EL SISTEMA INMUNITARIO. PERCY ZAPATA MENDO.

EL SISTEMA INMUNITARIO

1.- Información general

Gracias a nuestro sistema inmunitario estamos provistos de mecanismos altamente eficaces que defienden nuestro cuerpo ante las amenazas. Sin este sistema de defensa estaríamos expuestos a las influencias nocivas de nuestro entorno, así como a las alteraciones perjudiciales para la salud que se producen en el interior de nuestro cuerpo.

El sistema inmunitario del ser humano está dotado de dos mecanismos de defensa, sus diferentes funciones se basan en: una resistencia inmunológica específica (adquirida) e inespecífica (innata). Ambos mecanismos se complementan con la respuesta inmunológica.

La función principal del sistema inmunitario consiste en proteger al organismo de los patógenos y partículas extrañas que penetran en él desde el exterior. Además, el sistema inmunitario es capaz de identificar y eliminar las células enfermas del propio cuerpo. Como consecuencia de las reacciones inmunológicas, aparecen inflamaciones que producen la eliminación de las células dañadas o los cuerpos extraños.

Sin embargo, el sistema inmunitario no solo proporciona inmunidad ante los agentes patógenos o las células tumorales, también puede producir efectos no deseados: una alergia, por ejemplo, es la consecuencia de una reacción inmunológica alterada. Además, en las denominadas enfermedades autoinmunes, el sistema inmunitario se dirige a las estructuras del propio cuerpo y las daña. Si existen problemas para identificar las células enfermas alteradas por el propio cuerpo, es posible que se desarrolle un cáncer. El sistema inmunitario también es responsable de la reacción de rechazo a los órganos trasplantados.

Cuando existen problemas en el sistema inmunitario y por ello, la reacción inmunológica del organismo al contacto con agentes patógenos o partículas extrañas es insuficiente o inexistente, los afectados están más expuestos a las infecciones. Estos trastornos del sistema inmunitario pueden manifestarse en forma de enfermedades de inmunodeficiencia. Un sistema inmunitario debilitado puede ser innato o formarse a lo largo de la vida:

·        La inmunodeficiencia innata puede estar causada por un defecto en el portador del factor hereditario, es decir, un defecto genético, como consecuencia de la lesión de uno o más componentes del sistema inmunitario.

·        La inmunodeficiencia adquirida puede estar causada por determinadas enfermedades, por ejemplo, leucemia o SIDA.

Además, factores como la alimentación, la flora intestinal o el estado físico o mental influyen en la capacidad de reacción del sistema inmunitario. La carencia en nuestra alimentación de determinadas sustancias como el hierro, el cinc o las vitaminas durante un largo periodo de tiempo, hace que la capacidad del sistema inmunitario se vea mermada. Los factores desencadenantes del estrés también pueden afectar notablemente al sistema inmunitario. Medidas como el fortalecimiento razonable de la musculatura y el ejercicio regular en forma de paseos o deporte ligero hacen que el sistema inmunitario se fortalezca. También existen diversas prácticas naturales como la hidroterapia (sauna, baños, ducha escocesa) o la fitoterapia (uso de extractos de plantas, por ejemplo, rudbeckia o flor de árnica) que repercuten de manera positiva en el funcionamiento del sistema inmunitario.

2.- Definición

El sistema inmunitario (del latín, immunis = libre, intacto) es un sistema de defensa que protege al cuerpo de las enfermedades. Abarca órganos, células y proteínas, su función consiste en mantener la estructura propia del cuerpo mediante el rechazo de sustancias extrañas y agentes patógenos como bacterias, virus, parásitos y hongos. Se supone que el sistema inmunitario es capaz de diferenciar entre estructuras del propio cuerpo y estructuras extrañas, de manera que normalmente no se llevará a cabo una reacción inmunológica contra el propio cuerpo si está sano (tolerancia inmunológica). Sin embargo, también es una tarea del sistema inmunitario reconocer y atacar a las células enfermas del cuerpo, como las células tumorales.

El sistema inmunitario desarrollado a lo largo del desarrollo filogenético (evolución) se divide en dos sistemas principales: un sistema inmunitario innato o inespecífico, que se caracteriza sobre todo por luchar contra las infecciones bacterianas y un sistema inmunitario adquirido o específico, que se ocupa de los diferentes agentes patógenos. Con la ayuda del sistema inmunitario específico, el cuerpo puede luchar contra las bacterias y los virus provistos de cápsula, que poseen una estructura superficial que se modifica rápidamente durante su evolución. Los mecanismos de defensa específicos e inespecíficos del sistema inmunitario están estrechamente unidos.

