ROSALINA. PERCY ZAPATA MENDO.

ROSALINA
14 DE JULIO DEL 2012

Su cuerpo yacía exánime sobre una de las camas del viejo Hospital de la Empresa Casa Grande, el frasco de fluidos que estaba conectado a una de sus delgadas y frágiles venas del antebrazo dejaba manar parte de su contenido fuera de él. Mi madre y hermana habían condicionado unos pañuelos sobre este mini manantial que no dejaba de fluir gota a gota del sitio donde se insertaba la aguja a la piel, empapando suave e inexorablemente el albo paño de algodón. De vez en cuando acercaban sus oídos hacia el pecho de mi abuelita Rosalina para tratar de percibir el aire desplazarse por sus contraídos bronquios hacia sus gastados y cansado pulmones, pues aun con una vista entrenada, las expansiones torácicas eran apenas perceptibles en ese cuerpo centenario. Era principios de verano y el sol matinal abrigaba las calles de esta pequeña ciudad agro-industrial, no obstante, las paredes del Hospital revestidas de mármol verde claro sustraían inexorable e inclemente el calor corporal de los que estaban en esa espaciosa sala de internamiento colectivo. Mis familiares cobijaron con otras mantas traídas de mi casa a mi desfallecida abuelita, para evitar que siga perdiendo el precioso y necesario calor, en tanto que ellas se encogían de hombros y cruzaban sus brazos sobre su pecho para minimizar las pérdidas a su vez. Muy de vez en cuando, sus miradas se cruzaban e inmediatamente las desviaban, y era que ambas trataban de preguntarse entre si lo que ya era obvio, el triste e ineludible desenlace.
La semana previa a este cuadro descrito, mi abuelita había comenzado por evocar con una detallada lucidez pasmosa recuerdos de su niñez y juventud, de sus quehaceres como Ama de Llaves para los Gildemeisters, dueños originales de la Empresa Azucarera Casa Grande, de cómo tenía que escoger las mejores y más grandes frutas, de corroborar que el pulpero no le quite un adarme en el peso de los huevos, en la carne, manteca o demás provisiones de cocina, y de tener siempre a tiempo la ropa de los Señores de la casa, para luego llegar a la suya entrada la noche y repartir algunas vituallas sobrantes de la casa de sus patrones entre su numerosa prole que gestó con sus anteriores parejas que habían fallecido sucesivamente uno tras otro.
Dos días antes de su hospitalización, entró en una especie de sopor seráfico, dejó de comunicarse con nosotros y tampoco quiso ya probar bocado alguno. Sensatamente mi madre, con la aquiescencia de mi papá, llamó al Señor Párroco de la localidad. A los treinta minutos de ello, el sacerdote hizo su llegada a mi casa y fue conducido al cuarto donde estaba mi mamá Rosa. Recuerdo que en el cuarto se percibía un olor a alcanfor y a ropa de bebé (pues recién había nacido mi sobrino Percy Junior y el cuarto era compartido con mi hermana, madre de aquél). El rollizo y sonrosado Padre, siempre vestido con su clásica camisa de algodón negra y con una boina del mismo color que cubría su incipiente calvicie, se acercó a la cama, se sentó un momento en uno de sus costados y le llamó a mi abuelita como sólo él solía hacerlo en su españolizado modismo de hablar: “Rosalía…Rosalía”, no encontrando respuesta de ningún tipo por parte de la anciana matriarca.
El Reverendo se quitó la boina, se puso la estola alrededor de su cuello, cogió la biblia con una mano mientras que con la otra hacía los obligados movimientos de bendición en forma de señal de la cruz con los dedos. A mitad del rezo, puso su mano sobre la frente de mi mamaíta, y se produjo un estremecimiento en ella, asió con sus manos a la del Padre, y musitó en forma clara y audible para todos los que estaban en el cuarto: “¡Bendita mi Virgencita María…que suavecitas tus manos mamita linda!”, para después volver a su mutismo e inmovilidad.
El Padre terminó el rezo muy conmovido, y nos refirió que nuestra abuelita estaba ya en la gracia de Dios y con la protección de la Virgen, y que era la primera vez que le sucedía un episodio similar en sus más de treinta años como sacerdote. Sus palabras nos confirieron consuelo y alegría en medio de la tristeza, pues mi mamita había recibido ya los Santos Óleos como buena católica que era, y en las postrimerías de su hálito final, para nosotros, sentimos que había tenido un contacto espiritual con nuestro Creador.
Al día siguiente de ocurrido esto, la deshidratación de mi abuelita se acentuó, ya casi no miccionaba, y la escasa orina que fluía de su fatigado cuerpo, eran sólo unas gotas turbias, sumamente amarillentas y malolientes. Asimismo la respiración superficial se acompañaba de gorjeos leves y algunos roncantes difusos por su pecho. Fue llevaba de inmediato al Hospital e hizo su ingreso por emergencia. Mis familiares tuvieron que esperar cerca de media hora para que apareciese el médico de turno, no porque estuviese ocupado, sino porque se encontraba durmiendo. Al reportarse el médico, casi no examinó a mi anciana mamaíta, se limitó a escribir algunas indicaciones y dispuso su internamiento en alguna cama disponible para el momento. Los “barchilones”1 se encargaron de llevar a mi anciana abuela a la cama asignada seguidos de mis padres y hermana.
Durante su estancia, no hubo mejoría, las fallas en sus funciones vitales se fueron acumulando, eso aunado a la nula vigilancia sanitaria por parte del personal, que acudió en dos contadas ocasiones a verificar el estado de la paciente- y lo hicieron de muy mala gana y con una prepotencia cortante e hiriente - precipitaron el ya consabido desenlace.
Por la madrugada su respiración se hizo más fatigosa, apenas ya audible, la piel perdió su turgencia y empezaba a adoptar una coloración marmórea, la frialdad de sus extremidades ya no se revertía con los cobertores ni con las fricciones suaves que le proporcionaban mis familiares que se habían quedado cuidándola. El goteo del frasco del suero paulatinamente se fue espaciando hasta detenerse por completo, y un profundo suspiro que llenó a plenitud los pulmones de mi anciana abuelita en una última bocanada vital, finalmente terminó en una larga y prolongada exhalación.
Mi abuela que había vivido y sobrevivido  en dos siglos, que había visto la ocupación de los soldados chilenos durante la infausta Guerra del Guano y del Salitre, soportado y peleado con tesón por su prole a las vicisitudes de finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, que había educado como pudo a sus hijos, que no fue afortunada con sus parejas puesto que habían fallecido en accidentes laborales, como el ser sepultado en vida en una mina, y que cada amor al que se entregó como sólo lo puede hacer una mujer enamorada, le dejaron cada uno como recuerdos y prolongación viviente de esas pasiones, a unos preciosos y saludables hijos. Madre soltera consagrada y obligada, jamás se dio por vencida, aún en las postrimerías de su vida, trató de seguir activa, hasta que ya más que centenaria, el tiempo la terminó por doblegar a sus escasas fuerzas y la recluyó a un sillón desde donde hacia sus rosarios cotidianos, pidiendo siempre por las ánimas de quienes le antecedieron, por sus hijos que le llevaban la delantera, por los vivos que aún tenía, y por estos sus nietos que muchas veces fuimos ingratos con ella.
Su cuerpo se rindió a las cinco y treinta de la madrugada, un 12 de enero…le fue conferido desde los cielos el descanso merecido. Ya era espíritu al encuentro de nuestro Creador.

