¡VOYME PANCOCO!. PERCY ZAPATA MENDO.

¡VOYME PANCOCO!
Trujillo, Perú,
Julio de 1932
El bombardeo había terminado hacía tres horas, sin embargo, aún sentía agudos pitidos en ambos oídos en tanto que en su cerebro habían quedado grabados el ruido de las granadas cayendo en la cercanía de su trinchera o el silbido de la muerte de los obuses disparados incomprensiblemente por los barcos de la armada peruana, comprados para defenderlos de amenazas externas y no para masacrar a su propia gente. Las sienes le ardían horriblemente mientras su corazón latía desbocadamente  y tenía la sensación de querer atorársele en la garganta. Cerró los ojos y se recostó así, acuclillado como estaba sobre la pequeña loma de tierra que le servía de defensa en uno de esos tupidos cañaverales. Una brisa tímida que no supo identificar de dónde venía le refrescó el rostro y le imprimió nuevos bríos. Abrió los párpados y dejó caer los brazos con energía  a los lados del cuerpo para desentumecerlos; el rifle con el cañón recalentado seguía encima de sus muslos. El índice de su mano derecha lo tenía medio agarrotado y el hombro homolateral le dolía como si fuera a descoyuntársele. Retiró hacia un costado la solapa de su saco y se desabotonó la camisa para apreciar mejor la zona que le molestaba; se percató que todos los alrededores de la axila estaban moreteados por los culatazos que le imprimió el viejo rifle en cada descarga.
Llevaba combatiendo ya tres días y  no había dormido en todo ese tiempo. La barba ligeramente crecida, negra y muy tupida, propia de los Zapata de Piura, ya le comenzaba a picar. Rascóse frenéticamente la barbilla y las mejillas encontrando cierto alivio. Miró su terno dominguero y apreció que en varias partes  éste lucía hecho jirones. Recordó que él y otros veinte compañeros más de su sector, al igual que los otros cientos, o tal vez miles de militantes apristas levantados en armas en Trujillo contra el régimen de Sánchez Cerro, habían acordado caer defendiendo sus ideales vestidos con sus mejores ropas. Los zapatos que otrora fueran de charol lucían  con las punteras peladas y uno de ellos tenía la suela abierta hasta casi la mitad de la planta del zapato.
La sed volvió a quemarle la garganta, el ardor del estómago por ausencia de alimentos era atroz. Las compañeras que se encargaban de traer los ranchos no habían aparecido desde hace dos días. Al incorporarse para apreciar mejor un poco más allá del reducto donde estaba, se percató que varias de ellas habían caído abatidas por las ráfagas de las ametralladoras de las fuerzas leales del gobierno; en tanto que otras, según se enteró después, habían perecido  aplastadas bajo el peso del techo producto del feroz bombardeo aéreo y de la escuadra de guerra, cuando estaban preparando las pailas para los combatientes.
Un jovencito llego zigzagueando a su trinchera trayéndole un zurrón de agua. Le pregunto al “charango”1 cómo estaba la resistencia. El joven apresurado e impaciente le respondió:
-El reducto del Mansiche ya está por caer, ya no quedan casi compañeros que lo defiendan, se han quedado sin munición y los soldados de caballería al darse cuenta de ello se aprovecharon de la situación y cargaron contra los pocos compañeros que quedaban con vida…vi cómo los pobres compañeros trataban de defenderse a culatazos, pero casi todos murieron al degollarlos como a reses a punta de sablazos y otros quedaron tasajeados los brazos por defender su cara y cabeza, después fueron rematados a bayonetazos por los soldados que venían tras ellos. Pero de la nada aparecieron  más compañeros del Valle Chicama gritando con sus machetes en alto e hicieron retroceder a los soldados. Pero no creo que duren mucho, están viniendo más camiones del ejército por el sur y por el  norte y están apostando varios cañones nuevecitos frente a los sacos de arena que los compañeros están apilando para protegerse. Y la aviación y la marina no dejan de bombardear…a propósito, el compañero jefe de zona le envía estos tres cartuchos para su máuser, y dice que reserve uno…para usted.