3.- Estructura del sistema inmunitario

La estructura del sistema inmunitario es muy compleja, al igual que las tareas que desempeña: protege nuestro cuerpo de agentes patógenos causantes de enfermedades, mientras lo hace inmune a su influencia. Esto ocurre porque el sistema inmunitario diferencia entre extraño y propio y elabora la respuesta inmunológica correspondiente.

La inmunidad se subclasifica en la parte innata y está presente desde el nacimiento (sistema inmunitario inespecífico o innato). En parte, el ser humano adquiere la inmunidad mediante un proceso de aprendizaje, en el que el Immunsystem desarrolla moléculas que pueden reconocer un determinado tipo de proteínas de otro tipo, estas son los antígenos específicos (sistema inmunitario específico o adquirido).

Una gran variedad de órganos y sistemas de células forman parte de la estructura del sistema inmunitario y por consiguiente, de su formación. Los órganos pertenecientes al sistema inmunitario (órganos linfáticos, es decir, el sistema linfático) se subdividen de la siguiente manera:

1.     Órganos linfáticos primarios: entre ellos se encuentran la médula ósea y el timo, un órgano de gran tamaño; en la infancia; situado en la zona superior del pecho. Estos órganos son responsables de la formación de linfocitos, que llegan a los órganos linfáticos periféricos mediante la sangre. Allí comienza la respuesta inmunológica del sistema inmunitario adquirido.

2.     Órganos linfáticos secundarios o periféricos: entre ellos se encuentran los ganglios linfáticos, el bazo y el tejido linfático del tracto gastrointestinal (adenoides, intestino ciego, etc.), los pulmones y las mucosas.

El sistema inmunitario innato (inespecífico) y el adquirido (específico) son muy parecidos en cuanto a su sistema de funcionamiento. La mayoría de los patógenos son detectados en unas pocas horas y destruidos gracias a los mecanismos del sistema inmunitario inespecífico. Puesto que la respuesta inmunológica innata no está especializada en los antígenos, no necesita una larga fase inicial. Cuando la primera defensa del cuerpo no logra eliminar a los agentes patógenos, tras un periodo de cuatro a siete días se produce la respuesta inmunológica específica o adquirida. Entonces se forman células antigénicas, que están diseñadas para luchar contra cada patógeno específicamente.

4.- Sistema inmunitario inespecífico

La estructura del sistema inmunitario se divide en dos sistemas con diferentes mecanismos de defensa: los sistemas inmunitarios inespecíficos y específicos. El sistema inmunitario inespecífico intenta neutralizar los cuerpos extraños y muchos otros patógenos en el primer contacto. De aquí que se denomine también sistema inmunitario innato. El sistema inmunitario innato se encarga principalmente de luchar contra las infecciones bacterianas. El sistema inmunitario inespecífico abarca mecanismos celulares y no celulares (humorales):

·        Factores celulares: las células defensoras del sistema inmunitario inespecífico son unos glóbulos blancos que absorben y digieren al patógeno o cuerpo extraño: los fagocitos. Son fagocitos los granulocitos, neutrófilos y eosinófilos, los macrófagos y los monocitos (precursores de los macrófagos). De alguna manera lo son también los linfocitos, mastocitos y fibroblastos. Es cierto que a veces fagocitan partículas extrañas, pero no las digieren, sino que las expulsan al intersticio donde los verdaderos macrófagos las eliminan.

·        Factores humorales: estos factores del sistema inmunitario específico disueltos en los fluidos corporales (del latín, humor = fluido) son sustancias bactericidas. A este grupo pertenece la enzima lisozima, que se encuentra en diferentes fluidos corporales como las lágrimas y la saliva y que ataca la pared celular de numerosas bacterias. Al mismo tiempo, el sistema inmunitario inespecífico incluye el denominado sistema del complemento, un sistema enzimático producido por el hígado, que está formado por un grupo de unas 20 proteínas y que conduce a la disolución de las células extrañas. También pertenecen a al sistema inmunitario humoral inespecífico los llamados interferones, que se encargan principalmente de los virus.

El sistema inmunitario inespecífico no solo está formado por mecanismos humorales y celulares, también existen otros factores que conforman la estructura del sistema inmunitario inespecífico: de esta manera, la piel sana presenta una protección natural que evita la penetración de agentes patógenos. Los jugos gástricos destruyen bacterias gracias a la alta acidez de éstos. Los agentes patógenos que llegan a las vías respiratorias mediante el aire que respiramos se quedan atrapados en las mucosas del sistema respiratorio en la mucosa. Desde el sistema ciliar que poseen las mucosas del sistema respiratorio, se expulsa el cuerpo extraño por medio de la tos o de un estornudo El impacto de los cilios los expulsa del cuerpo. El estornudo o la tos tienen el mismo fin.

