EL AMOR DE MIS PADRES. PERCY ZAPATA MENDO.

EL AMOR DE MIS PADRES
A mis padres: Julio y Rita.
Enero del 2012

Mis padres llevan cincuenta y siete años de casados; juntos han pasado por mil peripecias. Les oí referir en numerosas ocasiones que al inicio de su convivencia como pareja, sólo tenían una naranja como alimento para  comer durante el día, la cual compartían en medio de la conversación cotidiana que versaba sobre el trabajo de mi padre en la fábrica azucarera o en los percances que tenía mi madre en su discurrir como novel ama de casa, y que ella para ayudar en la escasa economía familiar se encargaba de lavar la ropa de uso diario o de cama de los vecinos.
No tenían más muebles sobre el cual sentarse que dos adobes  descascarados y la única distracción por la noche era salir a la puerta de su domicilio de quincha a mirar el cielo estrellado en silencio y abrazados, y al poco de esto, se retiraban a un desvencijado horcón que servía de cama con no más abrigo que el saco de un terno viejo de mi padre. Poco a poco se fueron haciendo de los utensilios necesarios para el hogar: unos platos de peltre, unas toscas cucharas de madera, un cubrecamas de lana burda, etc., etc. Conforme mi padre fue especializándose en su trabajo y ascendiendo de categoría, el sueldo fue incrementándose y ello le permitió mejorar la provisión del hogar. Los hijos vinieron después sucesivamente. Nunca nos faltó la alimentación básica; y el vestido, sino era nuevo, nos era heredado del hermano mayor que mi madre acondicionaba según las dimensiones del nuevo usuario, demás está decir que mi  madre se ocupó que luciéramos siempre con la ropa limpia, con algunos remiendos invisibles, pero siempre impecables y erguidos sin asomo de vergüenza por el uso de la ropa de segunda.
El matrimonio fue puesto a prueba tal y como rezan sus preceptos al momento de contraer nupcias: “estar juntos en la salud y en la enfermedad”, y ¡vaya que lo estuvieron! Inicialmente mi padre contrajo una enfermedad cuyo diagnóstico le fue esquivo para los médicos del hospital de la empresa, y por más de dos años estuvo ingresando periódicamente al nosocomio y no es pocas ocasiones fue hospitalizado. Para algunos galenos era algo psicológico, para otros era un claro caso de tuberculosis, terceros opinaban que era un cáncer agresivo y que sólo le quedaba más que pedir la absolución de sus pecados… y “X” hipótesis se fueron tejiendo a lo largo de ese tiempo mientras que la salud de mi padre se resquebrajaba más y la pérdida de peso lo dejó sumido casi en su arquitectura ósea y completamente exánime. Mi madre, con dos niños a su cuidado y gestando al tercero, se encargaba de llevarle en brazos al hospital mientras que a su paso recibía los cuchicheos insidiosos o muestras de repulsión de la gente ante el espectáculo que ofrecía mi enfermo padre. Fue mi abuelita materna quien era ama de llaves de los alemanes la que se compadeció del duro trance por el que pasaban su hija y yerno, y resuelta fue a ver al médico de cabecera de los Gildemeisters e hincándose le suplicó llorosa tratase a mi padre. El médico impresionado por la forma en que fue hecho el pedido y mirando el rostro marchito de esa madura mujer de largas trenzas azabaches bien acicaladas que caían a los largo de ese rostro cobrizo de facciones suaves pero firmes, rematados en unos ojos almendrados, ataviada con ropas muy humildes pero limpias, y que le tomaba implorante uno de los faldones de su larga, impoluta y alabastrada bata de médico con una mano firme que había lavado un sinnúmero de vestimentas germánicas de gruesa tela, aceptó conmovido el caso con un leve asentimiento de cabeza y citó a mi ya desfalleciente