Tras paladear con fruición el agua, Alfredo Zapata devolvió el latón al mozalbete y le vio perderse en la oscuridad.
Se paró en toda su extensión, sacudió las adormecidas piernas y casi al instante, sintió el ruido de un disparo y el zumbido de una bala que pasó rozando su cabeza. Se maldijo por haberse olvidado de tomar precauciones tan elementales como el protegerse de la fusilería contraria, y agachándose se fue a la carrera hacia el reducto principal mientras veía en el trayecto a los cuerpos inertes de decenas de sus compañeros, muchos de ellos conocidos apenas tres días atrás, evocó esos momentos en que llegaron jubilosos, montando caballos percherones2 y otros, caballos de paso3 arrebatados a los hacendados azucareros;  todos con el machete en la cintura y algunos con una escopeta de perdigones en bandolera. Los cuerpos parecían sólo estar durmiendo, una sonrisa beatifica se dibujaba en muchos de aquellos rostros curtidos por el sol en los campos norteños, adolescentes, jóvenes, hombres maduros y hasta ancianos, todos confundidos y hermanados en la muerte… y no pocos lucían con el cráneo destrozado o las gargantas abiertas en canal…el suelo negruzco y resbaladizo por la sangre de los defensores le hizo perder el equilibrio en varias ocasiones.
A pocos metros de las trincheras de vanguardia, se había formado un pequeño corrillo de defensores que tenían además la responsabilidad de dirigir al resto del personal. Se acercó a escuchar lo que los compañeros dirigentes discutían:
-“¿De todas maneras piensan matar a Víctor Raúl4?”
-“¡Quién sabe!, lo que me jode es que no hubo coordinación para hacer un levantamiento simultaneo, el Búfalo y su gente se adelantó, ahora está allí, muerto y cosido a balazos, los gendarmes han usado balas Dum Dum5
-“¿Cómo sabes eso?”
-“¡Pues todos nuestros muertos tienen el orificio de entrada pequeño pero la salida es del tamaño de un mamey6!”
-“¿Qué pasó con el resto de compañeros de las haciendas azucareras? ¡Ya deberían estar aquí!”
-“No vendrán, nos mandaron avisar hace media hora que dos trenes provenientes de las haciendas azucareras llenas con compañeros fueron interceptados por el mayor “X” que llegó ayer con tropas de Lima, y éste descargo sus seis Krupp sobre los trenes despedazando a todos los vagones, y luego ametrallaron a los sobrevivientes…y si quedaron algunos…sería milagro...”
-“¿Y aquí como andamos de personal? Quiero un reporte de activos y bajas…”
- “No le va a agradar compañero jefe…las bajas son enormes…no tenemos armas y peleamos con las que le quitamos a los soldados…a ojo de buen cubero, ya tenemos sólo en este sector más de 80 muertos y unos 300 heridos…”
- “Diablos, diablos, diablos…!”
Alfredo se retiró a hacia otro corrillo de combatientes…uno de ellos estaba cantando yaravíes7 de su tierra…se acercó y uno de ellos sin decir palabras le acerco una taza de mate de coca, el cual bebió con desgano. Dejó su rifle recostado sobre una pequeña loma y se tendió en el suelo cubierto por gramalote, recostado como estaba, pudo mirar las estrellas que ahora parecían haber duplicado su tamaño…sentía que los ojos tenían arena por dentro, cerro sus parpados y ni bien hizo esto cuando rememoró a su hijo con menos de un mes de nacido…¿Entenderá el pequeño algún día por qué estaba haciendo esto?¿Se dejaría llevar por la propaganda gobiernista quien los tachó de sediciosos a todo un departamento, siempre dócil con los gobiernos de turno?¿Cedería el gobierno en el reclamo de mejoras salariales, mejores horarios de trabajo, implementos necesarios y adecuados para cada faena laboral?,¿Realizaría el gobierno una investigación y pondría tras las rejas a los soldados que ingresaron al local del Partido Aprista de Trujillo el pasado 24 de diciembre de 1931, ametrallando y matando a mujeres y niños que departían la tradicional chocolatada por Nochebuena?,¿Darían la amnistía al compañero Jefe Víctor Raúl, a quien amenazaban fusilarlo en el Panóptico8 de Lima donde estaba preso, y que el dictadorzuelo, mocho de un dedo, no quería dejar en libertad a pesar que presidentes de Europa, literatos de todo el mundo, y hasta el mismo Albert Einstein habían abogado por su vida?, las preguntas lentamente se fueron disipando de su mente y comenzó a ponerse en blanco, en tanto que un sopor se apoderó de todo el y se abandonó al cansancio de varias noches en vela y de tensión producto de estar defendiendo su vida y sus convicciones.