5.- Sistema inmunitario específico

Al contrario que el sistema inmunitario inespecífico (innato), la estructura del sistema específico se crea a lo largo de la vida. El sistema inmunitario específico se desarrolla por primera vez tras el contacto directo con un determinado agente patógeno. De ahí que se denomine también sistema inmunitario adquirido o adaptado. En el proceso de aprendizaje en el cual se forma el sistema inmunitario específico tras el primer contacto con un agente patógeno, se desarrollan mecanismos de defensa especiales, que están diseñados para enfrentarse a unos agentes patógenos determinados. Las células de memoria que se han formado durante la respuesta inmunológica protegen ante un nuevo ataque del mismo patógeno. Además, el sistema inmunitario específico es capaz de identificar y eliminar las células enfermas del propio cuerpo como las células tumorales.

Las células del sistema inmunitario o linfocitos (del latín lympha = agua clara, del griego kytos = célula) son células capaces de dar una respuesta inmunológica. Estos gestionan el sistema inmunitario específico. Los linfocitos son los glóbulos blancos de menor tamaño. Estos representan un cuarto del total de glóbulos blancos en sangre. No obstante, el 98% de los linfocitos no se encuentran en la sangre, sino en los órganos linfáticos (ganglios linfáticos, vasos linfáticos, bazo) y en la médula ósea. El cuerpo va depositando continuamente una pequeña parte de estas células linfocitos en la sangre. La vida de un linfocito se eleva de diez días a varios años. En primer lugar, se desarrollan en la médula ósea y en el timo, es decir, en los órganos primarios del sistema inmunitario, que juegan, por lo tanto, un papel decisivo en el desarrollo de la estructura del sistema inmunitario. Seguidamente, colonizan los órganos secundarios del sistema inmunitario como el tejido linfático y el bazo. Existen varios tipos de linfocitos:

·        Linfocitos T: estos glóbulos blancos se caracterizan por su capacidad para distinguir entre estructuras propias y extrañas. Su desarrollo tiene lugar en el timo (del griego timos = glándula mamaria), un órgano bilobular que se encuentran detrás del esternón. Los linfocitos T constituyen aproximadamente el 70-80% del total de linfocitos en sangre. Pertenecen al sistema inmunitario celular específico. Al tomar contacto con un cuerpo extraño se transforman en linfocitos T efectores, que producen o refuerzan diversas respuestas inmunológicas o los linfocitos T de memoria, que son capaces de reconocer al mismo cuerpo extraño tras volver a penetrar en el organismo años después y producir una respuesta inmunológica más fuerte. Los linfocitos T efectores se dividen en dos tres grupos: los denominados linfocitos T cooperadores, que activan a los linfocitos B y a los macrófagos y a los linfocitos T killer (linfocitos T cito tóxicos), que mediante la lisis (desintegración) matan a la célula infectada. Además, también existen los linfocitos T supresores (linfocitos T reguladores), cuya función consiste en la supresión de la activación del sistema inmunitario y la inhibición de la respuesta inmunológica frente a los tejidos del propio cuerpo. De manera que en los organismos sanos se encargan de que el sistema inmunitario no ataque a sus propias células. Esto impide la aparición de las enfermedades autoinmunes.

·        Linfocitos B: este tipo de linfocitos maduran en la médula ósea y constituyen aproximadamente el 15% del total de linfocitos en sangre. Los linfocitos B pertenecen al sistema inmunitario humoral específico. Al tomar contacto con cuerpos extraños, una parte del linfocito B se transforma en las denominadas células plasmáticas, que forman los anticuerpos (inmunoglobulinas, Ig) que se enfrentan a estos cuerpos extraños. Las células plasmáticas viven de dos a tres días. Por otro lado, al tomar contacto con el cuerpo extraño, se transforman en células de memoria B, que años más tarde, pueden seguir produciendo el mismo anticuerpo aun cuando este ya no se encuentre en nuestro organismo.

6.- Desarrollo de la respuesta inmunitaria

Cuando nuestro sistema inmunitario se defiende de los patógenos, tanto el sistema inmunitario específico como el inespecífico toman parte en el desarrollo de la respuesta inmunitaria.

El desarrollo de la respuesta inmunitaria comienza cuando la reacción inmunitaria las células capacitadas del sistema inmunitario identifican al cuerpo extraño: esta identificación se logra gracias a la estructura superficial extraña del intruso, por ejemplo, una bacteria. La estructura de la superficie se compone, entre otras cosas, de proteínas especiales, los antígenos. Determinadas células del sistema inmunitario específico, los linfocitos B, pueden crear proteínas específicas “los anticuerpos” para luchar contra estos antígenos que se adaptan como una llave a su cerradura. Una proteína que presenta características propias de un anticuerpo, son las denominadas “inmunoglobulinas”. Presumiblemente, el sistema inmunitario es capaz de crear anticuerpos específicos para unos 10-100 millones de antígenos diferentes. Los anticuerpos se clasifican en cinco tipos, cada uno de los cuales tiene una función distinta en la reacción inmunitaria:

·        Anticuerpos IgG: estas inmunoglobulinas, las predominantes, están presentes principalmente en el plasma sanguíneo. Fijan los microorganismos y las sustancias tóxicas (toxinas), por ejemplo, las formadas por las bacterias, que están presentes en el plasma, de manera que las células defensoras del sistema inmunitario inespecífico (los fagocitos) las pueden ingerir más fácilmente. Además, varios tipos de IgG activan el denominado sistema del complemento, que también toma parte en el desarrollo de la respuesta inmunitaria.