GLOSARIO:
1.- BARCHILÓN: En el Perú se llama barchilón o barchilona a la persona encargada de la atención de enfermos en hospitales al nivel más prosaico; el barchilón es poco más que un sirviente de hospital y algo menos que un asistente, practicante o enfermero
El origen del peruanismo barchilón es anecdótico. Entre los oficiales pizarristas condenados a muerte después de la batalla de Jaquijahuana (1548) estaba un tal Pedro Fernández Barchilón, natural de Córdoba. Durante la noche que pasó en capilla, el arrepentido rebelde logró conmover al religioso encargado de darle los últimos auxilios espirituales, quien no sólo consiguió que se le conmutara la pena, sino que después ayudó al reo a huir del Cuzco. Su milagrosa salvación hizo profundo el sentimiento religioso de Barchilón. Cinco años después de ese episodio era administrador del hospital de Huamanga, función que desempeñó abnegadamente. Su humildad lo llevaba a realizar las más prosaicas tareas relacionadas con el cuidado de los enfermos, y era por ello usual oír en el hospital un perentorio llamado: ¡Barchilón! cuando alguien necesitaba su atención o auxilio. El vocativo se aplicó después a sus escasos ayudantes, y así el apellido del ex rebelde se convirtió en apelativo genérico de los que realizaban las mismas tareas. La denominación, extendida más tarde desde Huamanga a buena parte del virreinato, se ha usado ininterrumpidamente desde el siglo XVI hasta hoy.

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