Después de algún tiempo que no pudo precisar, se levantó sobresaltado, seguía al lado de esos compañeros taciturnos, musitó una disculpa torpe y se sintió sumamente avergonzado por haberse quedado dormido. Los demás sólo emitieron un gruñido, tal vez de reprensión, tal vez de comprensión, pues sabían que él venía de la vanguardia y que había peleado sin cesar por tres días seguidos, y que las “brigadas” que con él estaban habían sido casi aniquiladas en su totalidad, quedando sólo unos cuantos sobrevivientes que ahora estaban replegados a lo que era la retaguardia.
Los pensamientos de uno y otros fueron bruscamente interrumpidos, un obús estalló cerca haciendo volar en pedazos una ranchería donde estaban algunas mujeres afanosas preparando el shane9. No hubo tiempo para ver si había o no sobrevivientes. Los que llevaban la voz de mando gritaron pidiendo que todos volvieran a los reductos. Alfredo se incorporó pero un vahído le hizo trastabillar…una mano áspera y fuerte le asió por sobre los hombros y le ayudó a mantener la bipedestación. Era un mochero10 de corta estatura, anchísimo de hombros, con una amplia faja en la cintura del cual pendía un descomunal machete…o tal vez parecía serlo en ese pequeño pero macizo cuerpo.
-Gracias compañero…-musitó Alfredo.
-¡Hummm!, ¡vamos!, ¡poco a poco!, ¡apoyase bien maestrito!…está débil…ya después de esto le invitaré una canchita serrana que me preparó el otro día mi mujercita.
Llegaron a los parapetos…o lo que quedaban de ellos…lo que otrora había sido una nutrida fila de defensores con escopetas, espingardas11 y rifles, ahora lucían raleadas en hombres. Una mujer laredina estaba más halla animando a sus paisanos, llevaba una ametralladora la cual descargaba sobre las filas de las tropas de asalto, aunque sin causar víctimas, ya sea por su mala puntería, o tal vez porque veía en esos soldaditos bisoños el rostro de algunos de sus hijos o el de sus coterráneos que habían llegado con ella. Ante la férrea defensa de esa mujer, las tropas retrocedían hacia sus bases mientras que sus oficiales, sables y pistolas en mano, les amenazaban con dispararles si retrocedían.
En lo más álgido de la batalla, Alfredo vio que varios de sus compañeros desataban los nudos de sus ojotas y amarraban con ella el muslo a la pierna…el mochero que le sirvió de apoyo le miró, y adivinando en el rostro inquisitivo de Alfredo le saco de esa curiosidad.
-Es para evitar la tentación de huir compañerito, por eso…así mis antepasados le resistieron a los incas por varios meses, los flecheros se amarraban la pierna para seguir en su puesto y no abandonarlo…
Ni bien terminó de escuchar la explicación del mochero, cuando un griterío de las tropas leales al gobierno atronó el ambiente…no hubo ya casi disparos por parte de los defensores, puesto que las municiones estaban casi agotadas. El choque entre los hombres de ambos bandos fue terrible. Ninguno de los grupos se daba cuartel. Si los unos que atacaban no hubieran estado uniformados de caqui, fácilmente hubieranse confundido con los otros que defendían y estaban vestidos de overol o de bayal…peruanos contra peruanos, hermanos contra hermanos, y muy probablemente, parientes contra parientes. Las imprecaciones, los gritos de dolor, las vivas al Perú por un lado y  por el otro al Perú igualmente y a Víctor Raúl, se sucedían unos tras otros… hasta que poco a poco el silencio fue apoderándose del campo de batalla.