·        Anticuerpos IgM: la formación de estas proteínas tiene lugar, sobre todo, cuando comienza la reacción del sistema inmunitario. Activan de manera eficaz el sistema del complemento del sistema inmunitario inespecífico. Esta activación desencadena una serie de reacciones que conducen finalmente a la disolución de los agentes patógenos.

·        Anticuerpos IgA: están presentes en regiones del cuerpo a las que no pueden acceder las células formadas por los anticuerpos. Los anticuerpos IgA se encuentran, por ejemplo, en la saliva, en las lágrimas, en el sudor y en la mucosa nasal, así como en las secreciones de los pulmones y el tracto gastrointestinal. Las IgA se adhieren a los cuerpos extraños y de esta manera, protegen principalmente las mucosas del organismo de las infecciones bacterianas.

·        Anticuerpos IgE: desempeñan un papel especial en la defensa frente a los parásitos y en las reacciones alérgicas, al unirse a determinados fagocitos (mastocitos y granulocitos basófilos). Al ponerse en contacto con una sustancia que provoca alergias (alérgeno), se produce la interconexión de los anticuerpos, por la cual se liberan distintas sustancias que conducen a una reacción alérgica inflamatoria.

·        Anticuerpos IgD: se encuentran en la proteína de la membrana en forma de linfocitos B inmaduros y probablemente tengan una función reguladora del sistema inmunitario.

6.1.- La respuesta inmunitaria

Una vez que las partículas extrañas o los agentes patógenos penetran en el organismo, se pone en marcha la respuesta inmunitaria. La respuesta inmunitaria comienza con las células defensoras del sistema inmunitario inespecífico, los macrófagos: estas células identifican a los intrusos, los absorben y los transportan a través del tejido sistema linfático a órganos del sistema inmunitario Después, las proteínas especiales (antígenos) se enfrentan a los linfocitos del sistema inmunitario específico (linfocitos T y linfocitos B), que desencadenan el desarrollo de la reacción inmunitaria específica. Los linfocitos B producen anticuerpos frente a los antígenos específicos de cada patógeno. Estos anticuerpos se fusionan con el antígeno correspondiente de la sustancia extraña existente en el organismo o el patógeno formando el denominado complejo antígeno-anticuerpo. Mediante esta unión con el anticuerpo, muchos antígenos pierden ya su efecto nocivo. Han sido neutralizados. Las células del sistema inmunitario inespecífico, los fagocitos, ingieren finalmente el complejo antígeno-anticuerpo y lo extraen de esta manera de la sangre. Además de la formación de anticuerpos gracias los linfocitos B, también se lleva a cabo la activación de los linfocitos T, que también pueden destruir directamente a los patógenos. Durante el desarrollo de la respuesta inmunitaria también se activan determinadas células del sistema inmunitario inespecífico que destruyen las células infectadas, son las denominadas células cito tóxicas o linfocitos T cito tóxicos, que atacan directamente a los cuerpos extraños. Mediante la liberación de sustancias, que producen la dilatación los vasos sanguíneos o hacen permeable la pared de los mismos, p. ej., las histaminas o los factores de complemento, se inflama el tejido infectado, además, aparecen los signos propios de la inflamación como el enrojecimiento, la tumefacción, el calentamiento, el dolor. La respuesta inmunitaria del cuerpo conduce al aumento del tamaño de los ganglios o el bazo, normalmente debido a la consiguiente activación y reproducción de linfocitos.

Gracias a la producción de linfocitos de memoria T el sistema inmunitario tiene la capacidad de recordar la estructura superficial extraña, de manera que cuando tiene lugar una nueva exposición al mismo agente patógeno, la reacción inmunitaria muestra un desarrollo más rápido con una mayor producción de anticuerpos que la primera vez. A este fenómeno se le conoce como memoria inmunológica. El proceso de aprendizaje del sistema inmunitario puede modificar la capacidad de defensa del organismo de tal manera que al sufrir una infección que ya se había padecido antes y que era causada por un mismo patógeno, no se presente ningún tipo de síntoma de la enfermedad (fiebre o mal estado general, por ejemplo): el cuerpo es inmune a estos patógenos. Debido a esto, algunas enfermedades infecciosas surgen principalmente en la niñez, como por ejemplo enfermedades típicas de la infancia como el sarampión, la rubeola y las paperas.