y resignado a la muerte, progenitor. Le practicó un exhaustivo examen físico, y tras una hora, dio su veredicto: era una Gastritis, se trataba sólo de eso, y ésta fue agudizada por las terapias previas de los otros facultativos, el doctor le dijo en tono risueño: “Tú vas a salir de alta comiendo frijoles”. En menos de un mes, mi padre recuperó peso con el tratamiento brindado por este médico y pudo valerse por sus propios medios y reincorporarse al trabajo. Demás está decir que los frijoles se constituyeron en su plato preferido y que no pasa semana en que los comamos por lo menos dos veces con el almuerzo. Mi padre también fue puesto a prueba en su juramento de esposo, pues mi madre posterior a mi parto, desarrolló una serie de úlceras uterinas que le provocaban hemorragias incontenibles. Fue llevada por mi padre a un médico particular en Trujillo cuya sola consulta le costaba el 30% de lo que mi papaíto percibía en un mes de trabajo. El facultativo la sometió a una serie de dolorosas cauterizaciones…pero continuaron irrefrenables los sangrados. Mi padre estaba desesperado, le fue proporcionado el nombre de uno de los más prestigiosos médicos de Trujillo y sin dudarlo dos veces la llevó a su consultorio. Tras la consulta, el clínico concluyó que debía de operar de inmediato a mi madre y que se requería de una cantidad de dinero que superaba el cuádruple de lo que mi padre percibía al mes. Lo bueno era que tenía solución la enfermedad de mi mamita, lo trágico era que mi padre ya no contaba con efectivo y los amigos y conocidos a los que recurrió, o bien se negaron a hacerle el préstamo, o no tenían para hacerlo…pero como dicen, “Dios actúa de maneras misteriosas” , mi padre estaba contrito en la puerta de la casa donde vivía cuando se le acercó un apenas conocido compañero de trabajo, le inquirió el motivo de su pesar, y sin mediar palabras, le dijo: “Hermanito, vente por la noche y te soluciono el problema, yo tengo un dinerito guardado que no lo necesito sino hasta dentro de tres meses, ése es el plazo que te doy para que me lo devuelvas, hoy por ti, mañana por mí, me enteré de tu caso por medio de esos avarientos que te negaron prestarte y aquí estoy”. ¿Y así dicen que los milagros no ocurren en la actualidad? Mi mamita se recuperó a los dos meses de ello.
¿Cómo es mi padre? Físicamente no deseo encasillarlo en una descripción tediosa, es su manera de ser la que deseo rescatar: formal hasta lo indecible, serio como un guardia suizo, responsable y esclavo de su palabra como nadie, con una preclara inteligencia puesta a prueba en numerosas oportunidades en su centro de trabajo, entiéndase a la inteligencia como la capacidad de poder resolver problemas nuevos. Nunca nos dijo un “te quiero” o un “te amo hijo”, o “estoy orgulloso de sus logros”, pero ello jamás nos preocupó, pues lo demostró a su modo, trabajando como un culí de sol a sol para educarnos y que no nos falte lo esencial, pues lujos jamás tuvimos y no somos pegados a ellos por la manera de ser en que fuimos criados. El nos enseñó desde pequeños que todo debe ser planificado, las cuestiones monetarias deben ser presupuestadas de mes a mes y que debemos separar siempre un pequeño extra para urgencias, que no debemos de regatear cuando de salud se trata, y sobre todo, que el dinero sólo sirve para satisfacer nuestra necesidades elementales y erradicar la avaricia de nuestra mente y corazón. Y a pesar que nuestro padre llegó en algún momento ocupar un cargo dirigencial de fiscalización en la empresa cooperativa, jamás hizo uso de ese poder para beneficiar a su familia, pues seguía esta máxima moral: “no quiero que nadie me señale ni diga que tengo rabo de paja”.