Alfredo, herido de bala en su hombro izquierdo, en la sien derecha por una esquirla y con un larguísimo corte de sable en el muslo hasta la pierna, fue sacado por otros escasos supervivientes, y mientras se alejaba, vio al mochero que le había ayudado no hace mucho, ser rodeado por tres soldados quienes clavaron sus bayonetas en su cuerpo una y otra vez… escena que se repitió a lo largo de esos reductos superados.
Casi a rastras fue conducido a las casas que estaban en la periferia del centro de Trujillo. En una casita de caña brava y barro fueron acogidos por una anciana matriarca, quien sin mediar palabra, hirvió agua y acompañada de su nieta, se puso a limpiar las heridas lo mejor que pudo a los siete hombres que habían buscado refugio en su casa.
Era ya medio día, se escuchaban disparos raleados en toda la ciudad. Aun se peleaba casa por casa. Alfredo y los que le acompañaban hicieron un repaso de su parqué: dos balas para máuser, un cartucho para escopeta, una bolsa casi a terminar de perdigones para las espingardas. No, con ello no sería suficiente ni para suicidarse. Estaban discutiendo en lo que iban a hacer cuando escucharon toques en la puerta de la vivienda. Todos se miraron tensos… fue la anciana que con aplomo se levantó del horcón12 donde estaba sentada, abrió de golpe la puerta y se encontró con un hombrecito pequeño, de rostro casi aceitunado, mirada vivaracha y taimada y que hacía demasiados aspavientos con las manos las manos al momento de hablar. Sus ojillos no paraban de mirar por encima del hombro de la anciana mientras le inquiría si tenía está un poquito de azúcar para endulzar le leche de su hijita. La abuela refunfuñando le negó y de manera abrupta le cerró la puerta casi en sus narices.
-Es Pancoco, este gusarapo13 es un traidor, estos dos últimos días se la ha pasado delatando a todos los compañeros a cambio de unos cuanto soles. Él les avisa a los guardias civiles o a los soldados y éstos vienen y se llevan a los compañeros delatados por esa rata miserable.
-¿Si nos habrá visto ese tipo, señora?... Tal vez debamos dejar ya su casa, no vaya a ser que los soldados se la emprendan contra usted y su familia. Se han portado ustedes de maravilla, le estaremos eternamente agradecidos.
-No tienen porqué…perdí a mis tres hijos peleando el primer día en el Mansiche…hasta la fecha no he podido irme a recuperar sus cadáveres, no por temor a que me maten a mí, sino porque mi nieta está sola, y no tiene a nadie más que a mí en este mundo…
-Señora, nosotros nos ofrecemos ir al Mansiche y…
Alfredo no pudo continuar con su diálogo pues la puerta fue abierta violentamente de una patada e ingresaron en tropel varios soldados que a punta de culatazos doblegaron a unos, y remataron a tiros a dos de los heridos que no obedecieron sus órdenes de levantarse del suelo donde estaban, no porque se negaran, sino porque sus lesiones se agravaron y les impidieron obedecer.
Cuando salieron, vieron la sonrisa sarcástica de Pancoco, quien frotándose las manos les insultaba mientras eran subidos uno a uno en los varios camiones donde se apilan las decenas de prisioneros apristas, mucho de ellos heridos, en tanto que otros, estaban desangrándose recostados en la base de las tolvas de los camiones.
Todos los “insurgentes” fueron declarados culpables en menos de un día por un coronel enviado desde Lima, quien al llegar a Trujillo fue recibido por la alta sociedad local en un conocido ambiente de “grandes eventos”. Le calificaron de “Emisario del Orden”, “Supremo Benefactor de la Ciudad”, “Mártir de la Democracia” (¿?)…entre otros elogiosos calificativos…y este ensoberbecido militar, vestido a la usanza de los oficiales franceses, levantó la copa de licor con le habían agasajado y les dijo a la “gente de bien”:
-¡Damas, Caballeros, los revoltosos insurgentes ya no serán un problema para Trujillo! ¡Les prometo que en menos de una semana, ellos dejarán de serlo de manera definitiva, tanto para ustedes, como para sus generaciones futuras… se los garantizo!