En este principio, la creación de inmunidad a través del sistema inmunitario del cuerpo, se basan las vacunas preventivas contra los patógenos. La denominada inmunización activa consiste en suministrar al organismo una cantidad inofensiva de determinados antígenos o determinantes antigénicos (patógenos vivos, debilitados o muertos) en forma de vacuna. El sistema inmunitario reacciona con una respuesta inmunitaria inicial leve creando anticuerpos en ese primer contacto. Cuando el cuerpo vuelve a exponerse al patógeno el sistema inmunitario ya ha producido células de memoria específicas (anticuerpos), gracias a las cuales se produce una reacción inmunológica más rápida y contundente. Esta inmunidad adquirida a través de la vacuna, dura normalmente varios años. En la inmunización pasiva, inyección directamente de inmunoglobulinas, el vacunado ya cuenta con anticuerpos listos para enfrentarse al antígeno correspondiente. Pero en este caso, la inmunidad tan solo dura unos meses.

Los factores físicos pueden tener una gran influencia en el sistema inmunitario. Por lo tanto, los sistemas inmunitario, nervioso y hormonal están conectados y producen una reacción coordinada, formando la denominada interacción inmunoneuroendocrina. De manera que la adrenalina, por ejemplo, que el cuerpo libera ante una mayor actividad (hormona del estrés), obstaculiza la producción de anticuerpos linfocitos B y por consiguiente, el desarrollo de la respuesta inmunitaria.

7.- Funciones y disfunciones del sistema inmunitario

Proceso inflamatorio

Para tener salud es imprescindible que el sistema inmunitario se encargue de la misma manera de la inmunidad y la tolerancia, es decir, que reaccione ante las sustancias extrañas del cuerpo con una defensa controlada e impida la reacción inmunitaria contra las sustancias del propio cuerpo. Cuando se rompe el equilibrio entre estas dos funciones, se producen las disfunciones. Esto puede traducirse en un proceso inflamatorio desmesurado o inexistente.

7.1.- La inflamación (del latín inflammatio) es una reacción de defensa general del sistema inmunitario ante los distintos estímulos nocivos. Los desencadenantes de dicho proceso inflamatorio son patógenos como las bacterias, los virus, los hongos o los parásitos, aunque también lo son sustancias químicas como los ácidos o las bases, los factores físicos como la temperatura o las radiaciones, influencias mecánicas como el frotamiento, la presión o los cuerpos extraños y los estímulos que actúan en el interior del cuerpo (endógenos) como la descomposición de las células causada por tumores malignos. Normalmente, el proceso inflamatorio elimina los estímulos nocivos y sus secuelas.

Las llamativas características del proceso inflamatorio son el enrojecimiento (rubor), la tumefacción (tumor), el calentamiento (calor), el dolor (dolor) y la pérdida de las funciones normales (functio laesa) de los tejidos afectados. Se tiene conocimiento de los signos propios de la inflamación desde la antigüedad y fueron descritos por Aulus Cornelius Celsus en el siglo I d.C., así como por Claudius Galenos (Galeno de Pérgamo) unos cien años más tarde.

El sistema inmunitario dispone de dos mecanismos de defensa diferentes: la respuesta inmunológica inespecífica y específica. Los mecanismos de defensa específicos e inespecíficos que se desencadenan en la respuesta inflamatoria están estrechamente unidos. Ciertas células defensoras del sistema inmunitario específico, los fagocitos, son las responsables de una reacción inflamatoria más contundente: los denominados mastocitos. Además, determinados patógenos o cuerpos extraños favorecen la formación de ciertos anticuerpos, los anticuerpos IgE, que, a su vez, están vinculados con los mastocitos, de manera que se produce una reacción entre mastocitos y patógenos. Los mastocitos contienen sustancias como las histaminas, la serotonina, la heparina y diversas enzimas, por lo que el tejido afectado se enrojece y calienta. Además, dicho aumento de tamaño, que se da en la inflamación, irrita los nervios adyacentes, produciendo dolor. Debido a la alta permeabilidad de los vasos sanguíneos, que también es provocada por los mediadores de la inflamación, se expulsa al tejido líquido rico en proteínas (exudado). El área afectada se hincha y se forma un edema. Las diferentes enzimas almacenadas en los mastocitos desencadenan la producción de más mediadores de la inflamación como las prostaglandinas, los leucotrienos y la bradiquinina, que se comportan de manera similar a la histamina y refuerzan el proceso inflamatorio. Al mismo tiempo, se produce una migración elevada de fagocitos del sistema inmunitario inespecífico. Estos atacan a las células extrañas y las transportan. Además, causan la liberación de otras sustancias como las denominadas proteínas de la fase aguda, que provocan síntomas como fiebre, agotamiento, dolores en las extremidades y pérdida de peso. A lo largo de todos estos procesos, las células implicadas del sistema inmunitario se comunican entre ellas gracias a innumerables mensajeros químicos, entre los que se encuentra el grupo de las denominadas interleucinas.