¿Y mi madre? Ella es el prototipo de una gallinita de los cuentos de hadas, no sólo está dispuesta a sacrificarse por sus hijos, sino que ha puesto en práctica esta virtud maternal, pues en numerosas ocasiones dejó de llevarse un bocado a su estómago con tal de ver satisfecho el hambre de sus retoños. Desde los cinco años de edad ella se encargó del cuidado de sus hermanos pequeños y se adjudicó de lleno las labores de cocina a esa temprana edad. El deber “maternal” hizo que sacrificara su niñez, adolescencia y juventud. Es sumamente inteligente para las manualidades, siempre en su escaso tiempo está ideando la manera de hacer muñequitos de algodón y plástico, quizás como una reminiscencia de la niñez truncada, o confeccionando unos cuadros primorosos y casi churriguerescos con estampitas o calcomanías que adquiere por ella misma o le es suministrada por mi hermana. Siempre está inquiriendo si hemos almorzado o desayunado bien, y constantemente pregunta por los ausentes a la visita diaria y no concilia el sueño con tranquilidad mientras no sepa si el hijo que no vino a cenar o a saludar se encuentra bien.
En lo que más pusieron énfasis mis padres fue en la educación. Nos matricularon en uno de los primeros centros educativos particulares de Casa Grande, la plana docente fue la idónea, y mediante una férrea disciplina casi militarizada nos inculcaron los conocimientos necesarios que sirvieron de base para nuestros futuros estudios profesionales. Puedo decir que hemos tenido la fortuna de nacer de estos padres maravillosos, que aun en el ocaso de sus fuerzas, se esmeran por seguir proveyéndonos no sólo entregas materiales de su magro sueldo de jubilados, sino de aspectos mucho más valiosos: su amor, consejos  y cariños.
Su amor por nosotros sus hijos jamás mengua, pero con el advenimiento de sus nietos, cambiaron un tanto su manera de ser, mi mamita se transformó en una abuela súper protectora, tanto que al mayor de mis sobrinos aun entrada su adolescencia, le seguía peinando su rebelde cabellera con aceite para pelo; a mi sobrina le proveía de sendas viandas que terminaban engullidas en un santiamén sepultadas en su estómago, y hasta los huesos del pollo eran machacados y reducidos a su mínima expresión; y con el último, consintiéndole en prepararle en el almuerzo sus infaltables frituras y el puré de papas. Mi papá, con cada uno de sus nietos les ha llevado a pasear o a jugar, aspecto que no lo hizo con nosotros sus hijos y que no reprochamos en absoluto, todo lo contrario, nos alegra que su carácter se haya disipado un poquitín por el amor a los nietos que llevan su sangre.
No se imaginan la imagen tierna que llevo grabada en mis retinas cuando a hurtadillas espío por un costado de la puerta de la cocina y veo a mi padre acompañando en la cocina a mi madre, ambos ya octogenarios, pero cual Secuoyas americanos, se resisten al paso del tiempo. Y más curioso es escuchar sus conversaciones: que no se cuidó la llama del gas y el aire le apagara inmisericorde, que los frijoles no tienen suficiente agua y se están por quemar, que por dos soles la verdulera ya no da la misma cantidad de chilche que antes, que al último de mis sobrinos no le gusta las menestras y sólo apetece comer papas fritas y que ello no le nutre adecuadamente, que el día anterior uno de mis hermanos no vino de visita y si habrá comido bien, etc.
¿Cómo no amarles? No solo por el hecho de cumplir con el precepto bíblico, sino por lo valiosas personas que son y han sido con nosotros. Muchas veces me levanto en la madrugada, me acerco a la cama donde duermen, y pego mi oído al pecho de ellos para cerciorarme si respiran y el tipo de respiración que llevan; y cuando a veces por la edad, sufren de lo que se llama apnea del sueño (periodo de parada respiratoria), una ansiedad creciente se apodera de mí hasta dar el tiempo prudencial para volver a sentir expandirse sus pulmones debajo de mis manos o de escuchar sus sonoros ronquidos regulares. El alma vuelve a mi cuerpo y otra madrugada pasa con tranquilidad.
La verdad no se qué será de mí y de mis hermanos el día en que mis padres nos llegaran a faltar…sé qué dirán que “el mundo sigue su curso”, pero las cosas no volverán a ser las mismas…no, no lo serán definitivamente.
Amor como el de mis padres, jamás.

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