  y produciría un dolor  extremo. Además,  la flexión de los codos causaría rotación de las  muñecas causando dolor  a  lo  largo  del  nervio  mediano dañado. Levantar   el  cuerpo  además frotaría la  espalda azotada contra la  madera.  Calambres musculares y parestesias de  los  brazos estirados y levantados pondrían más  molestias. Como  resultado cada  esfuerzo  respiratorio sería agonizante y fatigante y llevaría eventualmente a la asfixia.
La verdadera causa  de  muerte por  crucifixión era  multifactorial y variaba de  alguna  manera con cada  caso, pero las dos causas  más importantes probablemente eran  choque  hipovolémico y asfixia. Otros   factores    contribuyentes  incluían  la   deshidratación,   arritmias   inducidas  por   estrés,    e insuficiencia cardíaca congestiva con  la rápida acumulación de líquido  en las cavidades pleural y pericárdicas. La fractura de  las piernas debajo  de  las rodillas, si se realizaba, llevaba  a la muerte por  asfixia  en cuestión de minutos. La muerte por  crucifixión era  en todo  el sentido de la palabra excruciante (del latín  excruciatus o “de la cruz”).
CRUCIFIXIÓN DE JESÚS
Luego de los azotes  y las burlas,  alrededor de las 9 a.m.,  los soldados  romanos le pusieron de nuevo las ropas  a Jesús  y luego  lo llevaron junto  a los dos  ladrones a crucificarle. Jesús  aparentemente estaba  tan débil  por la severa  tortura que no podía  llevar  el patíbulo desde  el Pretorio hasta  el sitio de la crucifixión a un  tercio  de milla  (600  a 650  m) de distancia. Simón  de Cirene  fue llamado a llevar  la cruz  de  Cristo,  y la procesión se abrió  camino  a Gólgota  (o Calvario), y establecieron el sitio de crucifixión.
Aquí  las  ropas  de  Jesús,  excepto  el  lino  pélvico,  fueron  removidas, abriendo probablemente  las heridas. Se le ofreció  un  trago  de  vino  mezclado con  mirra  pero,  luego  de  probarlo, se rehusó  a tomarlo. Finalmente, Jesús  y los dos  ladrones fueron  crucificados. A pesar  de  que  las  referencias bíblicas  dicen  clavos  en las manos,  estas  no  están  en contradicción con  la evidencia arqueológica de las heridas en las muñecas, ya que los antiguos frecuentemente consideraban a la muñeca como parte  de la mano.  El título  (Fig. 3) fue colocado sobre  la cabeza  de Jesús.  No queda  claro  si Jesús fue  crucificado en  la  cruz  Tau  o  en  la  cruz  latina;   los  hallazgos arqueológicos   favorecen a  la primera, y la tradición favorece  a la última. El hecho  que  a Jesús  se le ofreció  un trago  de vinagre desde  una  esponja  colocada en el tallo  de una  planta de hisopo  (aproximadamente  20 pulgadas o 50 cm de largo)  apoya  la creencia que Jesús  fue crucificado en la cruz pequeña.
Los soldados   y la  multitud insultaban a  Jesús  a  través  de  todo  el  proceso  de  crucifixión, y los soldados  jugaron suertes  por sus ropas.  Cristo habló  en siete  ocasiones desde  la cruz.  Debido  a que le   habla    ocurre    durante   la   exhalación,   estas    cortas,    tersas    palabras   han    debido    de   ser particularmente difíciles  y dolorosas. Alrededor de  las 3 p.m.  ese  viernes,  Jesús  gritó  en voz alta, bajó  su cabeza,  y murió.  Los soldados  romanos  y los espectadores reconocieron el momento de su muerte.
Ya que  los judíos  no querían que  los cuerpos  permanecieran luego  del  amanecer, el inicio  del  día de reposo,  le preguntaron a Poncio  Pilato  ordenar quebrar los huesos  de las piernas para  acelerar las  muertes  de  los  tres   hombres  crucificados.  Los  soldados   quebraron  las  piernas  de  los  dos ladrones, pero  cuando llegaron a Jesús  vieron  que  ya estaba  muerto, y no quebraron sus piernas. Sino,   uno   de   los   soldados   laceró   su   costado,  probablemente  con   una   lanza   de   infantería, produciendo un flujo de agua  y sangre.  Más tarde  ese día, el cuerpo  de Jesús  fue bajado  de la cruz y colocado en una tumba.