7.2.- Alergias

Cuando se ven afectadas diferentes funciones del sistema inmunitario aparecen las disfunciones, estas pueden manifestarse en forma de alergias. Una alergia es la consecuencia de la reacción anómala del sistema inmunitario: el organismo previamente sensibilizado (inmunizado) reacciona con una sensibilidad excesiva ante el antígeno (proteína extraña que causa la producción de antígenos en el cuerpo), al cual se había visto expuesto previamente. Al mismo tiempo, se produce la lesión de las células y los tejidos. Esta lesión puede darse en forma de inflamación localizada o en forma de choque que afecta a todo el organismo. Independientemente de qué células inmunitarias del sistema inmunitario específico desencadenen la reacción de hipersensibilidad, células T o B, es posible diferenciar entre los siguientes tipos de reacción en cuanto a alergias se refiere:

·        Hipersensibilidad tipo I: este tipo de reacción también se denomina reacción anafiláctica (del griego ana = contra, phylaxis = protección), término que normalmente se equipara al concepto de alergia en el habla diaria. Las alergias del tipo I juegan un papel importante en el conflicto del sistema inmunitario con los alérgenos como el polen de las gramíneas (en la fiebre del heno), los productos alimenticios (por ejemplo, la clara del huevo de gallina), el veneno de los insectos (por ejemplo, la picadura de las abejas) o los medicamentos (por ejemplo, la penicilina). En Europa Central, aproximadamente el 15% de la población padece una alergia del tipo I. En las reacciones anafilácticas, se produce la liberación de mediadores de la inflamación mediante la activación de los mastocitos, causada por la producción de anticuerpos IgE. En cuestión de segundos o minutos, pueden aparecer síntomas como la la dificultad respiratoria, las reacciones asmáticas, el prurito o el enrojecimiento y tumefacción de la piel (= urticaria) o incluso un choque general del organismo (choque anafiláctico). La mayoría de las veces, el efecto de estas reacciones inmediatas disminuye rápidamente. No obstante, es posible que de dos a ocho horas después del punto álgido de la reacción, aparezcan reacciones posteriores más graves.

·        Hipersensibilidad tipo II: este tipo de reacción, también denominada reacción citotóxica, comprende la reacción anómala del sistema inmunitario, cuyos desencadenantes son los anticuerpos IgM e IgG. Las alergias del tipo II juegan un papel importante en el rechazo de órganos trasplantados, transfusiones de sangre y las denominadas enfermedades autoinmunes. El proceso inflamatorio causado alcanza su máximo como mínimo de 4 a 10 horas después de que se produzca la exposición al antígeno.

·        Hipersensibilidad tipo III: este tipo de reacción se produce debido a la producción y sedimentación del denominado complejo inmunitario. Los complejos antígeno-anticuerpo circulan en la sangre y otros fluidos corporales, se posan en las paredes de los vasos sanguíneos o en los tejidos y provocan desde allí el proceso inflamatorio. Dependiendo de si los complejos inmunitarios se posan en la totalidad del sistema circulatorio o solo en ciertas zonas, se diferencia entre hipersensibilidad tipo III sistémica (todo el organismo se ve afectado) o local (se trata de una alergia localizada). Las reacciones sistémicas del sistema inmunitario van acompañadas de fiebre, dolores articulares, dolores musculares, inflamación de los vasos sanguíneos, inflamación de los riñones y aumento del tamaño de los ganglios linfáticos. A este conjunto de síntomas también se le denomina enfermedad del suero, ya que antiguamente la producía el tratamiento contra la difteria. Entre las posibles enfermedades subyacentes, encontramos el lupus eritematoso y la artritis reumatoide. A la reacción de hipersensibilidad localizada de tipo III se le denomina reacción de Arthur. Esta aparece, por ejemplo, en la celiaquía (intolerancia al gluten).

·        Hipersensibilidad tipo IV: se trata de una reacción retardada mediada por células del sistema inmunitario. La mediación tiene lugar entre linfocitos T y los linfocitos y macrófagos activados, que no están sensibilizados de manera específica frente al antígeno. Su máximo se alcanza de 24 a 48 horas después de que se produzca la exposición al antígeno. Las alergias del tipo IV normalmente se producen por la acumulación de sustancias en la piel (alergia de contacto, por ejemplo, la alergia al níquel), a través de gérmenes causantes de enfermedades (alergias por infección, por ejemplo, tuberculosis o infecciones fúngicas) y a través de antígenos procedentes de tejidos ajenos al propio cuerpo tras los trasplantes.