Desde esa noche, los soldados de refresco que habían llegado con ese oficial vestido a la francesa  formaron varios pelotones de fusilamiento que se alternaban cuando los cañones de sus rifles se recalentaban. Habían probado inicialmente con las ametralladoras Glating para acelerar los fusilamientos de las decenas, centenas y miles de los insurrectos, pero la fina arena que era traída por los vientos de Huanchaco hacia que las municiones de la ametralladora se encasquetaran dentro de las cámaras e impidieran seguir disparando.
Eran ya casi las cinco de la tarde del décimo día del inicio de la revolución trujillana, cuando Alfredo y otros seis más fueron conducidos hacia el paredón. Al llegar, vio una largo foso cavado cerca a las ruinas pre incas de Chan Chan, dentro de ella habían no menos de treinta cadáveres, y en otros lugares, cercanos y distantes, se veían idénticos espectáculos dantescos en fosas similares a la que él estaba destinado caer.
Un oficial de contextura delgada, piel extremadamente pálida, ojos azules claros, pelo ligeramente rubio y ensortijado, con bien recortados bigotes de igual tonalidad, nariz respingada y con la cara levantada hacia atrás, manos largas, nervudas y con las venas bien definidas que le surcaban el dorso, miró con desdén acercarse al grupo de condenados:
-¡Apristas de mierda…montonera de cholos14…no hay cuándo se acaben…ojalá y pudiera tenerlos a todos en un solo puño y aplastarlos a todos de una sola vez!
Les empujaron al borde de la fosa y el oficial figurín ordeno formarse a los siete soldados.
-¡Condenados, digan sus oraciones si saben…!
Pero todos los prisioneros no le estaban escuchando, sus atenciones estaban centradas en uno de los ángulos de los muros de barro, pues allí estaba Pancoco, quien estaba trabajando ahora como chofer de los camiones militares. Se había parado allí a mirar los fusilamientos, el rostro del Judas esbozaba una sonrisa burlona. Les hizo mordazmente señas de despedida con la mano, y los condenados respondieron de la misma forma, pero sin odio ni reprobación:
-¡Voyme Pancoco, voyme…dile a mi mujer que la amo, y diles a mis niños que los adoro!… ¡no te olvides Pancoco!… ¡Pancoco, tengo unos reales en mi bolsillo de este saco, los sacas después y le das a mi mujer para que compren unas ceras15 para mi velorio o una misas Pancoco!… ¡Pancoco, que mi mujer le ponga mi nombre a mi hijo…!
Y pedidos similares le fueron diciendo al pérfido.
-¡Pelotón…preparen!-clamó el oficial-¡apunten…!
Alfredo sintió como si las tripas se le hicieran un nudo, el corazón se le aceleró y la vejiga casi vacía por la deshidratación aun quiso relajársele al último momento…miró de frente a los soldados, y como si se hubieran puesto de acuerdo - o tal vez fue así, previos a su fusilamientos - los siete condenados levantaron el brazo izquierdo gritando con todas las fuerzas que les quedaban:
-¡Viva el Apra!
-¡Fueeeeeeeegooooooooooo…!
Pancoco siguió realizando sus deleznables actividades por algunos días más. Provisto al fin de una nutrida bolsa de dinero, se mudó a la capital peruana. Allí, el cuantioso dinero manchado de sangre se le hizo humo en un santiamén, producto de la vida desenfrenada que llevó, las visitas a los prostíbulos, el consumo de opio y sobre todo, de alcohol.
El motivo de tales excesos radicaban en que Pancoco procuraba no dormir, pues le aterraba la noche…manifestaba a todos aquellos que estaba prestos a escucharle,  que cuando ya eran las seis de la tarde,  los huesos le dolían como si estuvieran congelados, aun si el día rebozara de calor con un sol pletórico, el seguía teniendo frío, sentía como si la médula de ellos estuviera repleto de agua helada, mientras que sudores gélidos perlaban su frente. Pero lo que más le aterraba era cuando por el cansancio, tenía que cerrar los parpados… los ayees de dolor de los fusilados, los encargos para sus familiares gritados por los condenados que nunca fueron cumplidos a pesar que junto con los soldados hurgaron y esquilmaron las pertenencias de los asesinados.
Así anduvo un buen tiempo Pancoco, hasta que embrutecido por el alcohol y el remordimiento, fue despedazado por el tranvía al tratar de cruzar su vía.