MUERTE DE JESÚS
Dos aspectos  de la muerte de Jesús  han  sido  la fuente  de gran  controversia, esto  es, la naturaleza de su herida en el costado  y la causa  de su muerte luego de varias  horas  en la cruz.  El evangelio de Juan  describe la penetración en  el costado  de  Jesús  y enfatiza el pronto flujo  de  sangre  y agua. Algunos  autores  han   interpretado  el  flujo  de  agua   de  ser  ascitis   u  orina   de  una   perforación abdominal  o  de  la  vejiga.   Sin  embargo,  la  palabra  griega   (πλευρα  o  pleura)  usada   por  Juan claramente  denota  lateralidad  y  frecuentemente  implicaba  las  costillas.   Por  lo  tanto,  parece probable que la herida fue en el tóra  y lejos de la cavidad abdominal.
A pesar  que el lado de su herida no fue designada por Juan, ha sido tradicionalmente descrito en el lado  derecho. Apoyando  la tradición está  el hecho  que  un gran  flujo de sangre  sería  más probable con  una  perforación de un  atrio  o ventrículo derechos distendido más  que  el ventrículo izquierdo con su pared  más gruesa.  A pesar  que el lado de la herida nunca  pueda  ser establecido con certeza, el derecho parece  más probable que el izquierdo.
Parte  del escepticismo en aceptar la descripción de Juan  ha nacido  de la dificultad en explicar  con certeza médica  el flujo tanto  de agua  como  sangre.  Parte  de esta  dificultad ha estado  basada en la suposición que  la  sangre  apareció primero, luego  el  agua.  Sin embargo, en  el  antiguo griego,  el orden   de  las  palabras  generalmente  denota  prominencia  y  no  necesariamente  una   secuencia temporal. Por  lo tanto, parece  probable que  Juan  estuviera enfatizando la prominencia de sangre más que su aparición previa al agua.
Por  ello,  el agua  probablemente representaba líquido  seroso  pleural y pericárdico y podría  haber precedido al flujo de sangre  y haber  sido menor  en cantidad que  la sangre.  Quizás  en el escenario de  hipovolemia e  insuficiencia cardíaca,  las  efusiones   pleurales y  pericárdicas pueden  haberse desarrollado y haber  añadido al volumen de aparente agua.  La sangre,  por el contrario puede  haber originado del atrio  derecho o del ventrículo o quizás  de un hemopericardio.
La muerte de Jesús  luego de tan sólo tres a seis horas  en la cruz sorprendió hasta  a Poncio  Pilato. El hecho  de que Jesús  gritara a gran  voz y luego  bajara su cabeza  para  morir  sugiere  la posibilidad de  un  evento   terminal  catastrófico. Una  explicación popular  ha  sido  que  Jesús   murió   de  una ruptura  cardíaca.  En  el  escenario  de  azotamientos  y  crucifixiones  con  hipovolemia  asociada, hipoxemia, y  quizás  estados   de  coagulación alterados,  vegetaciones trombóticas  friables   podrían formarse en la válvula  mitra  o aórtica. Estas,  entonces podrían haberse despegado y embolizado a la   circulación  coronaria   produciendo   un   infarto    miocárdico  transmural.   Las   vegetaciones trombóticas valvulares han sido reportadas bajo condiciones traumáticas similares. La ruptura de la pared   libre   del  ventrículo izquierdo pueden  ocurrir,  aunque  raramente,  en  las  primeras  horas posteriores a un infarto.
Sin  embargo,  otra  explicación  puede   ser  más  probable. La  muerte de  Jesús   puede   haber   sido acelerada simplemente por  su estado  de fatiga  y por  la severidad de los azotes  con sus resultantes pérdidas sanguíneas y estado  de pre-choque. El hecho  que  no pudiera llevar  su propia  cruz  apoya esta interpretación. La verdadera causa  de muerte así como la de otras  víctimas crucificadas podría haber  sido multifactorial y relacionadas primariamente con choque  hipovolémico, fatiga  y asfixia, y  quizás   insuficiencia cardíaca  aguda.   Una  arritmia cardíaca fatal  puede   haber   sido  el  evento terminal catastrófico.
Por  lo  tanto, permanece sin  decidirse si  Jesús  murió  por  una  ruptura  cardíaca o  por  una  falla cardiorrespiratoria.  Sin  embargo,  la  característica importante  puede   ser  no  como  murió   sino  si murió.  Claramente el peso  de la evidencia histórica  y médica  indica  que  Jesús  estaba  muerto antes de  la herida en  su costado  y apoya  la idea  tradicional que  la lanza,  clavada en  su lado  derecho, perforó  probablemente no sólo el pulmón, sino también el pericardio , y el corazón, asegurando su muerte (Fig. 7).  La interpretación basada en la suposición que  Jesús  no murió  en la cruz  pareciera estar  en contra del conocimiento médico  moderno.
REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA:

William D. Edwards, MD; Wesley J. Gabel, M.Div.; Floyd E. Hosmer, MS, AMI. JAMA 1986; 255: 1455-1463.

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