7.3.- Enfermedades autoinmunes

Cuando las funciones del sistema inmunitario se ven afectadas aparecen las disfunciones, esto puede ser la consecuencia de la aparición de enfermedades autoinmunes. El sistema inmunitario es capaz de reconocer cualquier tipo de molécula proteica extraña (antígeno) y reaccionar ante ella. Además, las células que tienen la capacidad de llevar a cabo una respuesta inmunológica (las denominadas células inmunocompetentes) reconocen también a las estructuras del propio cuerpo, sin producir no obstante reacción alguna, puesto que durante el desarrollo embrionario y los primeros meses de vida aprenden a tolerar a las estructuras del propio cuerpo. Si se rompe esta tolerancia autoinmune (del griego autos = mismo, propio), el sistema inmunitario ataca a los tejidos del propio cuerpo y los daña. Paul Ehrlich ya conocía los peligros de dicha reacción autoinmune y la denominó horror autotoxicus.

El origen de las enfermedades autoinmunes sigue sin estar claro en la actualidad. Presumiblemente, estas deficiencias del sistema inmunitario se desarrollan debido a infecciones de bacterias, virus u otros microorganismos, cuyas estructuras antigénicas son casi idénticas a las de las células del propio cuerpo. Como reacción al patógeno-antígeno, el sistema inmunitario produce sustancias de defensa (anticuerpos), que también se dirigen contra los tejidos del propio cuerpo, se trata de la denominada reacción cruzada. Si estos auto anticuerpos permanecen en la sangre, después de que la infección haya disminuido, se desarrollan enfermedades crónicas, que en general se desarrollan en fases y en las que distintos órganos y tejidos pueden verse afectados. Ejemplos de dichas enfermedades autoinmunes son la esclerosis múltiple, el lupus eritematoso sistémico, la artritis reumatoide, el hipertiroidismo y la esclerodermia.

8.- Fortalecer el sistema inmunitario

Es importante cuidar y fortalecer el sistema inmunitario, especialmente en otoño e invierno. La humedad y el frío exigen más al sistema de defensa de nuestro cuerpo.

No es ninguna sorpresa que, sobre todo en la época más fría del año, muchas personas desarrollen un resfriado con síntomas comunes como tos, dolor de garganta y malestar general. Un resfriado no siempre se puede prevenir pero se pueden seguir medidas sencillas que ayudan a fortalecer el sistema inmunitario.

Existen diversos factores que, a veces, perjudican gravemente el sistema inmunitario. Algunos de estos factores son los siguientes:

·        Determinadas enfermedades como las infecciones de las vías respiratorias, inflamaciones y enfermedades estomacales e intestinales.
·        Problemas psicológicos/estrés
·        Sustancias nocivas del medio ambiente
·        Mala alimentación
·        Actividad deportiva en exceso o practicada de forma inadecuada
·        Medicamentos
·        Intervenciones quirúrgicas
·        Envejecimiento

Las personas que fortalecen su sistema inmunitario de manera activa, están más protegidas ante las infecciones. Son principalmente las personas con un sistema inmunitario ya debilitado las que deben tomar precauciones. Para fortalecer el sistema inmunitario, son especialmente útiles las siguientes medidas:

·        Seguir una alimentación equilibrada y rica en vitaminas y productos frescos.
·        Realizar deporte de forma moderada y constante.
·        Seguir un ritmo de vida lo menos estresante posible.

8.1.- Radicales libres

Los mencionados radicales libres pueden perjudicar al organismo. Los radicales libres son unos compuestos oxigenados agresivos, que en grandes cantidades pueden dañar el material genético (el ADN) que contienen las células del cuerpo. Entre ellas, se encuentran sustancias que provocan cáncer.

El organismo necesita radicales libres en pequeñas cantidades, por ejemplo, para activar el sistema inmunitario. El organismo absorbe radicales libres a través de la alimentación o el aire que respiramos, por otro lado, también los crea él mismo. En nuestro organismo, se encuentran muchos radicales libres que pueden provocar cáncer, infarto de miocardio y cataratas, por ejemplo.

Los radicales libres los podemos encontrar en el humo de los cigarrillos, la bruma industrial, el ozono, las radiaciones solares fuertes, así como los procesos metabólicos del organismo. El organismo dispone de diversos mecanismos de defensa, el denominado sistema antioxidante, que puede interceptar radicales libres con la ayuda, por ejemplo, de la vitamina C o la vitamina E. Además, el organismo produce enzimas antioxidantes, que neutralizan a los radicales libres. Para producir estos enzimas, el cuerpo necesita oligoelementos como el cinc, el selenio, el hierro y el cobre.