VOCABULARIO:
1.- CHARANGO: Instrumento musical de cuerda, usado especialmente en la zona andina, parecido a una pequeña guitarra de cinco cuerdas dobles. En ciertas zonas del Perú, se les conoce familiarmente a los niños o jóvenes, por la comparación entre el pequeño instrumento de cuerda y el mayor que sería la guitarra.

2.- PERCHERÓN: Dicho de un caballo o de una yegua: Perteneciente a una raza que por su fuerza y corpulencia es muy a propósito para arrastrar grandes pesos.

3.- CABALLO DE PASO PERUANO: Descendiente del Caballo Árabe, actualmente se le considera como una raza más propia del Perú. Se caracteriza levantar sus patas delanteras doblándolas casi en ángulo de 90 grados a cada paso que da, brindándole gracilidad y  suavidad en el trote.

4.- VICTOR RAÚL: Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), pensador y político peruano. Nació en Trujillo. Líder estudiantil enfrentado a la dictadura del presidente Augusto Bernardino Leguía (1908-1912; 1919-1930), tuvo que exiliarse en Panamá, Cuba y, finalmente, en México, donde en 1924 fundó la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA). De nuevo en Perú tras la destitución de Leguía (1930), defendió una política indígenoamericanista, antiimperialista y reformista; perdió las elecciones de 1931 frente a Luis Sánchez Cerro, fue encarcelado en 1932 y su partido resultó ilegalizado (1936). En 1945, el movimiento aprista fundó el Partido del Pueblo y apoyó al candidato José Luis Bustamante y Rivero, que ganó las elecciones presidenciales. Aunque Haya le solicitó la aprobación de las medidas de reforma que preconizaba, el presidente fue incapaz de llevarlas a cabo, debido a la presión de los conservadores. Tras el golpe de Estado del general Manuel Arturo Odría (1948), se asiló en la embajada colombiana hasta 1954, en que pudo salir del país para exiliarse en México una vez más. Regresó a Perú en 1956.
En las elecciones presidenciales de 1962, aunque obtuvo la mayoría de los votos, no llegó al tercio necesario que le hiciera vencedor absoluto de las mismas, y, cuando el Congreso debatía la situación, un golpe militar obligó a la repetición de los comicios al año siguiente, en los cuales Haya de la Torre perdió frente a Fernando Belaúnde Terry. Fue presidente del Congreso Constituyente de 1979. Autor de obras como Por la emancipación de América Latina (1927), ¿Adónde va Indoamérica? (1935) y El antiimperialismo y el APRA (1936), falleció en 1979 en Lima.

5.- DUM-DUM: Una de las primeras balas consideradas como explosivas, inventada por la fábrica Dum Dum, en la India, cuando era colonia del Imperio Inglés, su uso se difundió globalmente, hasta que fue prohibida durante las guerras mundiales por el enorme destrucción que producía en los tejidos donde impactaba. El daño que provocaba en los organismos radicaba en que la punta del proyectil estaba cortada en cruz, el cual al impactar en el cuerpo, producía una fragmentación mayor y por ende, en una mayor lesión.

6.- MAMEY: Árbol americano de la familia de las Gutíferas, que crece hasta quince metros de altura, con tronco recto y copa frondosa, hojas elípticas, persistentes, obtusas, lustrosas y coriáceas, flores blancas, olorosas, y fruto casi redondo, de unos quince centímetros de diámetro, de corteza pardusca, correosa y delgada, que se quita con facilidad, pulpa amarilla, aromática, sabrosa, y una o dos semillas del tamaño y forma de un riñón de carnero.

7.- YARAVÍ: Melodía dulce y melancólica de origen incaico, que se canta o se interpreta con quena.

8.- PANÓPTICO: Cárcel, Penitenciaría.

9.- SHANE: Comida sobrante vuelta a calentar.

10.- MOCHERO: Natural de Moche, distrito aledaño de la ciudad de Trujillo.

11.- ESPINGARDA: Arma de fuego alargada que se cargaba por delante.

12.- HORCÓN: Maderos dispuestos de tal manera que sirve de asiento a las personas o como columna para sostener el techo de una vivienda rústica.

13.- GUSARAPO: Una de las fases evolutivas de los batracios, de hábitat exclusivamente acuático.

14.- CHOLO: Del Yunga “Chulu”: niño, joven. También se le usa como término despectivo.

15.- CERAS: Velas, cirios.

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