8.2.- Alimentación

Una alimentación sana ayuda a fortalecer considerablemente el sistema inmunitario. La carencia prolongada de determinados nutrientes como los metabolitos secundarios de las plantas, las vitaminas y los oligoelementos en la alimentación, es algo que el sistema inmunitario no puede soportar. El riesgo de contraer una infección aumenta. En los momentos en que el cuerpo está sometido a grandes esfuerzos, éste necesita una mayor cantidad de estos nutrientes.

Entre otros, son importantes para el sistema inmunitario los siguientes nutrientes:

·        Hierro: el hierro ayuda a los denominados fagocitos del sistema inmunitario a luchar contra los cuerpos extraños y los agentes patógenos. Los niños pequeños y las mujeres necesitan normalmente una mayor cantidad de hierro (por ejemplo, durante el crecimiento, embarazo o menstruación). Si no se obtiene suficiente hierro con la alimentación, aparece una leve ferropenia. Además, se puede desarrollar una anemia que viene asociada con síntomas como la fatiga. Además, la falta de hierro aumenta el riesgo de padecer infecciones.
·        Cinc: el cinc contribuye a la activación de los fagocitos y además, ayuda en la producción de anticuerpos. Si el nivel de cinc en el organismo es bajo, la curación de las heridas es más lenta. Además, el sistema inmunitario está menos activo, de manera que las infecciones duran más tiempo del habitual.
·        Selenio: el selenio también es importante para el sistema inmunitario. Este oligoelemento ayuda a determinadas enzimas, que son necesarias para inactivar a los mencionados radicales libres. Los radicales libres son compuestos oxigenados agresivos que pueden dañar el material genético.
·        Yodo: el yodo es un componente de las hormonas tiroideas y juega un papel importante en muchos procesos metabólicos.
·        Vitaminas y metabolitos secundarios de las plantas. La vitamina C, la vitamina E, la vitamina A y los metabolitos secundarios de las plantas nos ayudan a protegernos de los radicales libres. Además, las vitaminas C y E, principalmente, contribuyen a activar el sistema inmunitario y pueden reducir considerablemente la posibilidad de sufrir una infección. Puesto que las vitaminas se complementan para realizar su función, se debería prestar atención a la ingesta equilibrada y evitar una mala alimentación.

Son importantes para el sistema inmunitario:

·        Vitamina C: la vitamina C ayuda, entre otros, en la producción de los linfocitos cito tóxicos del sistema inmunitario. Además, es necesaria para la formación del colágeno que compone el tejido conjuntivo, el cual, por otro parte, se encarga de la cicatrización de las heridas. Por otro lado, la vitamina C intercepta los radicales libres y favorece la función de la vitamina E.
·        Vitamina E: la vitamina E aumenta la actividad de determinadas células del sistema inmunitario. Tiene la capacidad de interceptar radicales libres y es importante para el funcionamiento de la membrana celular, el sistema circulatorio y el metabolismo proteínico.
·        Vitamina A: la vitamina A favorece la creación de las células del sistema inmunitario, así como la producción de anticuerpos.
·        Metabolitos secundarios de las plantas: los metabolitos secundarios de las plantas como los poli fenoles interceptan radicales libres.
·        Fibra para la flora intestinal. En el intestino, el cuerpo se enfrenta a diario a numerosos patógenos y sustancias extrañas tras la ingesta y debe proporcionar una defensa rápida. Por ese motivo, parte del sistema inmunitario está estrechamente unido con el intestino. En la pared del intestino se encuentran numerosos ganglios, de manera que pueden reaccionar directamente y rápidamente contra los patógenos.
También la flora intestinal es importante para la defensa ante los patógenos. Entre ellos se encuentran diversas bacterias inocuas, por ejemplo, las bacterias generadoras de ácido láctico, que colonizan principalmente el intestino grueso. Estas evitan que los gérmenes causantes de enfermedades se multipliquen y extiendan por el organismo. Cuando la flora intestinal se ve afectada, por ejemplo, por la ingesta de antibióticos, es posible que se produzcan enfermedades que provocan diarreas.

Normalmente, la fibra que se encuentra en algunos alimentos como los cereales, las legumbres, la fruta y la verdura, favorece la salud de la flora intestinal. El yogur, diversos productos lácteos como la leche batida y el queso, el chucrut (es una comida típica de Alemania, de Alsacia, de Polonia y de Rusia que se prepara haciendo fermentar las hojas del repollo en agua con sal) y las verduras maceradas que producen ácido láctico, además de los alimentos pro bióticos, activan el sano crecimiento de las bacterias generadoras de ácido láctico.

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